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Los prisioneros de la Base Naval de Guantánamo saben cómo EE.UU. se las agencia para adelantar su "guerra contra el terrorismo"
Luis Luque
Álvarez
Juventud Rebelde
27 de junio de 2004
“Se prohíben, en cualquier tiempo y lugar, por lo que atañe
a las personas arriba mencionadas prisioneros de guerra): a) los atentados
contra la vida y la integridad corporal, especialmente el homicidio en todas
sus formas, las mutilaciones, los tratos crueles, la tortura y los suplicios...”
(Convención de Ginebra para el trato a los prisioneros de guerra, de
1949).
Definición de tortura: “Maltrato que tiene que infligir daño equivalente en intensidad al dolor de graves heridas físicas, tales como fallo de órganos, colapso de una función vital o incluso muerte” (Extraído del memorando del subsecretario de Justicia de EE.UU., Jay Bybee, de agosto de 2002).
“El Congreso no puede reglamentar la capacidad del presidente (Bush) para detener e interrogar a combatientes enemigos, como no puede reglamentar su capacidad para dirigir movimientos de tropas en el campo de batalla” (También del memo Bybee).
“”Nosotros no aprobamos la tortura. Nunca he ordenado tortura. Nunca ordenaré tortura” (George W. Bush, 23 de junio de 2004).
¿COMBATIENTES ILEGALES?
El dedo índice apunta nuevamente por estos días al secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld. Según revelaciones de días pasados, en el fragor de la “guerra contra el terrorismo”, el Pentágono se ha permitido pasar por alto determinadas consideraciones, legisladas internacionalmente, para obtener toda la información posible, que le permita atajar a tiempo la repetición de atentados en su territorio.
Hasta el presidente Bush se las ha ingeniado para desconocer el status de “prisioneros de guerra” y sus consiguientes derechos a los más de 600 detenidos en la ilegal Base Naval de Guantánamo. Según rumores que circulan en Washington, cuando el mandatario se enteró de que los prisioneros de guerra debían devengar un pequeño sueldo, rápidamente inventó la nueva categoría de “combatientes ilegales”. ¡Adiós salario!
Y adiós derechos.
En cuanto a Rumsfeld, la Casa Blanca ha hecho público un informe del Pentágono que indica que, en diciembre de 2002, el zar de la guerra suscribió un grupo de 17 “tácticas agresivas” (que no torturas), para sacarles más “información” a los detenidos en ese limbo legal. Entre las medidas de coerción se incluía obligar a los detenidos a quedarse de pie durante horas, privarlos de luz, aislarlos por un período de 30 días, interrogarlos por hasta 20 horas, afeitarlos forzosamente, desnudarlos y amenazarlos con perros.
Por si fuera poco, al jefe del Pentágono se le endilga la idea de aplicar el “submarino”, consistente en amarrar al preso a una tabla y sumergirlo casi hasta la asfixia.
Sin embargo, dice la Casa Blanca que tales tormentos fueron rescindidos semanas después de aprobados. Se les había ido la mano. En su lugar, Donald dio luz verde en abril de 2003 a técnicas “más leves”, como aumentar significativamente el nivel de temor de un preso mediante ajustes de sueño, cambiarle la dieta y aislarlo de los demás detenidos.
Quizás hubo que intervenir porque entre enero y marzo de ese año, 14 prisioneros trataron de suicidarse, o sea, más del 40 por ciento de los intentos registrados desde que la base se dispuso como prisión, en enero de 2002.
Pero el ablandamiento es necesario para obtener datos que prevean nuevos incidentes terroristas. No importa que haya ancianos o niños recluidos allí, que no tengan idea de dónde queda Nueva York, y que quizás jamás podrán localizar a EE.UU. en el mapa. Para el Pentágono, todos tienen información valiosa que dar.
No obstante, el secretario de Estado, Colin Powell, reconoció recientemente que el número de acciones terroristas en 2003 en todo el planeta experimentó un ascenso. ¿Será que los cautivos de Guantánamo no tienen nada valioso que aportar, o que hay que apretarles las clavijas aún más? ¿Más...?
MEJOR SER PERRO
Al británico Tarek Dergul, de 26 años, no debieron de parecerle extraños los testimonios gráficos de las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Él estuvo en Guantánamo, y todos los maltratos a los que fue sometido fueron igualmente documentados por sus perpetradores. “Siempre había una persona detrás, filmando lo que pasaba”, declaró al diario The Observer.
Su propio cuerpo fue campo de pruebas de las “tácticas agresivas” del Pentágono: “Me rociaron el rostro con gases de defensa y comencé a vomitar. Luego me atacaron y me clavaron al piso, me metieron los dedos en los ojos, me empujaban la cabeza en el inodoro y hacían correr el agua”. “Finalmente me sacaron de la celda encadenado, para llevarme a un lugar donde afeitaron mi barba, mis cabellos y mis cejas”, comentó.
Otro británico, Jamal al Harith, diseñador de páginas web, estaba de paso en Afganistán cuando fue apresado por los talibanes. La llegada de los “libertadores” solo le sirvió para cambiar de carceleros. Los nuevos no escucharon sus explicaciones y lo mandaron de cabeza a la ilegal base de Guantánamo, donde le hicieron saber la diferencia entre él y un perro: “Mi jaula —narra— estaba al lado de una perrera, donde había un perro alsaciano. Tenía una caseta de madera con aire acondicionado y un césped donde podía recrearse”. Cuando el reo les pidió a los guardias los mismos derechos del can, aquellos le espetaron que el animal era “miembro del ejército de Estados Unidos”.
Jamal, con quien ni siquiera se disculparon tras dejarlo en libertad en marzo pasado, contó que “los castigos se imponían por cualquier cosa: por tener seis paquetes de sal en lugar de cinco, por colgar la toalla en la jaula si no estaba mojada, incluso por tener tu cuchara y tus cosas alineadas en el orden equivocado”.
Pero nadie puede ilustrar mejor la “levedad” del trato dispensado a los reclusos de Guantánamo que el especialista de la policía militar Sean Baker, quien en enero de 2003 se ciñó un traje de preso para participar en un ejercicio en que él debía actuar como un prisionero “poco cooperativo”.
Cuenta Baker que, en cuanto entraron a su celda, sus colegas comenzaron a golpearlo salvajemente: “Me empezó a dar miedo, porque no podía respirar. Ellos aumentaron la fuerza. El individuo que estaba detrás de mí me estrelló la cabeza contra el piso de acero varias veces y me provocó una herida en la cabeza, arriba del ojo derecho”.
Por si no tuviera suficiente, también fue agredido por un perro, entrenado para atacar a quienes visten el uniforme naranja de los detenidos. Como resultado, el militar sufrió lesiones cerebrales traumáticas, y es ahora, luego de un año y medio, que la Armada ha abierto una indagación sobre el sádico “entrenamiento”.
Por cierto, ¿alguien investigará los casos reales?
“LO PEOR DE LO PEOR”
Según consta en un informe de la organización Amnistía Internacional, “el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, se ha referido en reiteradas ocasiones a los prisioneros de Guantánamo como ‘terroristas a ultranza y bien entrenados’, y ha afirmado que son ‘algunos de los asesinos más peligrosos, mejor entrenados y despiadados de la faz de la tierra’, y los ha vinculado directamente con los atentados del 11 de septiembre de 2001. Por su parte, el vicepresidente Dick Cheney ha dicho de estos reclusos que son ‘lo peor de lo peor. Son muy peligrosos. Están decididos a matar a millones de estadounidenses’”.
Tal perspectiva, respecto a personas que —en muchos casos— solo por llevar turbante habían ido a dar a las jaulas de la base naval yanqui, no les ha sido muy favorable a los detenidos allí, quienes, además de las repetidas palizas, han debido soportar un dolor mayor: el de no tener la más mínima idea de hasta cuándo durará su cautiverio.
Sin embargo,
con el testimonio de las torturas de Abu Ghraib sonando el claxon insistentemente,
y a menos de cinco meses de las elecciones en EE.UU., ya va siendo hora para
el “compasivo” inquilino de la Casa Blanca de hacer ver que pone
orden en la irregular situación de los presos de Guantánamo.
Un despacho
del 24 de junio señalaba que el Pentágono nombró al secretario
de la Marina, Gordon England
, para que empiece cuanto antes un proceso de selección de los detenidos
que no constituyan una amenaza
real para la seguridad nacional de EE.UU., y se les deje en libertad lo antes
posible.
“Yo
espero —señaló England— que de todos los casos haya
algunos en los que podemos actuar rápidamente,
esperanzadoramente en un par de semanas”. Admirable rapidez, máxime
por tratarse de “terroristas a
ultranza” y “lo peor de lo peor”.
Pero,
¿qué hay de los otros 3 000 detenidos en la “cruzada contra
el terror”, a los que la Cruz Roja no
ha tenido acceso, y que —de acuerdo con pesquisas de la organización
Human Rigths First
(Derechos Humanos Primero)— pululan en oscuros centros de reclusión
en Afganistán, Paquistán,
la isla británica de Diego García, Jordania y dos barcos de
la Armada estadounidense?
¿También
se estará combatiendo el terrorismo con “técnicas leves”
en esos Guantánamos invisibles?