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Carpentier Coleccionista

Por Xenia Reloba

“Quien se atreve a elegir en materia de arte, hace como una declaración de principios en cuanto a gustos y se halla firmemente apoyado en sus convicciones estéticas, cuando dice a sus visitantes, en presencia de cuadros y de estatuas: `Esto es lo que me agrada...Con esto embellezco mi vida cotidiana´.”
La anterior opinión, de Alejo Carpentier, preside la exposición Carpentier Coleccionista, instalada en una de las salas temporales de la Sede de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, como parte de los homenajes por un centenario que durante el año 2004 se han estado dedicando al creador —entre otros clásicos de la literatura iberoamericana— de El siglo de las luces, El reino de este mundo y La consagración de la primavera.
La muestra reúne unas treinta obras que el escritor cubano adquirió junto a su esposa Lilia Esteban, durante años de deambular por varias naciones de Europa y América Latina.
Incluye piezas de los cubanos Eduardo Abela (1889-1965), Antonia Eiriz (1929-1995), Wifredo Lam (1902-1982), Amelia Peláez (1896-1968) y René Portocarrero (1912-1985); los mexicanos José Luis Cuevas (1934) y Alberto Gironella (1929-1984); el francés Jean Hugo (1898-1984) y los españoles Joan Miró (1892-1983) y Antonio Saura (1930-1998).
Uno de los espacios que más destacan en la colección es el que se dedica a la obra de Wifredo Lam, unido a Carpentier por una estrecha amistad.
Se ha afirmado que Carpentier fue el más ferviente defensor de Lam, cuando el artista regresó a Cuba, tras muchos años de permanencia en el continente europeo y una estancia breve en otras islas del Caribe.
Al escritor se deben varios artículos y crónicas en los que refleja la evolución creativa de Lam, que por esa fecha introducía en sus vanguardistas óleos y temperas elementos de la cultura popular afro-caribeña, que Carpentier apreció notablemente.
Esa fascinación propició que este último adquiriera La silla (1943), donde se manifiesta la exuberancia de los colores y las formas tropicales. Donada en 1976 por Carpentier y Lilia Esteban al Museo Nacional de Bellas Artes, la obra está considerada uno de los clásicos de la pintura de Lam junto a La jungla (actualmente en el Museo de Arte Moderno de Nueva York) y Tercer Mundo (también de la colección del Museo de Bellas Artes).

Coleccionar: vocación y compromiso

En sus palabras inaugurales, el escritor Lisandro Otero, presidente de la Academia Cubana de la Lengua y Premio Nacional de Literatura 2003, subrayó que la exposición “nos habla de las predilecciones del aficionado pero también nos dice mucho de su visión del arte, de su creatividad, de la necesidad de una expresión nativa sin incurrir en el folklorismo pedestre o la sumisión a la dictadura del pintoresquismo, que comenzaban a ser rechazados en aquellos tiempos de exploraciones estéticas”.
Apuntó Otero que el escritor “no aceptó el decorativismo, el delito estético de utilizar trucos fáciles y estereotipos consagrados por el uso. Para él, el acto de la creación debía estar inmerso en un desenfreno imaginativo, en un proceso de ferocidad que arremetiese ávidamente contra el objeto del deseo, en una canibalización de la alegoría visual”.
Destacó los aspectos de la obra de algunos de los artistas reunidos en la colección que atrajeron al coleccionista Alejo Carpentier.
Así, evocó Lisandro Otero, de Eduardo Abela lo fascinó “la manera en que su criollismo se traducía, con profundidad, en una áspera poesía visual de arcanos”, mientras de René Portocarrero lo impresionó su “fervor por una Habana de piedras fatigadas y luminosidades de aurora”, de Amelia Peláez, “la lealtad a las tradiciones, la redención del espacio autóctono, las gamas que suscitan la luz vibrante y el aire limpio”, y de Antonia Eiriz, “la declinación majestuosa de las formas”.
Afirmó Otero que “la mano segura en el dibujo” del mexicano José Luis Cuevas llamó la atención de Carpentier, como “la fuerza geológica” de Antonio Saura, “el esplendor de los muestrarios temperamentales”, de Alberto Gironella, y “la evasión hirviente de los horizontes imaginarios”, de Joan Miró.
Cualquiera que haya leído algo del conjunto de la obra narrativa de Alejo Carpentier, puede advertir en ella, además de la insoslayable influencia de la música —otra de las aficiones del escritor— los trazos y sugerencias de la plástica latinoamericana, principalmente cubana y caribeña.
La luminosidad de Amelia Peláez, La Habana barroca que habita los cuadros de René Portocarrero, los signos identitarios de origen africano que emergen constantemente de la obra de Lam, laten o se expresan nítidamente en la obra del escritor.
Quizás esa es la razón por la que vale la pena sugerir que quien se aproxime a la faceta de Carpentier coleccionista, no lo haga con la pretensión de encontrar la acuciosidad y meticulosidad propia de los practicantes de ese viejo hobby.
La colección de Alejo Carpentier (de la que tan amablemente nos hizo partícipes su viuda) es la sumatoria de una demanda ética y estética del intelectual, pero también de sus más hondos afectos e identificación por una manera “otra” y nueva de hacer el arte cubano y universal, que tuvo el privilegio de atestiguar.