
Los sonidos en la oscuridadad
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Tomado de periódico Juventud Rebelde
31 de enero de 2006
CIEGO DE ÁVILA.— Yoandry Andino extendió los brazos con los pulgares erguidos. Pestañeó lentamente, con sus ojos de ciego, y movió la cabeza, como olfateando el aire. Sonrió: “Parece que estoy manejando un avión, profe”.
Su profesor de Lengua Inglesa, Rewuald Martínez Andino, le tomó los dedos. “No te preocupes —dijo—. Tú sabes lo que tienes que hacer”. A cada pronunciación de una palabra en idioma inglés por parte del docente, el niño debía indicar con un movimiento del pulgar derecho si el sonido que escuchaba era largo o con el izquierdo, si lo percibía corto.
Yoandry asintió: “Bueno, profe, empecemos”. Rewuald aseguró los dedos del alumno y anunció: “Allá vamos: Good”. El alumno comenzó a reír y movió el izquierdo: “Corto, profesor”. “Eat”. El brazo derecho se removió: “Largo”. “It”. La cabeza del niño se mantuvo alzada y con los ojos mirando al vacío: “Ese es corto, profe”. “Correcto, seguimos”. Ese día, sin querer, le habían puesto nombre a una técnica: El Método del Piloto.
UNA PREGUNTA AL BORDE DEL FRACASO
Todo comenzó en el último Congreso de los Pioneros, cuando Yoandry Andino, alumno de la escuela Mártires de Pino III de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, en la provincia de Granma, se pronunció porque los alumnos ciegos o débiles visuales tuvieran también la oportunidad de aprender el idioma inglés.
La situación era, según contó, que en las clases de secundaria, los profesores enseñaban, pero los pocos invidentes se sentían perdidos. No podían leer, ni escribir, ni interpretar los ejercicios que presentaban.
Aunque había más y Yoandry lo confesó: “Cuando estaba en el quinto grado, a mis amigos comenzaron a darles inglés. Yo estaba en la escuela especial y a mi nadie me enseñaba. Luego, en la casa, mientras jugábamos, ellos se saludaban: ‘Good morning; Good afternoon’. Y yo quería hacerlo, pero no podía”.
La dirección municipal de Educación le encomendó a dos maestros iniciar la enseñanza de esos jóvenes. A los pocos días dieron un dictamen: “No se puede, no hay forma. No hay un método, nadie ha hecho algo igual”.
Entonces le dieron el encargo a Rewuald Martínez Andino. “Empecé y me vi sudando frío —contó—. Pronunciaban mal, no me entendían y, para colmo, yo no sabía escribir en Braille. Un día, cuando más raro me sentí con ellos, me dije: ‘¿Te quedas o te vas?’”.
DESCIFRAR LOS SIGNOS
Lianet Morales Corchado tiene 13 años y estudia el octavo grado en la ESBU José Martí, de la ciudad de Ciego de Ávila. Ella padece el Mal del Eber, una malformación congénita que le hace distinguir los objetos, de forma borrosa, a menos de un metro de distancia.
“Ahora empezó a hablar en inglés —dice su mamá Ileana Corchado—. Ya pronuncia los saludos y nombra algunos objetos —llama a la hija—. Cuenta cómo tú haces con Roswell (serial que transmite Tele Rebelde, a las 7:00 p.m.)”. Lianet abre los brazos: “¿Con Roswell? Me pego bien al televisor y escucho. Enseguida saltan cosas que entiendo y grito: Mami, mami: dijeron father, que es papá. O se despidieron con Good bye. Otras veces hablan de abuela y abuelo, con grandmother y grandfather. Lo mismo me pasa con las películas”.
Desde el pasado mes de octubre, Lianet comenzó a recibir las clases de Rewuald, quien hoy es integrante del contingente de maestros orientales, que ayuda a atenuar el déficit de maestros en la provincia avileña.
“Lo que empezamos a hacer es poner en práctica el método que se creó en la Camilo Cienfuegos, que consiste en la adaptación de los símbolos fonéticos ingleses al sistema Braille”, explica el docente.
Cuando Rewuald se hizo la pregunta de si permanecer o retirarse, el defectólogo Armando Rojas le aconsejó: “De la manera tradicional, no lograrás nada. Tienes que adentrarte en el mundo de esos niños”. Y le pasó la bibliografía para que iniciara las investigaciones.
“Había un problema inicial —explica Rewuald—: cerca del 80 por ciento de la información que se recibe en clases, es a través de la vista. ¿Cómo enseñar a alumnos que no ven, con un método diseñado para los que pueden mirar? Otra dificultad era que escribían el inglés como lo escuchaban. Y eso lo supe después que aprendí el Braille y revisé sus notas: en inglés, gracias es thanks you y ellos ponían senkiú”.
Mientras revisaba la bibliografía, recordó un criterio de pedagogos canadienses y norteamericanos. Según esos especialistas, la enseñanza del idioma podía facilitarse si se desarrollaban las habilidades de la audición para que fueran capaces de dominar el sistema fonético y lograr un dominio más grande y rápido de la lengua.
Se tenía que compatibilizar el alfabeto fonético del inglés con el Braille —cuenta—. Aunque, ¿cómo lograr que un invidente reconociera los sonidos largos o cortos al escucharlos? Había que indicárselo, crear signos nuevos; pero, ¿cuáles?”.
Durante jornadas enteras se dedicó a garabatear papeles y musitar palabras y sonidos. Sus colegas movían el índice en círculos alrededor de la oreja y comentaban: “Rewuald se tostó”. Un día, mientras estaba de guardia, completó el muestrario de códigos en Braille. Llamó a Yusbel Pérez Pérez, uno de los alumnos del grupo con dificultades visuales con los que trabajaba en la creación del método.
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Le puso una hoja delante: “Si te doy esta letra escrita con ese símbolo, ¿tú lo entenderías?”. El muchacho pasó los dedos sobre la superficie del papel y movió la cabeza: “Nos confundiremos, profe. Se parece a uno que usamos en matemática”. “¿Y este otro?” El niño sonrió: “Ese está mejor”. Esa noche se acostaron tarde, pero el método había comenzado a nacer.
¿QUÉ PASÓ CON EL TITANIC?
Rewuald cuenta: “Gracias a la colaboración de los muchachos y un grupo de defectólogos, creamos los símbolos que indicaban un tipo de sonido o pronunciación.
“Después empezamos con las técnicas, para que aprendieran a discriminar los sonidos. Es el caso del Método del Piloto y el Manos Mojadas, en el que el maestro ayuda al alumno ciego a colocar los labios o la lengua del modo correcto a la hora de hablar, lo que en inglés es fundamental. Los dos son con la ayuda del profesor. Por eso, el último, el Manos Arriba, es a un nivel más avanzado y con él reconocen los sonidos por sí solos, levantando el brazo. Junto con esas técnicas, se trabaja en la enseñanza de la lectura, la escritura, los diálogos y la interpretación de textos.
“Pero lo principal fue tener en cuenta sus características. Los niños ciegos tienen una memoria, un oído, un tacto y un olfato sorprendentes. Eso me dio la base para sustentar el método, que deviene en una metodología. Una vez entré al aula y fingí la voz al saludarlos. Enseguida dijeron: ‘Profesor, no cambie. Nosotros lo conocemos’. Me rasqué la cabeza: ‘¿Cómo?’. ‘Por la forma de caminar, profesor’. Al día siguiente cambié la cadencia de mis pasos, entré al aula y unas risitas me dejaron helado: ‘Buenos días, profesor’. Yo me rendí: ‘¿Cómo lo supieron?’ ‘Por el olor, profe’.
“Armando Rojas, que es un romántico, insistió en que debía conocer sus sueños. Él aconsejaba: ‘Si ganas su confianza, podrás conocerlos; y si te los cuentan, entonces podrás triunfar’. Así supe que Yoandry Andino quería ser abogado; Yusbel Pérez, informático y Aliesky, otro alumno, soñaba con ser chofer.
“Por eso descubrí algo importante. Los niños ciegos tienen una voluntad muy grande. Se aferran a la vida con fuerza, con deseos de valerse por sí mismos, sin lástima de nadie. Y eso, en ocasiones, los hace ser más persistentes que los otros niños.
“Así entendí esa concentración que les notaba en clases. Mis compañeros seguían con las bromas: ‘Tú estás loco, eres un iluso, no vas a poder avanzar’. En apariencias no les hacía caso, pero el método había que validarlo con resultados concretos. A cada rato, me preguntaba: ¿Y si fallamos?. Me hice la pregunta un año entero, durante el curso 2003-2004.
“La prueba de fuego ocurrió con el examen final de Inglés en el grupo de Yusbel. Estábamos la profesora de plantilla, que les impartía clases con el método normal, y yo. Afuera esperaba un defectólogo. El temario tenía varias preguntas de comprensión. Entre ellas, una en la que había que leer un texto y responder si el Titanic se había hundido cerca de las costas de Terranova o había llegado a Nueva York.
“Yo me estaba muriendo y abrí los ojos cuando Yusbel fue el primero en levantar la mano y decir: ‘Terminé’. Cogí la prueba con la punta de los dedos y corrimos a ver al defectólogo. El hombre se puso los espejuelos y empezó a revisar. Garabateó aquí, escribió allá. Al final, murmuró, como distraído: ‘Felicidades’. Observó a la profesora, puso el bolígrafo sobre el papel y luego me miró a mí. Yo pregunté: ¿Qué pasó? Y el especialista respondió:
—‘Que el niño sacó 100’”.