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Por Leonardo Depestre Catony
Esta historia comenzó cuando San Cristóbal de La Habana era
poco más que un villorrio expuesto al acoso de los piratas y corsarios
europeos que asolaban las aguas del Caribe. Ya existía el antecedente
del saqueo perpetrado por el francés Jacques de Sores en 1555 y las
autoridades de la metrópoli española no estaban en disposición
de pasar otro mal rato.
Tres construcciones militares para la defensa se erigirían entonces
y tal resultaría la importancia de estas que pasaron a integrar el
escudo de la ciudad de La Habana. Nos referimos a los castillos de La Fuerza,
La Punta y el Morro.
Primero se levantó La Fuerza, cuya construcción se inició
en 1558 y finalizó casi veinte años después. En lo alto
de su torre campanario una figurita en bronce devino posteriormente símbolo
de la ciudad: la Giraldilla.
El desastre de la armada española —la supuestamente Invencible
que entre los ingleses y las tempestades se fue completa al fondo— acrecentó
el interés por seguir adelante con las fortificaciones. En julio de
1587 llegó a la Isla el nuevo gobernador Juan de Texeda acompañado
por un ingeniero militar italiano proveniente de una familia famosa en estos
trajines: Juan Bautista Antonelli.
El experto revisó las locaciones seleccionadas, inspeccionó
el estado de las defensas, se marchó y regresó un tiempo después
cargado de lo indispensable: herreros, carpinteros, albañiles, constructores.
Hacia 1590 principiaron las obras de La Punta y El Morro, uno frente al otro
a la entrada de la bahía. Dirigió además las de la Zanja
Real para el abasto de agua a la ciudad.
La atención prestada por la Corona a las propuestas constructivas del
italiano generó celos en Texeda y otros funcionarios de la metrópoli,
que prefirió dar un voto de confianza al especialista. Las obras marcharon
con lentitud y no fue hasta 1630 que se dieron por concluidas las dos fortalezas,
completándose el triángulo defensivo de la capital.
En sus buenos tiempos —hacia mediados del siglo XVII— una cadena
tendida entre el Morro y la Punta cerraba literalmente la entrada a la bahía
y salvaguardaba a los vecinos contra el acoso de intrusos que disputaban a
España la posesión de la llave del Nuevo Mundo.
Muchos destinos sufrió la fortaleza a lo largo de tan dilatado período,
hasta que en 1997 la Oficina del Historiador de la Ciudad asumió su
restauración con el objetivo de devolverle su antiguo esplendor. El
23 de abril del 2002 reabrió sus puertas y comenzó para el fuerte
de San Salvador de la Punta una nueva etapa.
Allí, la historia aflora aun antes de cruzar el umbral de la fortaleza.
El parque que la bordea, pavimentado con llamativas lozas de cerámica
roja, es un recuerdo del San Antonio, buque español que en 1909 naufragó
frente al castillo con un pesado cargamento, parte del cual, rescatado del
pecio, da ahora un toque de especial distinción al área exterior
de la edificación.
Tres salas permanentes y una de exposiciones transitorias integran el núcleo
del museo y desde estas páginas lo invitamos para que nos acompañe
en el recorrido.
La primera de estas salas, la Monográfica, se localiza donde originalmente
estuvo el aljibe de la fortaleza, cuando las aguas de la Zanja Real todavía
no abastecían a los moradores del castillo. En ella se resumen los
cuatro siglos de existencia de las paredes que nos acogen, donde se exponen
los hallazgos de mayor interés resultantes del serio trabajo practicado
durante dos décadas por los especialistas del Gabinete de Arqueología.
También en la planta baja abre puertas la Sala del Tesoro, cuyo nombre
lo prepara para cuanto ha de ver en su interior. Y se nos ocurre pensar que
también pudiera llamarse a ésta la sala de los desvelos, porque
seguramente muchos causó a la Corona española la pérdida
de tan valiosas piezas que nunca llegaron a engrosar las arcas reales, de
por sí nutridas con los tesoros extraídos del mundo americano.
Se exponen allí tres astrolabios del siglo XVI recuperados del fondo
y restaurados, una cifra que resulta significativa cuando se conoce que son
sólo alrededor de 65 los que se registran en el mundo.
Cuanto vemos, cuanto brilla a los ojos del visitante, todo auténtico
—monedas y barras de oro y plata, piedras preciosas, cadenas martilladas
e infinidad de objetos—, permaneció sumergido por decenas de
años, en ocasiones cientos, entre el lodo de los fondos.
No son menores las expectativas que satisface la Sala de las Maquetas, en
la planta alta. No pretende ser ésta, en modo alguno, un museo naval
pero sí deviene una excelente muestra de profesionalidad en el difícil
arte del modelismo.
Además, la ocasión se presenta inmejorable para conocer sobre
el importante papel desempeñado por la ciudad en la construcción
naval a partir de mediados del siglo XVIII, cuando se inauguró el Real
Astillero y Arsenal de La Habana. El sabicú, el chicharrón,
la quiebrahacha, la caoba, el cedro y otras maderas cubanas a partir de las
cuales se construyeron, dieron a aquellos grandes buques una larga vida, en
ocasiones de más de cuarenta años de servicios.
También se entra allí en contacto con “los secretos”
del llamado Muelle de La Machina, una obra que se concluyó hacia 1761
y se mantuvo vigente hasta que la destruyó el huracán de 1853.
Su réplica a pequeña escala, hecha a partir de madera de la
original machina, es una de las piezas más atractivas de la sala.
Para los habaneros, decir La Punta es hacer referencia a la amplia zona donde
confluyen el Paseo del Prado y el Malecón. Como tiene frente a sí
al emblemático Castillo de los Tres Reyes del Morro y de por medio
está la entrada a la bahía, comprenderá el lector que
es éste uno de los más bellos enclaves de la ciudad.
Palpar sus piedras incólumes al paso del tiempo es prueba irrefutable,
huella viva, del talento de Juan Bautista Antonelli, su insigne constructor.