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Fidel Absuelto por la Historia

Mundo

Fidel en Bolivia

Pocos pueblos habrán expresado de forma tan espontánea y sincera el cariño por Fidel Castro como el paceño, cuando el líder cubano llegó en agosto de 1993. Invitado por el ex presidente Jaime Paz Zamora para la transmisión de mando, Fidel fue recibido por una movilización popular que ningún partido convocó o planeó. La actividad de los simpatizantes fue tan intensa que el presidente entrante Gonzalo Sánchez de Lozada exclamó que la figura del comandante caribeño había opacado los otros actos oficiales y parecía que la gente ni se había enterado del cambio de Gobierno.

Desde que la población supo que era posible conocer a esa leyenda viva, se volcó a calles y avenidas sin consignas preestablecidas ni entregas de fichas de control. En el aeropuerto, los periodistas se apretujaban para grabar en la retina el aterrizaje de los aviones de Cubana; de alguno descendería Fidel. Ninguna medida de seguridad podía ser descuidada en su biografía que enfrentó más de 600 atentados, incluso los más ridículos y estrambóticos.

Cuando apareció, corpulento y barba cana, los reporteros lo aplaudieron y gritaron: "Fidel, Fidel", "Comandante". Él se cuadró ante la guardia militar de honor que lo esperaba y seguido de su fiel guardaespaldas se acercó a la tarima. Desde la terraza, mis hijos eran parte del grupo que había ido a experimentar la sensación de un día que sería histórico e inolvidable.

Ahí había grupos de autoridades, de militantes izquierdistas, otros de instituciones, los colegiales de la escuelita Cuba. Sin embargo, resultó sorpresiva la multitud que salió a las veredas a lo largo de la autopista que une El Alto con La Paz, luego en los puentes de la Cervecería, en la Montes, en la Mariscal Santa Cruz, en El Prado.

No lo dejaban entrar en el Hotel Plaza, en el centro paceño, donde se alojaba. Pobre Fidel, no podía ni descansar porque la gente se quedó 48 horas, con relevos que no sé quién programó, pero unos se iban y otros llegaban y así toda la tarde, la noche, la madrugada. Fidel saludaba desde la ventana, tomaba su mate de coca y las mujeres coreaban "coca no es cocaína"; levantaba el brazo y los jóvenes cantaban: "Si las cosas de Fidel son cosas de comunista, que me pongan en la lista porque yo me voy con él".

De ahí sin parar: acto en el Parlamento, visitas protocolares, huésped de Honor en El Alto, homenaje en la Alcaldía paceña; abrazo proletario y regalo simbólico de guardatojo minero; Honoris Causa en la Universidad Mayor de San Andrés; entrevista con familiares de muertos y desaparecidos por causas político-sindicales; recepciones en el Palacio. Siempre protegido por gente con banderitas tricolores y cubanas. Hasta que otra vez, desde la pista, decoló el avión que se lo llevó. Un cariño que brotó sincero, quizá una identificación que tantos otros tienen en el mundo entero (desde angoleños a irlandeses, desde nicas a mapuches) por un ser que representa a un pueblo indomable y que siempre supo estar al frente, en cada batalla.

La historia ya lo absolvió, como esa sublime escena cuando Castro despidió en La Habana al papa Juan Pablo II; en medio del abrazo, sopló la brisa y el Pontífice le dijo: "Es la presencia del Espíritu Santo que está con nosotros".

(Cubaminrex-Embacuba Bolivia-El Potosí)

 

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