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INIFAT: El huerto cumple cien años

El más antiguo centro de investigaciones agrícolas del país desborda su ciencia hasta lo más recóndito del país

Por: TONI PRADAS

Bohemia
Mayo 2004


Bucólico, apacible, el vergel llega a su primera centuria. La brisa hace sentir más suave al sol que se desparrama sobre los leñosos árboles y las 700 mil especies de los cinco continentes, hincados desde décadas atrás para saciar los antojos de la curiosidad y como templo de la naturaleza.

Renqueando la naciente República, nació allí, en 1904, la Estación Central Agronómica en Santiago de las Vegas, a 25 kilómetros de la médula de la capital del país. Hasta poco tiempo atrás sus edificios albergaban a los soldados españoles mientras se aclimataban en la Isla, y una escuela de oficios hacía útiles a niños huérfanos. Sin embargo, al llegar el nuevo siglo la agricultura cubana se encontraba avasallada por la explotación perpetuada de los suelos y el monocultivo, y se necesitaba una institución que, tal como un caballero medieval, viniera a salvarla.

La estación, la más antigua de su tipo en el país, apenas tuvo precedentes científicos. Creaciones como el Instituto de Investigaciones Químicas en 1848, el Observatorio Físico Meteorológico en 1856 y la Real Academia de Ciencias Medicas, Físicas y Naturales de La Habana en 1861 (primera en América) eran su casta. Pero, en honor a la verdad, haberse gestado la Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas -como poco tiempo después se renombró- casi fue la única virtud del estreno del siglo XX.

Una amarga realidad le dio el derecho de nacer: la Estación debía calzar el próspero negocio de la producción azucarera y otros negocios agrícolas en Cuba, ya en manos norteamericanas como resultado de la intervención militar de ese país. Los de allá, sin sudar, lograron apropiarse de enormes extensiones de tierras agrícolas a precios ridículamente bajos, hasta de un dólar por acre.

Desde aquellos primeros años, sus tierras erigieron plantaciones resistentes y hombres progresistas. Una cadena de sabios descubría el inexplorado país y con paciencia describía su virginal flora y su entomología agrícola. Los nombres anchan su historia: Juan Tomás Roig y Mesa, Julián Acuña Galé, el italiano Mario Calvino, el norteamericano Stephen Cole Bruner, Patricio Cardín y Gonzalo Martínez Fortún, entre otros.

Juan Tomás Roig encabeza la larga lista de científicos que han dado brillo al centenario centro

Roig, junto a Acuña, acumuló una vasta obra de estudio e inventario. Su Diccionario de Plantas Medicinales Cubanas constituye, aún hoy, una referencia invalorable para los estudios etnobotánicos. Fortún, por su parte, salvó a la industria azucarera nacional tras estudiar la enfermedad Mosaico de la caña. Junto a otros colegas consiguió decenas de variedades de la gramínea, entre ellas seis yemas de la POJ-2878 pagadas de su bolsillo, y de las cuales logró salvar cuatro que luego se multiplicaron y distribuyeron masivamente por su resistencia al mal y superiores rendimientos. Bajo su guía se recuperó la variedad de semilla havanensis, base genética del tabaco negro de Cuba, ya depauperado en 1913.

La Revolución de 1959 heredó semejante orgullo. Promotora de las ciencias y del desarrollo agrícola, creó las bases para aprovechar al máximo los resultados del centro, dedicados a la Agronomía, Genética y Fisiología Vegetal. En 1974 modernizó sus concepciones y la antigua estación se transformó en el actual Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical Alejandro de Humboldt (INIFAT), entidad que ha logrado un potencial científico de 48 doctores y 27 masters en Ciencias.

Sus investigadores hoy gozan de un merecido prestigio internacional y la comunidad científica les reconoce entre sus resultados más significativos, la obtención de 52 variedades de hortalizas y granos por diferentes métodos, el desarrollo de tecnologías para la producción de semillas, estudios de enfermedades y plagas de mucha importancia para los cultivos económicos y determinación de métodos para su enfrentamiento. También el desarrollo de tecnologías de fabricación y aplicación de biofertilizantes y bioestimuladores.

Sin embargo, nunca antes extendieron la ciencia hasta el productor, o mejor, hasta la población, como hoy. Desde mediados de la década de 1990, el INIFAT comenzó a investigar y desarrollar la agricultura urbana para la producción de alimentos, justo en este país donde el 75 por ciento de sus habitantes viven urbanizados. Decenas de miles de universitarios y técnicos de nivel medio están incorporados al movimiento que estimula este tipo de agricultura.

Y es precisamente el doctor Adolfo Rodríguez Nodals, director de este Instituto, afiliado al Ministerio de la Agricultura, quien se ha convertido en el principal entusiasta del nuevo método en las ciudades y sus periferias. La agricultura urbana también se extiende a otros países del Caribe con empeño colaboracionista.

Es decir, si cien años atrás los padres fundadores llevaban la flora a sus laboratorios para estudiarla, hoy estos se desbordan hacia todos los confines. Igual de bucólico. Igual de apacible.