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Un sendero de torturas para la “democracia”

Muerte, marcas físicas y afrentas psíquicas, saldo de los interrogatorios que practica la soldadesca yanqui con sus prisioneros afganos e iraquíes

Por Juana Carrasco Martín
Tomado de Juventud Rebelde
24 de mayo de 2005

Los informes desclasificados y también los secretos que caen en poder de la prensa estadounidense, están poniendo al desnudo una buena cantidad de execrables actuaciones del gobierno de Estados Unidos. Mientras tanto, la administración Bush se comporta como si no fuera ella la autora principal de las prácticas criminales de sus soldados en los escenarios bélicos de Iraq y de Afganistán, en el campo de detención de la Base Naval de Guantánamo o en otras prisiones, sumergidas en el silencio de la clandestinidad.

Dos mil páginas de un reporte confidencial, obtenido por el diario The New York Times, abre otra puerta al averno, donde el trato brutal a los prisioneros, sobre todo durante los interrogatorios para obtener información, no solo deja marcas físicas y psíquicas, sino que lleva también a la muerte.

Enfocado, fundamentalmente, en los casos de dos afganos fallecidos en diciembre de 2002, en la Base Aérea de Bagram, el reporte apunta a la búsqueda de un pretexto para los procedimientos: fueron víctimas de “abusos” cometidos por “soldados jóvenes y pobremente entrenados”.

De forma tan llana y cínica intentan sacudirse la culpa y dejar incólume a la cadena de mando que llega hasta el mismísimo comandante en jefe George W. Bush, e impedir así ser inculpados, con toda razón y justeza, como criminales de guerra.

Los dos hombres del documento son Dilawar, un chofer de taxi, de 22 años de edad, tan severamente golpeado en sus piernas que la forense, teniente coronel Elizabeth Rouse, dijo que “estaban básicamente hechas pulpa... Yo he visto heridas similares en un individuo al cual le pasó un ómnibus sobre sus piernas”, añadió. A este prisionero se le encadenó por las muñecas al cielorraso de su celda donde eventualmente murió, a pesar de que la mayoría de los interrogadores consideraban que era un hombre inocente que pasó con su taxi por la base “en el momento equivocado”.

La otra víctima, Habibullah, identificado como Persona Bajo Control No. 412, falleció seis días antes, también colgado del techo y tras ser golpeado durante jornadas enteras, porque los guardias encontraron que “no cooperaba”. De él dijo uno de los médicos, el sargento Rodney Glass: “Él parecía que estaba muerto desde hacía rato, y parecía que a nadie le importaba”.

Cuando Habibullah comenzó a toser, vomitar y quejarse de dolores en el pecho, los guardias se rieron de él. El examen post-mortem encontró que la causa probable de su muerte había sido un coágulo de sangre causado por las heridas y golpes en las piernas, el cual viajó hacia su corazón y bloqueó el suministro de sangre a sus pulmones.

Siete soldados han sido acusados de estas dos muertes, aunque están involucrados 28 militares. El abogado de uno de los militares comprometidos en la investigación declaró: “Mi cliente actuaba consistentemente con el estándar de procedimiento operativo que tenía lugar en la instalación de Bagram”.

PROCEDIMIENTOS HABITUALES Y NORMADOS

Tampoco esas han sido las únicas víctimas mortales bajo custodia de EE.UU. El pasado 16 de marzo, se dio a conocer otro informe oficial, firmado por el vicealmirante Albert Church, donde reportan al menos 26 casos de “homicidio criminal”. De esos asesinatos, 24 fueron ejecutados por personal del ejército y dos por la Marina. Como demostración de que las torturas y la violencia son habituales en los procedimientos guerreros de las fuerzas armadas estadounidenses, solo uno de esos 26 crímenes corresponde a la más famosa de sus instalaciones, Abu Ghraib, la tenebrosa cárcel de Iraq.

Igualmente, más de un centenar de otras muertes en las cárceles de Iraq y Afganistán están sujetas todavía a investigación. ¿Quién sabe cuántos otros homicidios nunca serán conocidos, y mucho menos reconocidos, bajo un sistema penal que mantiene encarcelados a 50 000 hombres, mujeres y hasta niños en Iraq, Afganistán y la ilegal Base Naval de Guantánamo, en el territorio usurpado a Cuba.

El documento en manos del diario The New York Times cuenta, entre las actuaciones de la “inexperta” soldadesca, la protagonizada por una interrogadora mujer que se paró sobre el cuello de un detenido y a otro lo pateó en los genitales. Un prisionero, cuyo relato aparece en el informe, asegura haber sido obligado a reptar constantemente por el piso y besar las botas de sus dos interrogadores.

De acuerdo con el reporte otro interrogador, el especialista Damián Corsetti, llamado el “Monstruo” por tener esa palabra tatuada en su pecho, y calificado por uno de sus colegas como King of Torture (Rey de la Tortura), puso su pene en la cara de un detenido y lo amenazó con violarlo.

El diario neoyorquino explica que la copia del texto sobre los abusos cometidos en Bagram le llegó a través de alguien que participó en la pesquisa del Comando de Investigación Criminal del Ejército, fue crítico de los métodos utilizados en Bagram, y también de la respuesta dada a esas muertes por los militares.

Sin embargo, al comentar la revelación, el vocero del Pentágono, teniente coronel John Skinner, no tuvo ningún sonrojo al decir que la investigación había sido “comprensiva”, lo que indicaba cuán “serio” era el reporte, y daba el puntillazo cruelmente burlesco: “El trato humano a los detenidos ha sido siempre nuestro estándar”.

De todas formas, cundió el pánico por la información del periódico. Otro vocero militar en Kabul, el coronel James Iones, dijo en un correo electrónico de respuesta a un corresponsal que las fuerzas armadas estadounidenses “no toleraban” ningún maltrato a los detenidos y “no había excusa” para ello.

En la Casa Blanca se repetía la monserga cuando el portavoz Trent Duffy, además de apuntar que siete personas estaban siendo investigadas en conexión con los abusos en la Base Aérea de Bagram, clamaba que el presidente Bush estaba “alarmado por los reportes de abusos con prisioneros” y que tomaban “todos los pasos” y “nuevas políticas” para “asegurarse de que esto no volviera a suceder. Estamos llevando a la gente a contar”.

Una “nueva política” sería respetar a los prisioneros de guerra, pero es evidente que hasta el momento se ejecuta la dictada por la sentencia del propio W. Bush: “América es una nación en guerra” y los detenidos son “combatientes enemigos”. Para ellos no cuenta ni los protegen las Convenciones de Ginebra.

A las torturas y apaleamientos se añaden actos de humillación y discriminación religiosa y étnica, expuestos recientemente por la revista Newsweek sobre la profanación del Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Pero la publicación fue obligada a retractarse de la cita del periodista, a pesar de que lo testificaba una fuente anónima del propio Pentágono: el texto islámico había sido tirado en el retrete para avasallar a los creyentes bajo detención. Como es de suponer, el relato provocó verdaderos alzamientos contra el gobierno de Bush en Afganistán, Paquistán, India y otros países y comunidades musulmanas.

En un intento de minimizar la magnitud de la irreverencia, las torturas, abusos, maltratos y ofensas, tanto Bush como su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, las han presentado como actitudes de unos pocos soldados, cuando existían normas de interrogatorios aprobadas por el alto mando militar estadounidense que han llevado a estos execrables procedimientos.

El 2 de diciembre de 2002, Rumsfeld autorizó una lista de técnicas de interrogación para los prisioneros en la Base Naval de Guantánamo que contenía “quitarle todas las cosas que le dieran confort”, y eso incluía objetos religiosos; “forzarlos a afeitarse y cortarse el cabello”; y “quitarle las ropas”, prácticas que son consideradas ofensivas para muchos musulmanes.

Las Convenciones de Ginebra prohíben estrictamente infligir humillaciones a los detenidos, mas esas tácticas denigrantes fueron aplicadas también en Afganistán y en Iraq, aunque los reportajes de medios informativos estadounidenses —realizados con permiso y bajo la tutela de los guardias del centro de detención de Guantánamo—, mostraban asépticas celdas y el Corán sobre las literas, como un escenario fabricado para vender una buena imagen.

Se sabe que dos altos oficiales han intentado renunciar por lo acontecido en Abu Ghraib, pero tanto la Casa Blanca como el Pentágono han dicho que no habrá dimisiones por ese motivo.

NEWSWEEK NO TRAJO NADA NUEVO

Lo publicado por Newsweek no constituía, de hecho, nada nuevo. El Comité Internacional de la Cruz Roja ya había descubierto ese proceder tras lograr visitar el centro de detención. También varios de los hombres liberados del campo de concentración denunciaron esa afrenta: tres de ellos ciudadanos británicos, el ruso Aryat Vahitoh, y el kuwaití Nasser Níger Naser al-Mutairi. Otros detenidos de la base aérea norteamericana en Kandahar, Afganistán, a comienzos de 2002, hicieron iguales relatos; y Erik Saar, quien fue traductor del ejército estadounidense en Guantánamo, describió como una interrogadora manchó con un flujo a un detenido haciéndole creer que era sangre menstrual.

La organización Human Rights Watch recordaba que en enero de 2003 los militares estadounidenses recibieron nuevas líneas de conducta para su personal en la base que incluía, entre otras órdenes, una que remarca la certidumbre de que las ofensas religiosas eran práctica común: “Aseguren que el Corán no esté ubicado en áreas ofensivas como el suelo, cerca de los baños o lanzados al inodoro, cerca de los pies o de áreas sucias o mojadas”.

Por añadidura, ¿acaso el Pentágono no tiene abierta una investigación sobre su campo de prisioneros en Guantánamo a partir de los correos electrónicos de agentes del Buró Federal de Investigaciones (FBI) que mostraban preocupación con los métodos de interrogación utilizados allí?

El colmo del cinismo y del desprecio llegó con las declaraciones de George W. Bush este lunes, cuando subrayó que sus 20 000 soldados en Afganistán seguirán bajo el control militar de EE.UU., pese al pedido del presidente afgano, Hamid Karzai, de tener más “autoridad” sobre ellos.

Las “quejas” de Karzai —de visita en Washington— cayeron en saco roto. No tendrá control en las operaciones militares estadounidenses realizadas en su país, tampoco mayor ayuda en la lucha contra el tráfico de opio, ni —por supuesto— la custodia de los prisioneros afganos. Mientras, Bush y la prensa destacaron la verdadera cara de esa moneda: el agradecimiento del “presidente” afgano por ayudarle a encaminar a la nación por el “sendero de la democracia”. Aunque ese camino esté empedrado por la tortura.

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