

Política Exterior Cubana : Dignidad y principios
CUBA, 5 de enero de 2009.- Pasar revista a la actividad internacional de la Revolución Cubana resulta un empeño inseparable del contexto político, económico y social en que el propio proceso, triunfante en enero de 1959, ha debido desempeñarse.
La gran contradicción histórica entre las clases reaccionarias norteamericanas y la cercana Isla, calificada incluso por algunos exponentes del Imperio como “sedimento del Mississippi” en su afán de incluirla a toda costa bajo la férula de la Casa Blanca, no ha dejado de marcar el desempeño exterior de un movimiento liberador, patriótico, independiente e internacionalista. La gran prueba de fuego del ejercicio global de Cuba en los últimos cinco decenios ha sido, precisamente, enfrentar, contener e imponerse a la voracidad y la agresividad de la potencia capitalista más poderosa del orbe.
En la espiral
Si acatamos el sabio principio de que la historia no se mueve en línea recta, sino como un resorte donde altas y bajas suelen alternarse, con sus alegrías y desdichas para nuestra compleja especie, vale afirmar que la Cuba surgida luego de enero de 1959 ha estado en el epicentro de muchas imaginarias curvaturas… pero nunca asolada por la angustia, el abatimiento o la rendición.
¿Qué era el planeta a finales de los 50 de la pasada centuria? Sencillamente, un lago marcado por la Guerra Fría impuesta por Washington a la humanidad frente al “peligro rojo” que emanaba de las hoy desaparecidas Unión Soviética y Europa del Este. Cuanto acontecía giraba mayoritariamente en torno a ese eje.
Fue esta etapa un largo, peligroso y costoso lapso que pareció concluir con la disolución del llamado “socialismo real” y los cánticos de pretendida eternización capitalista, pero que no pudo conjurar un posterior reverdecimiento de nuevas hornadas revolucionarias y progresistas.
Y en medio de aquella contradicción fundamental entre grandes polos contrapuestos, la humanidad sufrió y enfrentó la existencia de naciones colonialistas y colonizadas; de una brutal carrera armamentista; de la política hegemónica destinada a ganar áreas de influencia, muchas veces mediante las llamadas “guerras locales” y “conflictos de baja intensidad” ejecutados por la rapiña imperial; y del estímulo a dictaduras y oligarquías como instrumentos para intentar preservar el aherrojamiento impuesto por los intereses foráneos.
En nada ajena a esos avatares, y contra el insoportable peso de un sangriento régimen proimperial garante del injerencismo de Washington en la Isla, es que irrumpe la Revolución Cubana en el escenario regional y global, como expresión, junto a otras manifestaciones de avanzada, de una necesidad ingente de cambios fundamentales. Fue y ha sido el modesto aporte del pueblo cubano al esfuerzo por elevar la espiral de la historia a planos positivos.
De manera que a lo largo de estas cinco décadas, la batalla mundial entre poderosos, explotadores, y excluyentes; y aquellos que impulsan la independencia, el bienestar y los derechos clave de los pueblos, cobró niveles inusitados... y no se detiene.
En dicho lapso numerosas naciones en África, donde resultó clave el apoyo internacionalista cubano, dejaron atrás el coloniaje y lanzaron por tierra a regímenes racistas apoyados por Washington.
Mientras en Asia, victorias contra las agresiones militares directas de la Casa Blanca como las de los pueblos de Corea, a inicios de los 50, y Vietnam, a mediados de los 70, o el afianzamiento y ejemplar desarrollo de la República Popular China, resultaron y resultan trascendentes estímulos al avance del movimiento popular en el mundo.
América Latina, por su parte, vio el temprano desarrollo de movimientos guerrilleros que aún persisten en zonas como Colombia; asistió a esfuerzos de cambios no violentos frustrados por la vesania interna y externa, como en el Chile de Salvador Allende; atravesó la larga noche de las dictaduras militares con su secuela de decenas de miles de muertos y desaparecidos; vio extenderse la miseria bajo la soga neoliberal, y logró arribar a un presente donde la voluntad de las masas y la incapacidad de las políticas imperialistas impulsaron la eclosión de gobiernos de izquierda que están renovando el paisaje político regional.
De manera que el golpe que supuso para el movimiento revolucionario mundial la disolución de la URSS y del modelo socialista en Europa del Este a finales del siglo XX, terminó convertido en un acicate para la búsqueda de nuevos derroteros, para la identificación con las verdaderas esencias socialistas, y puso en evidencia, una vez más, que el sistema imperial nunca ha constituido una alternativa de justicia y una respuesta cabal a las aspiraciones de las mayorías.
Mientras, Washington, encabezado en los últimos ocho años por la más obcecada ultraderecha, solo ha brindado al planeta guerras petroleras disfrazadas de antiterrorismo, como los pantanos militares en Afganistán e Iraq, y formularios políticos y económicos para perpetuar su dominio y saqueo universales.
Programas contrahechos que han conducido al sistema imperial a estas horas de crisis en sus polos esenciales, donde la irresponsabilidad y la incapacidad oficiales, y el apego a los afanes de ganancia ilimitada de especuladores, traficantes y negociantes de toda laya, provocan una recesión económica globalizada en la cual los más pobres pagarán la mayoría de los platos rotos.
No obstante, la humanidad parece confirmar, en especial en estas últimas cinco décadas, que de las grandes hecatombes suelen provenir también las grandes soluciones, y es de desear que el hombre no requiera otro medio siglo de brumas políticas, económicas y sociales para salir definitivamente al sol.
La Isla nunca ajena
Una línea de principios es el riel sobre el que se ha movido y se mueve la política exterior de la mayor de las Antillas al influjo de la Revolución. Como la nueva patria nació agredida y bloqueada casi desde los mismos albores de su liberación definitiva, la defensa de la integridad nacional y de los derechos del pueblo ha sido prioritaria.
En cada foro internacional, en cada gestión diplomática en los últimos cincuenta años, la denuncia a la hostilidad imperialista y el incentivo a la solidaridad con nuestra causa han resultado constantes en tan compleja ecuación. Las batallas en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) y en el resto del enjambre de entidades ligadas al dominio de los Estados Unidos sobre este hemisferio, marcaron toda una primera etapa, hasta la expulsión de Cuba del “ministerio de colonias yanqui”, los episodios de Playa Girón, la Crisis de los misiles de octubre de 1962 y el aislamiento oficial a que fue sometida la mayor de las Antillas en la región, con la honrosa excepción de México y Canadá.
La proclamación del carácter socialista de la Revolución y los crecientes vínculos con la Unión Soviética y el entonces campo socialista europeo, marcan otro escalón en la actividad exterior cubana. De aquella parte del mundo recibió Cuba una estrecha solidaridad, e incluso llegó a integrarse al desparecido Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), entidad impulsora de la producción material y el comercio coordinado entre las naciones socialistas que la integraban.
No obstante tales lazos, La Habana avanzó sensiblemente en sus vínculos con el resto del orbe, en el entendido martiano de que “patria es humanidad”.
Jamás en la agenda de la Revolución Cubana dejaron de estar sus hermanos oprimidos. La mayor de las Antillas fue fundadora del Movimiento de Países No Alineados, agrupación que ha presidido en dos ocasiones; promotora de la Tricontinental, llamada a consolidar la convergencia y coordinación de los movimientos revolucionarios de Asia, África y América Latina; e impulsora además de las Cumbres Sur-Sur para el desarrollo económico y social de nuestras tierras.
El internacionalismo tercermundista se ejerció desde los primeros minutos del poder revolucionario, desde la batalla por consolidar la independencia de Argelia a inicios de la década de los 60, el apoyo concreto a los movimientos de liberación latinoamericanos, o el enfrentamiento al desboque sionista en el Oriente Medio, hasta las decisivas gestas por la liberación de numerosas naciones africanas y el descalabro del régimen del apartheid.
En este hemisferio, el contacto estrecho con los representantes de los pueblos sustituyó por muchos años el aislamiento acatado por los cipayos del Norte, hasta que cambios políticos en el área asumieron la realidad de una Revolución y un país inclaudicable.
Desde entonces Cuba participa activamente, y desde su surgimiento, en las Cumbres Iberoamericanas; es miembro de entidades para la integración regional; promueve importantes lazos bilaterales con el Caribe anglófono y francófono; y hace apenas unas semanas fue admitida como miembro pleno en el Grupo de Río, destinado a la consulta y concertación política en la zona.
Es el fruto de un latinoamericanismo imbatible que tiene sus raíces en el ejemplo de Simón Bolívar, la prédica de José Martí, la gesta de Ernesto Che Guevara y sus compañeros de guerrilla, y la conducción de Fidel.
Como recordaba el veterano diplomático cubano Carlos Lechuga al recibir en febrero último el título de Doctor Honoris Causa del Instituto Superior de Relaciones Exteriores (ISRI) ya “a los cinco meses de bajar de la Sierra Maestra, Fidel Castro viajó a Buenos Aires para asistir a una reunión del llamado Comité de los 21 de la Organización de Estados Americanos y propuso que para lograr el desarrollo económico de América Latina era necesario un financiamiento de 30 mil millones de dólares en un plazo de diez años...” Era tal vez el primer ejercicio diplomático que a favor de nuestras naciones asumía la Revolución a escala hemisférica.
Cuba también ha estado presente en la lucha por la salud, la educación y el bienestar de sus hermanos del Tercer Mundo.
Decenas de miles de especialistas de la mayor de las Antillas han prestado y prestan sus servicios en los más disímiles puntos de la geografía global, al tiempo que en instituciones de la Isla, como sus universidades, la Escuela Latinoamericana de Medicina o la Internacional de Educación Física, se han formado y se forman profesionales de todas las latitudes. Por añadidura, nuestro país es puntal en programas que ya acumulan impresionantes logros, como el Yo, sí puedo, para alfabetizar masivamente mediante avanzados métodos de aprendizaje, o la Operación Milagro, para devolver la vista a latinoamericanos y caribeños sin recursos.
La Isla forma parte además de proyectos emancipadores y favorecedores de un desarrollo unido y liberador de los pueblos latinoamericanos como el ALBA, Petrocaribe, Telesur, y otras muchas iniciativas nacidas al calor del despertar popular de la zona.
Contra el mal
Tema esencial de la política exterior revolucionaria ha sido, como ya apuntábamos, la defensa de los intereses y la integridad nacionales frente a la redoblada agresividad de Washington.
Quedarán en mayúscula en las páginas del combate diplomático revolucionario, los enfrentamientos a la falacia de la Casa Blanca en la desaparecida y desprestigiada Comisión de Derechos Humanos, en Ginebra, y los atronadores triunfos políticos cubanos en la Asamblea General de la ONU en las hasta ahora 17 ocasiones en que ese importante organismo global ha condenado abrumadoramente el bloqueo de Washington contra nuestro país.
Cuba suma además una línea vertical en la denuncia al terrorismo, del que ha sido víctima más de una vez con saldos brutales para nuestro pueblo. Fue de las primeras naciones en rechazar los atentados del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos, con la misma firmeza y responsabilidad con la que se opuso al oportunismo belicista del hoy saliente Gobierno de George W. Bush. Y es que la Isla ostenta con orgullo el raro privilegio, en todos estos años, de ser de los contados países con voz y criterios propios como para proclamar sus principios sin cortapisas, y llamar a las cosas por su nombre en cada tribuna a la que ha acudido y acude.
Privilegio que le hace gozar, para duelo de sus enemigos, de un reconocimiento mundial que se traduce en relaciones diplomáticas con 180 países. En ese sentido dispone actualmente de 143 misiones en 116 Estados, de ellas, 113 Embajadas, una Sección de Intereses, dos Consulados Generales, 19 Consulados, cuatro Oficinas Diplomáticas y cuatro Representaciones ante Organismos Internacionales, según refleja el sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex).
La misma fuente proclama que “la política exterior de Cuba se adhiere a los principios básicos del Derecho Internacional: el respeto a la soberanía, la independencia y la integridad territorial de los Estados; la autodeterminación de los pueblos; la igualdad de los Estados y los pueblos; el rechazo a la injerencia en los asuntos internos de otros Estados; el derecho a la cooperación internacional en beneficio e interés mutuo y equitativo; las relaciones pacíficas entre los Estados, y demás preceptos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas”.
Y prosigue: “Columnas vertebrales de la política exterior cubana son el internacionalismo, el antimperialismo, la solidaridad y la unidad entre los países del Tercer Mundo.
“Cuba condena toda práctica hegemonista, injerencista y discriminatoria en las relaciones internacionales, así como la amenaza o el uso de la fuerza, la adopción de medidas coercitivas unilaterales, la agresión y cualquier forma de terrorismo, incluyendo el terrorismo de Estado.”
Esa, y no otra, es la diplomacia de una genuina Revolución. (Cubaminrex-Bohemia)