Discurso de apertura Conmocionados por los terribles daños que causaron a Cuba los recientes huracanes Gustav e Ike, crece en nosotros la dimensión de los gestos solidarios que presenciamos a cada momento, fundamentalmente, entre los propios compatriotas que aún con casi nada que dar, o incluso, tras haberlo perdido todo, son capaces de ofrecer sus contadas pertenencias, su casa o hasta el riesgo de sus vidas por ayudar a sus semejantes. Asimismo el Estado cubano ha puesto hasta el último de sus recursos y el total de sus instituciones en función de la vida del pueblo, y ha dado al mundo un ejemplo de consagración a una causa mayor. Aunque muy lamentable, mínimo es el número de las pérdidas humanas. Esas acciones traducen las esencias de los derechos humanos en Cuba, encarnando también lo más auténtico del pensamiento y la práctica de los forjadores de la Nación, quienes cifraron en la libertad, la independencia, la justicia social y la igualdad –alcanzados al precio de sus vidas-, los primeros derechos del Hombre. En el foro que convocamos las organizaciones no gubernamentales cubanas con estatus consultivo ante la ECOSOC, con la presencia de sus representantes, en Ciudad de La Habana, al reflexionar sobre los derechos humanos en Cuba, sentimos el ejemplo extraordinario del pueblo cubano, la obra humanizadora de la Revolución y el legado imperecedero de nuestra Historia, para reafirmar la universalidad, indivisibilidad e interdependencia de los derechos humanos, para todas las personas, en todos los países del orbe. En nuestro orden jurídico resulta inobjetable el reconocimiento de los derechos políticos, civiles, sociales, económicos y culturales que rigen la Ley primera de la República, -que como proclamó Martí- es “el culto a la dignidad plena del hombre”. El conjunto de nuestras leyes coloca en su centro el derecho de todos los ciudadanos a participar en la toma de decisiones, el funcionamiento de la sociedad y su proyección futura, haciendo efectivo el derecho de cada uno a elegir y ser elegido y ejercer la democracia socialista, la soberanía y la libertad de la Nación, -que reconoce su baluarte principal en la unidad. Por eso rechazamos los empeños de imponernos la fragmentación neoliberal y el pluripartidismo, que desmembraría la sociedad y facilitaría la obra mercenaria de nuestros enemigos. “Cuando un pueblo se divide -previó el Apóstol-, se mata a sí mismo”. Nuestra Constitución reconoce expresamente los derechos a la alimentación, el trabajo, la seguridad social, la salud, la educación y la cultura, entre otros, asumidos como prioridad por el Estado y garantizados en programas de pleno acceso, universal y gratuitamente para todos los ciudadanos. De modo paralelo, se han instrumentado ejes de protección a distintos segmentos poblacionales ante las transformaciones que se operaron en el país a partir de la crisis de los años 90, o años llamados del período especial. Así reconocemos la pensión por invalidez y cuidado a enfermos o discapacitados, el apoyo nutricional a personas necesitadas, al sector escolar, hospitalario y obrero, la atención materno-infantil; la promoción, prevención, tratamiento y rehabilitación de todas las patologías, incluyendo programas priorizados de oncología, tuberculosis o VIH. Hoy la esperanza de vida al nacer sobrepasa los 77 años, -similar a muchos países desarrollados. Como la salud, la educación refleja la institucionalidad que el Estado creó para alcanzar metas tan ambiciosas como la universalidad de la educación superior, la calidad en todo el proceso educativo y la formación de profesionales altamente capacitados para los más diversos campos del saber. Nuestra nacionalidad, esa construcción imperecedera de espiritualidad y conciencia, se exalta y se cultiva en las líneas de la política cultural, y desterró para siempre el carácter elitista o discriminatorio de algunas manifestaciones artísticas con un total y verdadero acceso de la sociedad a la apreciación, el disfrute, la creación y el estudio de todas las manifestaciones del arte. La Revolución no ha vacilado en asumir los altos costos que representa la producción cultural, en tanto representa el tesoro más preciado de la Nación: lo que afirma al pueblo, madura al hombre y cultiva el trabajo y la virtud. Son incontables los programas para incrementar la participación y el protagonismo de la población en la vida cultural, alimentar la creatividad personal y comunitaria, así como preservar la memoria histórica y el patrimonio espiritual de la Nación. Redes de academias, escuelas e instituciones científicas y artísticas, bibliotecas, editoriales, la permanente fiesta del libro que recorre todo el país, los más de 30 mil instructores de arte, la multiplicación del espectro radiotelevisivo y de las nuevas tecnologías de la información, dentro y fuera de nuestras fronteras, traducen la magnitud que posee la cultura en Cuba como derecho elemental de todos los ciudadanos. Uno de los primeros propósitos que acompañó la reconquista de la soberanía sobre la riqueza nacional y el ejercicio de los derechos civiles en todos los ámbitos de la vida de los cubanos es sin duda la gran revolución educacional, que abrió para millones de personas la posibilidad del conocimiento y con ello el inicio de la construcción de un factor activo del proceso emancipatorio. En ese contexto, signado por la hostilidad de los Estados Unidos, que durante doscientos años no ocultó sus ambiciones de apoderarse de Cuba y la agudización del enfrentamiento de las fuerzas revolucionarias triunfantes con los remanentes del viejo orden burgués y como un baluarte de las más vigorosas ideas de justicia social que ha caracterizado históricamente a lo mejor de la intelectualidad cubana, surge la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1961. Tal vez la principal conquista de los intelectuales ha sido la creación de un público en el que la avidez por la educación y la cultura se convierte en una necesidad creciente, y la cultura y el arte en un bien de primera necesidad. La existencia de un lector, de un espectador, de un aficionado marcan la diferencia en un mundo regido por el abandono y por el interés de mantener en la ignorancia y la marginalidad social a las grandes mayorías, protagonistas de la historia y creadoras de la riqueza material de nuestros países. Los intelectuales cubanos ejercen su derecho a participar en la vida política del país no sólo mediante las acciones de su organización, sino como ciudadanos que tienen la posibilidad de actuar en todos los procesos políticos, sociales y culturales que tengan relación con los destinos de la nación cubana, sus dinámicas internas y su proyección internacional. Esto complementa y enriquece su principal encargo social, es decir crear un arte donde florezca la identidad nacional en consonancia con la vocación de universalidad presente en la cultura cubana y en todo el proceso de su formación y que alcanza su momento de máximo esplendor en la actualidad como cultura de resistencia. Nuestra Patria, hostigada por una potencia imperial, esgrime los derechos humanos como una conquista más y la ejerce como un arma eficaz para enfrentar los retos actuales y los impactos que en el futuro nos depara la coyuntura internacional. Cuba cuenta con una sólida unidad y con la garantía de que el pueblo protagoniza y diseña su propio destino. Y precisamente, por estar este pueblo ungido de luz en las hazañas cotidianas y ser infinito en sus reservas espirituales, sentimos crecer las fuerzas de la justicia, la equidad, y el rechazo a toda discriminación. Una voz profunda de la Nación nos conmina a plantar en la tierra el árbol de la solidaridad y la dignidad plena del hombre, como lo quiso José Martí. Muchas gracias.
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