

Por Ricardo Alarcón de Quesada
Tomado de “La Jiribilla”
“cuando contemplamos a los hombres que fueron verdaderamente grandes, nos asombra en ellos lo que podríamos llamar el don de una actualidad perenne.”
Alejo Carpentier
A lo largo del 2004 se han celebrado de muy diversos modos los primeros cien años de la vida de Alejo Carpentier. Lo hemos recordado en Cuba y en otros rincones de la América nuestra que tanto le debe como descubridor y forjador y más allá de sus fronteras, pues él fue uno de los principales artistas y pensadores del siglo XX que trasciende con mucho la época que le tocó vivir.
No intentaré una valoración de su prodigiosa obra literaria, creadora de una nueva manera de narrar, instrumento para contar nuestra historia desde la perspectiva americana y caribeña. Lo ha hecho con acierto la Conferencia Internacional que, convocada por Casa de las Américas, tuvo lugar en La Habana el mes pasado en la que también se examinaron sus decisivos aportes en el campo de la música, la danza, el periodismo impreso y radial, la arquitectura, el cine y la promoción cultural.
Su obra ha sido ampliamente divulgada y debe serlo aun más. Cabe esperar, por ejemplo, que el público estadounidense pueda finalmente conocer La Ciudad de las Columnas que prestigiosas instituciones norteamericanas quisieron publicar este año y se los impidió la oscurantista prohibición que burócratas imperiales habían impuesto contra autores cubanos y de otros países colocados en su infame Índice.
La excelencia de su producción literaria inscrita definitivamente entre la de los grandes clásicos será por siempre objeto de la admiración y la gratitud de innumerables lectores. Su consagración entre los más universales y perdurables creadores de nuestra lengua no la discute nadie.
Quisiera dedicar mis palabras a otros aspectos que hacen de él un hombre indispensable para todos los tiempos.
No lejos de aquí en la calle Maloja hace hoy exactamente un siglo nació un renacentista cabal, un hombre del renacimiento americano. Cultivó todas las artes y a ellas infundió la disciplina investigadora del científico. Desarrolló una técnica literaria que abría cauce a “que lo maravilloso fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos sus detalles” (…) “sobre una documentación extremadamente rigurosa que no solamente respeta la verdad histórica de los acontecimientos, los nombres de personajes ?incluso secundarios?, de lugares y hasta de calles, sino que oculta, bajo su aparente intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de cronologías”2.
Con tal método reveló el rostro y el alma de América plasmados en la excelencia de un lenguaje que dominó en toda su riqueza, dueño de un estilo inimitable. Nos mostró “nuestra historia una historia distinta a las demás historias del mundo”3. Supo señalar la causa fundamental de esa distinción en que la nuestra “es una ilustración constante de la lucha de clases. La historia de América toda no se desarrolla sino en función de la lucha de clases3. No ocultó que esa lucha se lleva a cabo frente a “todas las presiones y apetencias foráneas ?imperialistas, por decirlo todo? “3. Devolvió su dignidad plena a las masas esclavizadas, descubrió a los verdaderos protagonistas de esa lucha, silenciados por una historiografía incapaz de penetrar al fondo de la realidad y verla desde la entraña. Lo que separa desde su origen a las naciones de Nuestra América del norte imperial y del Occidente todo es que nuestras naciones surgen de la idea de la “emancipación total”, que los negros sublevados en Bois Caimán introducirán por primera vez el concepto de independencia política, ausente de la gran Enciclopedia, y por hacerlo realidad fueron capaces de una hazaña tan asombrosa como ignorada. Porque “el negro que llega a América aherrojado, encadenado, amontonado en las calas de buques insalubres, que es vendido como mercancía, que es sometido a la condición más baja a la que puede ser sometido un ser humano…. Va a ser precisamente el germen de la idea de independencia. (…) va a ser ese paria, va a ser ese hombre situado en el escalón más bajo de la condición humana, quien nos va a dotar nada menos que del concepto de independencia”3.
En Carpentier la estética y la ética se fundían en un impulso único que animó pensamiento y acción. Su responsabilidad como intelectual la asumió cual compromiso vital que ejerció como quien cumple una misión insoslayable. Con José Martí él también echaba su suerte con los pobres de la tierra. Por eso dejó escrito: “entenderse con él, con ese pueblo combatiente, criticarlo, exaltarlo, pintarlo, amarlo, tratar de comprenderlo, tratar de hablarle, de hablar de él, de mostrarlo, de mostrar en él las entretelas, los errores, las grandezas y las miserias; de hablar de él más y más, a quienes permanecen sentados al borde del camino, inertes, esperando no sé qué, o quizás nada, pero que tienen, sin embargo, necesidad de que se les diga algo para removerlos. Tal es, en mi opinión, la función del novelista actual. Tal es su función social”4
Si el tiempo fue un factor constante en la trama de sus novelas y relatos hay que decir que el suyo es y será siempre el presente. Alguna vez dijo: “Hombre de mi tiempo soy y mi tiempo trascendente es el de la Revolución cubana. Escritor comprometido soy y como tal actúo”5.
Ante todo hay que subrayar la integridad de su conducta, su obra mayor, inmejorable, siempre fiel a sí misma, desde la adolescencia hasta sus últimas jornadas en París en las que conjugaba la representación diplomática de la Revolución cubana con el quehacer literario que hurgaba entonces en la vida del yerno santiaguero y mulato de Carlos Marx. Fue parte del grupo minorista, combatió la tiranía machadista junto a Villena y a Mella, escribió en la cárcel su primera novela, denunció al fascismo español y supo regresar a Cuba en 1959, abandonando su querida Venezuela donde había conocido los mayores éxitos, para sumarse a la Revolución triunfante. A ella se entregó sin reservas con todo el entusiasmo de su reencontrada juventud. Sin abandonar la literatura llevó a cabo una intensa actividad que se vería reflejada en la fundación del Premio de la Casa de las Américas, la creación y dirección de la Editorial Nacional y decenas de artículos, conferencias y entrevistas. Como Diputado enriqueció los debates de nuestra Asamblea Nacional y como diplomático enalteció al servicio exterior cubano y fue defensor insobornable de la Patria.
Es imposible separar los decisivos avances de nuestro pueblo en el terreno cultural y la batalla de ideas que hoy libramos, de aquel esfuerzo inicial reflejado en millones de ejemplares de libros con lo mejor de la cultura cubana y universal que salieron de la Editorial Nacional a las manos de ávidos lectores multiplicados por la campaña de alfabetización y la extensión de la enseñanza a millones de hombres y mujeres humildes. Carpentier, organizador de la primera Feria Popular del libro, está presente hoy en lo que ya se ha convertido en una Fiesta Nacional que se repite cada año en todo el país. El despliegue de la televisión educativa tiene en sus conferencias radiales un claro antecedente.
Hombre de dilatada erudición, de cultura profunda e integral, fue ajeno por completo a cualquier pose elitista.
Su compromiso revolucionario tenía hondas raíces que identificaban la actitud intelectual con un humanismo auténtico y militante. Él lo expresó con estas palabras:
“En cuanto a mí, a modo de resumen de mis aspiraciones presentes, citaré una frase de Montaigne que siempre me ha impresionado por su sencilla belleza: ‘No hay mejor destino para el hombre que el de desempeñar cabalmente su oficio de hombre’”.
“Ese oficio de hombre, he tratado de desempeñarlo lo mejor posible. En eso estoy y en eso seguiré, en el seno de una Revolución que me hizo encontrarme a mí mismo en el contexto de un pueblo. Para mí terminaron los tiempos de la soledad. Empezaron los tiempos de la solidaridad”.
(…) “Hombre soy, y solo me siento hombre cuando mi pálpito, mi pulsión profundas, se sincronizan con el pálpito, la pulsión, de todos los hombres que me rodean”3.
Para otros fueron los tiempos de la claudicación y el fraude. Cuando Alejo deja en Venezuela una situación holgada y regresa a Cuba, poseedor ya de sólida y bien ganada fama en todo el mundo, cuando vuelve a compartir con su pueblo riesgos y carencias y viene a entregar generosamente lo mejor de sí al empeño común no eran pocos los que en otras partes no sabían desempeñar su oficio de hombres.
Algunos proclamaban entonces el fin de la ideología y de las utopías y pretendían sepultar en la nada la responsabilidad social de los intelectuales mientras servían de instrumentos dóciles a la agresión contra el pueblo vietnamita y a la supresión de todo disenso en las universidades norteamericanas y de otros países6. En su momento los desenmascaró Noam Chomsky en textos que animaron la rebelión de una juventud noble y soñadora7. Por su parte, Zbigniew Brzezinski anunciaba sin tapujos y trataba de articular teóricamente la aparición de un nuevo tipo de intelectual integrado a los grandes centros del poder imperial y cuya función sería “manipular las emociones y controlar la razón”8.
En un libro de reciente publicación, la escritora inglesa Francis Stonor Saunders ha probado con copiosa información de primera mano cómo la CIA había llevado a cabo un descomunal operativo en el que empleó recursos millonarios ilimitados para sobornar y engañar y convertir en agentes suyos, a veces sin saberlo, a buena parte de los artistas e intelectuales de Occidente durante el período de la guerra fría9.
Contra Cuba esa guerra se intensifica. Pronto cumpliremos 46 años de resistencia heroica frente a una agresión que ha tenido siempre entre sus armas predilectas la mentira y la manipulación de la información. A veces también el silencio absoluto como el que los grandes medios imponen sobre los cinco jóvenes intelectuales de esta Isla que sufren injusta y cruel prisión en cárceles norteamericanas por combatir el terrorismo que Washington promueve contra nuestro pueblo.
Los tiempos actuales facilitan aquella domesticación que anticipara Brzezinski. Un número cada vez menor de grandes conglomerados posee los principales medios de comunicación y al mismo tiempo controla una llamada industria cultural que empequeñece la cultura hasta volverla entretenimiento banal, consumismo y nadería.
Ha surgido un nuevo tipo de corresponsal de guerra, los llamados “incrustados” que operan dentro de la maquinaria militar norteamericana en Iraq. Un ejército de ocupación que ha asesinado a cañonazos a algunos disidentes que intentaron cumplir su deber con la verdad. Se comprende que sean escasos, aunque de muy encomiable mérito, los textos que sobre esa guerra escriben periodistas dignos de la profesión. Lejos estamos de las admirables crónicas de Carpentier sobre la tragedia española.
Ya no se trata solamente de imponer un pensamiento único que justifique la inamovilidad de un orden profundamente injusto e insostenible. Se busca robotizar al hombre, vaciarle la conciencia, privarlo de la capacidad para pensar, trocarlo en obediente máquina que produzca y consuma, convertirlo a él también en mercancía desechable.
Nunca antes fue tan necesaria la misión del intelectual. Ahora, cuando el fascismo reinventado no oculta su torpe insolencia, regresamos a “Minglanilla pueblo inolvidable” y al encuentro de Alejo con cierta castellana analfabeta que él describió así:
“Una anciana, arrugada en grado increíble, con un pañuelo oscuro plegado sobre canas bien peinadas, se me acercó, y me dijo estás palabras que no olvidaré jamás:
? ¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!
¡Nunca me sentí tan humillado como en aquel instante, dándome cuenta de lo poco que significa el «saber escribir» ante ciertos desamparos profundos, ante ciertas miradas de fe, ante el oscuro anhelo de mundos mejores que palpita en el alma de estos campesinos!”9
Defenderla es el reclamo que nos hace una humanidad gravemente amenazada. A su defensa acudirán siempre los verdaderos creadores que hallarán en Carpentier arquetipo insuperable. “Sé de antemano” ?había advertido Alejo? “que pertenezco a una generación que no sabe detenerse, que ha nacido para la acción y tiene conciencia de ello, y que al fin y al cabo mis anhelos de calma franciscana serán rotos siempre por ese demonio interior que nos empuja a la lucha”10.
La humanidad resistirá y luchará hasta vencer. Porque tú, Alejo, lo dijiste: “El gran trabajo del hombre sobre esta tierra consiste en querer mejorar lo que es. Sus medios son limitados, pero su ambición es grande. Pero es en esta tarea en el Reino de este Mundo donde podrá encontrar su verdadera dimensión y quizás su grandeza”.
Los tiempos de la solidaridad triunfarán en una primavera sin término.
Felicidades Alejo en tu cumpleaños. Cumplirás muchos más. Los celebraremos siempre juntos, todos. Asistirán a la fiesta también los preteridos y los ignorados. Grande será la alegría en los Palmares y en Bois Caimán, en la Gran Sabana y en las fuentes del Orinoco, en La Habana, en Caracas y en París y en todas partes. Felicidades maestro, hermano, compañero.
Plaza Ignacio Agramante, Universidad de La Habana
26 de diciembre de 2004
Notas:
1. Alejo Carpentier, Vigencia del pensamiento de Martí. La cultura en Cuba y en el mundo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2003.
2. Alejo Carpentier, El Reino de este mundo, prólogo. Novelas y relatos, Bolsilibros Unión, UNEAC, La Habana, Cuba 1974
3. Alejo Carpentier, Visión de América, Editorial Letras Cubanas, La Habana 2003.
4. Alejo Carpentier, Papel social del novelista. Literatura y arte nuevo en Cuba, Editorial Estela, Barcelona, 1971
5. Marta Rojas, La maleta perdida, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana 2003.
6. La lista sería larga. Seymour Martin Lipset (“Political man-the social bases of politics” publicada originalmente en 1960 y con numerosas ediciones y ampliaciones posteriores) figura junto a Daniel Bell, Raymond Aron y Edgard Shils entre quienes desde los años cincuenta decretaron el fin de la historia y trataron de convencer a los jóvenes de la época que en la llamada “sociedad postindustrial” no había espacio para la utopía. Formaron un abigarrado conjunto en el que se mezclaron liberales de la “nueva frontera” kenedyana con reaccionarios de vieja estirpe y “neoconservadores” ahora en boga y en el que no faltaron tránsfugas “consumidos” por esa sociedad. Los sobrevivientes que permanecen activos, en general, siguen haciendo lo mismo. Es obvio que nunca creyeron en el barato cuento del “fin de las ideologías” con el que han tratado de engañar a tantos durante tanto tiempo.
7. Noam Chomsky, American power and the new mandarins, historical and political essays, Vintage books, New York, 1969
8. Zbigniew Brzezinski, “Between two Ages, America’s Role in the Technetronic Era”, Viking Compass Edition, New York 1971. Este autor que entonces era profesor en Columbia University fue más tarde Consejero para la Seguridad Nacional del Presidente de Estados Unidos James Carter, continúa hoy combinando la actividad académica con su asesoría en materias de estrategia a los círculos del poder norteamericano y sigue publicando libros. En uno traducido al español como “El Gran tablero mundial – La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos” (Paidós Ibérica 1998) apunta que “la dominación cultural ha sido una faceta infravalorada del poder global estadounidense”. Señala como factor decisivo para el ejercicio de ese poder “el impacto masivo pero intangible de la dominación estadounidense sobre las comunicaciones globales, las diversiones populares y la cultura de masas” y recuerda que “a medida que la imitación de los modos de actuar estadounidenses se va extendiendo en el mundo, se crean unas condiciones más apropiadas para el ejercicio de la hegemonía indirecta y aparentemente consensual de los Estados Unidos”.
9. Frances Stonor Saunders, “La CIA y la guerra fría cultural” (título original “Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War”), Editorial Debate, Madrid 2001. Este libro que Edward W. Said calificó como “obra maestra de investigación histórica” pone al desnudo la enorme operación de la CIA con la participación y la colaboración, consciente o inconsciente, de numerosos intelectuales ?entre ellos los referidos más arriba? que estuvieron al servicio de la agencia que, a sus muchas otras funciones, agregó la de actuar como una especie de Ministerio de Cultura ?clandestino? del gobierno de Washington. La autora precisa que “hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de posguerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra manera, vinculados con esta empresa encubierta”. Instrumentos principales de esa empresa eran el Congreso para la Libertad Cultural y su revista Encounter donde, por cierto, apareció por primera vez, en enero de 1968, el ensayo “America in the Technetronic Age” que Brzezinski convertiría después en el libro ya citado. Vale la pena revisar los nombres que aparecen en la obra de Stonor Saunders y comprobar cuántos personajes ahí desenmascarados continúan cumpliendo las mismas tareas de antaño disfrutando de un respeto y credibilidad que solo poseen porque se los da el aparato de propaganda yanqui tan eficaz en su empeño de “manipular las emociones y controlar la razón”.
10. Alejo Carpentier, Crónicas de España (1925-1937) Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba. 2004
Declaran toda la obra de Carpentier Patrimonio Cultural de la nación cubana
Por Marta Rojas
Tomado de Granma
23 de diciembre de 2004
La obra del escritor cubano Alejo Carpentier acaba de ser proclamada Patrimonio Cultural de la nación cubana.
En una resolución suscrita por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura, quedó establecido "declarar Patrimonio Cultural de la Nación Cubana la obra literaria manuscrita e impresa así como sus conferencias radiales sobre la cultura en Cuba y en el mundo, perteneciente al escritor Alejo Carpentier Valmont, obra de indiscutible valor literario para la Cultura Cubana".
La decisión se halla sustentada en el hecho de que Carpentier — La Habana, 26 de diciembre de 1904-París, 24 de abril de 1980—, es uno de los grandes novelistas, ensayistas, periodistas, musicólogos y críticos cubanos del siglo XX, figura cimera de la literatura universal de la pasada centuria y uno de los forjadores de la cultura moderna en Cuba, a la que incorporó el legado africano en diálogo fecundo con las aportaciones de las vanguardias europeas y americanas; y redimensionó, al mismo tiempo, la historia del Caribe al inscribirla críticamente en el contexto de la historia mundial. Es considerado uno de los iniciadores de la nueva narrativa latinoamericana.
En virtud de ello, el Ministerio de Cultura, mediante la institución encargada del manejo del patrimonio, presidida por la doctora Marta Arjona, procedió a dictar un instrumento legal para la protección de la obra de Alejo Carpentier, cuyo centenario de su natalicio se celebra este año.
El documento recuerda que el autor fue el primer cubano e iberoamericano en recibir el Premio Miguel de Cervantes de Literatura, la más alta distinción de las letras hispanas, y mereció ser investido como Doctor Honoris Causa en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de La Habana. También enumera el merecimiento de premios internacionales como Cino de Duca y Alfonso Reyes, y la traducción de la obra de Alejo múltiples veces en varios idiomas.
ACTO CENTRAL Y SÁBADO DEL LIBRO
El acto central conmemorativo por el centenario de Carpentier tendrá lugar en la Plaza Ignacio Agramonte, de la Universidad de La Habana el próximo domingo 26, a las 8:30 p.m. Allí la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el maestro Manuel Duchesne Cuzán, ofrecerá una selección de la Sinfonía No. 3 (Eroica), de Beethoven, cuya partitura constituyó un elemento clave en la construcción por el novelista de su relato El acoso.
Por Cubavisión se comenzó a transmitir la serie de siete capítulos Oficio de hombre, que escrita por Tania Licea y dirigida por Elena del Valle, concluirá el 27 de diciembre y es uno de los homenajes de la TV Cubana al escritor.
En el próximo Sábado del Libro (Palacio del Segundo Cabo, 11:00 a.m.) se presentarán El acoso, El arpa y la sombra y Visión de América, títulos carpenterianos sobre los que disertarán Ana Cairo, Francisco López Sacha y Raúl Aguiar.
Lecciones de la imaginación
Por Sergio Ramírez
Ahora que celebramos este año el centenario del nacimiento de Alejo Carpentier, que se cumple en el mes de diciembre, no puedo sino pensar en él como el padre fundador de la imaginación mágica en nuestra literatura, un aporte del Caribe al acervo de nuestra cultura hispanoamericana.
¿Dónde si no en el Caribe de Carpentier habría de aparecer Henri Christophe, el personaje de El reino de este mundo, antiguo cocinero de una fonda que peleó por la libertad de los esclavos y luego inventó el trono de Haití para coronarse rey? Un rey que llegó a tener poder de vida y muerte sobre sus súbditos, los antiguos esclavos que él mismo había liberado, después de pasar a cuchillo a los colonos franceses, y que bajo su férula volvían a ser lo mismo de siempre, esclavos. Una historia que no la magia, sino la realidad, sigue repitiendo incesantemente en Haití.
El rey Christopher hizo construir encima de las lejanas rocas de las cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière, cada bloque de piedras subido a lomo de sus súbditos esclavos, y en el palacio de cantera rosada de Sans Souci estableció su remedo de corte francesa con duques y marqueses que llevaban ahora las pelucas empolvadas de sus antiguos amos.
A las ventanas del palacio se asomaban damas coronadas de plumas, con el abundante pecho alzado por el talle demasiado alto de los vestidos de moda. En uno de los suntuosos salones ensayaba una orquesta de cámara. Los oficiales de casaca roja y bicornio, con espadas al cinto, parecían oficiales napoleónicos. ''Negras eran aquellas hermosas señoras, de firme nalgatorio, que ahora bailaban la rueda en torno a una fuente de tritones". Y aquel mundo maravilloso se vuelve inexplicable para Ti Noel, el antiguo esclavo, ya anciano, que lo está viendo todo con ojos de asombro, y sobre cuya espalda los capataces van a encajar pronto una piedra para que la lleve, uno más entre aquel hormiguero de esclavos, hasta la cumbre donde se construye la fortaleza de La Ferrière.
Cuánto tiene que ver la ambición de poder con estas fantasmagorías. Es que somos parte de una misma tramoya, imágenes del mismo juego de espejos. Una gran olla en la lumbre, donde hierven ambiciones y delirios. Y, otra vez, la vieja pregunta acerca de la realidad y la imaginación. En las páginas de su otra novela memorable, El siglo de las luces, suena el clarín de una batalla, la batalla por los derechos del hombre que encandilará la imaginación de ese héroe confuso que es Víctor Huges, comerciante de ultramarinos transfigurado en revolucionario.
La Revolución Francesa viene a proclamar la abolición de todos los privilegios reales, y los de casta, a anunciar algo tan peligroso y disolvente como la abolición de la esclavitud. Y Víctor Huges abolirá en Cayena y Guadalupe la esclavitud bajo el directorio, agente fiel de Robespierre, y la restablecerá sin parpadeos bajo el consulado, agente fiel de la restauración. Lo que importa es el poder, no su color.
Las palabras que llevan a la acción, y la acción que contradice las palabras. No hay conciliación posible. Lo alegórico para Carpentier es que las revoluciones son hechos históricos que desbordan la suerte de los personajes. Un péndulo que va y viene, de la luz hacia la oscuridad, repitiendo el mismo viaje desde siempre. El poder, que se vuelve contra los ideales. Las revoluciones que terminan en fracasos éticos, y devoran a sus propios hijos, como Saturno. Es una lección que todavía seguimos aprendiendo.
No libra Carpentier a las revoluciones de su sino trágico. Las revoluciones son deidades mudas, como la guillotina embozada que Víctor Huges trae a América desde Francia, y que navega en las aguas del Caribe sobre la cubierta de un barco que será luego un barco fantasma. Nadie puede librar su cabeza de ese péndulo con filo de guillotina que es el destino vestido con los ropajes del poder.
Ya hemos oído muchas necedades acerca del fin de la historia, y Carpentier no iba a ser quien se adelantara a proclamar esas necedades. ''Una revolución no se discute, se hace", proclama Víctor Huges. Pero para un novelista, que prueba no ser ingenuo, la repetición de la historia humana no termina con ninguna ideología, o con la imposición de un régimen político. Porque los seres humanos siguen siendo los mismos, nos advierte. Víctor Huges, el paladín de los ideales libertarios, termina cazando con perros de presa por los montes a los esclavos que él mismo había liberado.
Esta es una de las mejores lecciones de la imaginación, dictada por la inclemente realidad, que Carpentier, nuestro padre fundador, real y maravilloso, nos deja como perdurable herencia literaria.
San José, noviembre 2004.
Alejo Carpentier
Cubaliteraria
2004
Alejo Carpentier (26 de diciembre de 1904-24 de abril de 1980) no sólo es la figura cimera de la novelística cubana sino también uno de los más releventes escritores de la lengua española en la presente centuria.
Su obra narrativa posterior a ¡Ecué-Yamba-O! (1933) y Viaje a la semilla (1944), está conformada por El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953), El acoso (1956), Guerra del tiempo (1958), El siglo de las luces (1962), El derecho de asilo (1972), El recurso del método (1974), La consagración de la primavera (1978) y El arpa y la sombra (1979), ha sido traducida a todas las lenguas modernas y ganado un reconocimiento general, lo cual se puede apreciar en la enorme cantidad de trabajos —incluso libros— que ha suscitado en numerosos países, parte de los cuales aparecen en la Recopilación de textos sobre Alejo Carpentier (Serie Valoración Múltiple) que , con compilación y prólogo de Salvador Arias, publicó Casa de las Américas en 1977.
Su bibliografía activa en libros se complementa con varios ensayos que hace tiempo constituyen piezas antológicas de obligada consulta para críticos e investigadores. Entre ellos La música en Cuba (1946), Tientos y diferencias (1964) y La ciudad de las columnas (1970).
También es de destacar su extensa producción periodística, en particular su labor en el diario El Nacional de Caracas —alrededor de cuatro mil artículos de literatura, música y arte universal, publicados en su leída colección Letra y Solfa—, así como las más altas distinciones literarias cubanas y de otros países que le fueron conferidas, entre ellas el Premio Miguel de Cervantes correspondiente a 1978.
Mas sobre carpentier :
http://www.casadelasamericas.com/
TAMBIÉN CARPENTIER, DESDE SU OBRA, SE OPONE A LA GUERRA
Por Madeleine Rodríguez Pernas
La Habana, 13 nov (AIN) En el conjunto de trabajos periodísticos que tituló España bajo las bombas, el escritor cubano Alejo Carpentier expresó su repudio a las contiendas bélicas, manifestó hoy la ensayista Graziella Pogolotti.
Las declaraciones de la prestigiosa intelectual se produjeron durante la presentación de Crónicas de España (1925-1937), volumen del más universal de los narradores de la Isla publicado por la editorial Letras Cubanas, y al cual estuvo dedicado el espacio de El Sábado del Libro de esta semana.
Siento que estos textos, escritos al calor de la impresión inmediata que causó en Alejo la Guerra Civil Española, trascienden su momento y permanecen vivos en la actualidad, remitiendo al lector a cualquier estado de opresión y de represión violenta que haya en el mundo, afirmó Pogolotti.
Más adelante hizo énfasis en que "España bajo las bombas también puede evocar, sugerir, situarse en el presente de realidades semejantes, de guerra, terror, dolor y sufrimiento ejercidos contra civiles y ciudades inermes (...) pero también es una metáfora de la resistencia".
La puesta en circulación de Crónicas de España (1925-1937) se inserta entre los acontecimientos culturales dedicados a celebrar el centenario del natalicio del artífice de obras claves de la literatura hispanoamericana de finales del pasado milenio, como La consagración de la primavera y El reino de este mundo.
El título que hoy recabó la atención de los asistentes a la habitual tertulia sabatina del Palacio del Segundo Cabo es una novedad editorial en el país, pues sólo ha sido publicado con anterioridad por una editorial madrileña que lo dio a conocer,
en 1979, con la denominación original de Bajo el signo de Cibeles./2004