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Juventud Rebelde
Alina Perera Robio
Si no fuera por lo absurdo y alarmante del asunto sería como para echarse a reír un buen rato. Hablo de lo que ha sucedido esta semana en Ginebra con quienes acompañan al Imperio, cuando Cuba decidiera que por ahora no se someta a votación su proyecto de resolución para indagar sobre la suerte de 600 seres humanos confinados en la Base Naval de Guantánamo.
Yo hasta he tratado de imaginar un guión a lo Chaplin, en el cual no incluiría sonido y pondría en movimiento a los cobardes protagonistas corriendo de un lado para otro y perseguidos por la verdad cubana, bajando la cabeza en son de disculpas o riendo nerviosamente (como hacen los que han perdido el control de la situación).
Mientras me iba enterando de los detalles acerca de cómo se juntaron los ricos del mundo, los cipayos y los vendidos para bloquear en maridaje con Estados Unidos la discusión de un tema tan sensible como el destino de cientos de prisioneros, quedaba solita, en pie, sobre el adoquín único del asombro.
Todo es aparentemente risible, como la historia del canciller hondureño que parecía estar jugando a los escondidos para no dar la cara a nuestro embajador en ese país, llegando su chofer a recibir recados de la parte cubana mientras el jefe no asomaba ni una oreja.
Y qué cómico el texto preparado por Honduras y en el cual, supuestamente, quedaría argumentado el apoyo de ese país a la moción de no acción norteamericana (moción que, ya sabemos, habría impedido que la Comisión de Derechos Humanos abordara el tema propuesto por la Isla). Francamente el texto es más oscuro que una noche sin luna, y uno admite que hay que tener imaginación frondosa para escribir mucho sin decir nada...
Pero poniendo a un lado la comedia, hay que decir que nunca ha sido más elocuente el descaro universal que en estas últimas horas, cuando los que apelaron falsamente a los principios para poner a Cuba bajo la lupa, se vieron impotentes, por obra y gracia del miedo, ante la disyuntiva de apuntar o no con el dedo al más poderoso.
Espanta saber que un señor en nombre de la Unión Europea, para aludir al alineamiento de la civilizada Europa a la moción de no acción del imperio (a pesar de que consideraban importante el tema planteado por Cuba), admitiera que “Sí, es una vergüenza, es un doble estándar, es una prueba de la hipocresía de nuestra política; pero así es el mundo en que vivimos”.
Así es el mundo en que vivimos... la frase ha golpeado en mi cabeza como un sonsonete repulsivo. ¿Querrá decir que no hay nada que hacer; que la deshonra y el descrédito se enseñorearon para siempre en los lugares más “serios” de este planeta?
Sé que muchos se niegan a tal cinismo. Solo que pocos pueden hacer correr su filosofía sobre los rieles de la praxis. En eso somos privilegiados, pues pensamos y hacemos para que las cosas cambien.
Aún cuando tenemos en casa algunos pillos que caen en la tentación de la desidia porque “así es el mundo en que vivimos”, muchos disfrutamos el privilegio de que ningún poder quebrante nuestro sentido común, honor y noción de lo justo. Somos así, atravesaditos, y le ponemos el dado malísimo a los truhanes, a los que desconocen el goce que hay en ser valientes.
La
verdad es que yo pensaba en todo eso mientras conocía de los últimos
acontecimientos, y confieso que varias veces, a pesar de lo serio del tema,
traté de imaginar la comedia silente que hubiera hilvanado el genio
Charlot, teniendo en su staff a una muchachita llamada Cuba que, mientras
caminaba firme y convencida de sí misma, ponía a sudar a todos
los impostores de la comarca.(25/04/2004)