

Como los buenos amores, Benny Moré nunca se olvida
Por Mario Vizcaíno Serrat
Escuchar a Benny Moré en Cuba sigue siendo un placer, por encima del mito que comenzó a crecer hace casi 50 años, cuando murió con el hígado anegado en alcohol y abandonó a los cubanos.
Desde entonces, su sombra ha protegido a músicos y oyentes, y siempre hay a mano recuerdos, gracias a la memoria de un país que todavía lo extraña.
La evocación de quien fue bautizado como el Bárbaro del ritmo no ha sido lineal. Sin embargo, ha tenido momentos fabulosos y ha servido para desempolvar anécdotas y pasajes de su vida a veces casi increíbles: desde su primer encuentro con el no menos legendario Miguel Matamoros, compositor de Mamá, son de la loma, hasta su temporada de residente en México en los años 40.
Benny Moré llevaba a cuestas cómodamente su innata intuición musical que lo hizo glorioso, con la que podía cantar desde una guaracha hasta un bolero, y pasaba de un son montuno a un merengue y de una plena a un porro.
Tuvo que ver con la llamada época de oro del cine mexicano. En algunos de sus filmes más exitosos cantó y bailó, entre ellos Carita del cielo (1946), junto a la rumbera Ninón Sevilla, Fuego en la carne (1949), en unión de la mexicana Meche Barba, y Novia a la medida (1949).
Durante los seis años que permaneció en México, Moré penetró totalmente el mundo de la jazzband y nunca más lo abandonó. Comprobó que era el formato orquestal idóneo para respaldar sus ideas musicales. De acuerdo con críticos y admiradores, desde entonces se negó a ser acompañando por otro tipo de agrupación.
México fue un peldaño alto en su carrera. Allí saboreó sus primeros éxitos, empezó a conocer la fama y concluyó el camino que lo convirtió en un gran cantante. El excelso sonero Miguelito Cuní comentó alguna vez: «antes de irse a México no tenia los graves, pero allá los cultivó y cuando regresó, dije !ahora sí completó!»
A comienzos de los años 50, Benny Moré fijó residencia definitiva en Cuba, después de abandonar un pasado material y espiritual enjundioso entre éxitos, amigos y grandes amores.
Durante mucho tiempo, La Habana fue para él una especie de mujer sin conquistar. En 1936, durante su primera visita a la capital, se dedicó a entonar canciones y boleros en compañía de varios trovadores locales.
El contexto de la trova de entonces, inseparable de las mujeres y el ron, le dio la posibilidad de ejercitarse en el manejo de las voces prima y segunda, que se daba el lujo incluso de interpretar indistintamente en una misma pieza.
Al adoptar el concepto de jazzband -exclusivo de agrupaciones de blancos o mulatos claros que trabajaban para clubes aristocráticos- Benny Moré comenzó a romper esquemas tácitos, e integrada por negros, desde el principio su banda fue de públicos masivos, ausente de los salones de la burguesía.
Lo cierto es que en su orquesta coinciden dos formatos que llegó a conocer muy bien: el de la jazzband, con sus recursos sonoros y de timbre, y el del son montuno, que empezó a abordar desde otra perspectiva cuando abandonó la agrupación de Matamoros.
Después de algún tiempo, de acuerdo con el crítico cubano Leonardo Acosta, el Bárbaro del Ritmo recurrió a una concepción más tradicional de la jazzband, tanto en su formato como en sus orquestaciones, en las que reflejó la influencia del son montuno más que la del mambo.
Nueve décadas después de su nacimiento, el 24 de agosto de 1919, Benny Moré sigue siendo el músico más completo y amado en Cuba que, aunque no lo evoca todos los días, piensa en él de tarde en tarde, como ocurre con los buenos amores, que nunca se olvidan. (Cubaminrex-Cubanow)