Por Magda Resik Aguirre
Cuando se menciona a La Habana ¿qué le sugiere ese santo y seña al Historiador?
En el sentido etimológico de la palabra, después de muchas elucubraciones,
mi predecesor Emilio Roig de Leuchsenring asumió la hipótesis
de Genaro Artiles, el gran polígrafo español, quien vino a Cuba
durante los años terribles de la guerra civil y llegó a la conclusión
de que Habana tenía que ver directamente con el nombre de Habaguanex,
el cacique o jefe comarcano aborigen, hallado aquí por los conquistadores
en su avance al occidente de Cuba.
Y no así Haven, como algunos querían acuñar por la existencia
en la corte española de la época de tal cantidad de flamencos
y de gentes de los Países Bajos, que así hizo pensar en la asimilación
de ese término germano-holandés que significa puerto o fondeadero.
De ello no hay una sola evidencia, palabra escrita, carta náutica donde
aparezca referido. Sin embargo, sí aparece San Cristóbal, el
pueblo viejo y frente a él, al Norte, La Habana. Ahí está
la clave: existieron al menos dos ciudades históricas, de una parte
la Villa original fundada y después, posteriormente, la que se traslada
del sur al norte, donde queda definitivamente emplazada. Se acepta por lo
común, que el asentamiento definitivo fue en el año 1519, a
partir de un padrón de piedra que el propio Roig mandó a retirar
de la columna de El Templete, ante el peligro de que se borrase para siempre,
pero que aparece fotografiada en obras tan célebres como “Cuba
monumental, estatuaria y epigráfica” del Dr. Eugenio Sánchez
de Fuentes y Peláez y luego la encontramos en el primer tomo de la
obra de Emilito: “La Habana. Apuntes históricos.”
Al regreso de alguno de sus viajes a otros sitios de la Isla y del mundo ¿cómo
se le revela su ciudad?
La Habana es para todos nosotros, y también para mí, un espacio
muy grande en la memoria. Ella misma es un trozo de la memoria de Cuba, de
América y del mundo. ¡Tantas cosas han pasado en esta ciudad!
¡Es tan bello su urbanismo, está tan bien trazado su diseño
de cara al mar! Es también una urbe que por una serie de azares ha
conservado como otras europeas, al estilo de Praga, las diversas épocas
arquitectónicas.
Aquí puedes ver una Habana del pre-barroco, con los bellos edificios
que conocemos del siglo XVII; La Habana del XVIII con su Plaza de la Catedral,
la de Armas, la de San Francisco, la ciudad amurallada, la ciudad neoclásica,
que es todo San Rafael, el ambiente precioso de El Prado, el eclecticismo
de Centro Habana y El Vedado, revelador de una impronta del neoclasicismo,
que quizás nos dejó uno de los barrios más completos
y mejor trazados.
En otros sitios ese pasado ya no está. De ahí que nosotros no
tengamos una mirada nostálgica sobre la ciudad, sino una mirada activa,
de participación, al dedicarnos a conservar los rasgos de su identidad.
No me interesa La Habana como una señora ya mayor que se coloca una
peluca y se pintorretea. Me interesa esa Habana en la dignidad de sus años,
con la belleza del tiempo, con el encanto del orgullo de sí misma.
Debemos recuperar al máximo ese atildamiento de La Habana. Observo
con admiración cómo en otras localidades de Cuba - donde quizás
tienen una dimensión menor los desafíos que aquí son
enormes -, se evidencia una preocupación generalizada por el pueblo
o la ciudad. Muchos trabajamos cada día y soñamos con alcanzarlo
aquí a todos los niveles y con la cooperación consciente de
la comunidad que habita la que se titula, en honor a la verdad, capital de
todos los cubanos.
El habanero que vive su ciudad todos los días ¿qué más
debe hacer por ella?
Si tengo alguna autoridad para referirme al tema, es moral. Nuestros conciudadanos,
todos los que han hallado cobija, casa, techo, espacio en esta urbe - pues
la condición de habanero no se gana solamente por haber nacido aquí,
la patria no es sólo donde se nace, es también donde se lucha
-, bien deben dedicarle un poco de su pensamiento y sobe todo, de sus obras
diarias, a la ciudad. Debemos preocuparnos por sus jardines, sus áreas
verdes, sus calles, sus monumentos, sus plazas… no sólo por las
que ya fueron levantadas, sino por las que todavía hay que erigir.
El tiempo no ha terminado, no se ha detenido. La ciudad posee una dinámica
y no podemos resolver este problema con conciliábulos tristones y melancólicos
sobre el pasado. Para mí el pasado es un punto de partida, una referencia
hacia el futuro.
Alguien tan consagrado a la salvaguarda de nuestro patrimonio, ¿dónde
se duele con más fuerza cuando atentan contra su integridad?
Cuando
se desconoce el valor del patrimonio como activo moral. Otros atesoraron y
ahorraron para nosotros hasta ayer. A nosotros nos corresponde hacerlo ahora
para los que han de venir mañana. Ese concepto de acumulación
ha creado a la ciudad, que es una invención de las personas cuyas referencias
y razones afectivas deciden plasmarlas en piedras, en espacios, en ambientes…
y en la vida cotidiana, en sus relaciones de amistad, en los lugares que frecuentan.
Me duele muchísimo cuando se descuida ese extenso patrimonio. Y ese
atentado se expresa hasta en los más mínimos gestos. Por ejemplo,
cuando veo que desde un automóvil, alguien baja un cristal y tira una
lata vacía a la calle, me resulta un acto de barbarie, digno del peor
castigo, o cuando alguien camina sobre el césped de un hermoso jardín,
como veo a muchos por la mañana dando vueltas sobre el vergel del monumento
a Máximo Gómez, me parece sencillamente un ultraje. Muchos han
trabajado y trabajan para plantar y no merecen eso.
Sin embargo, me fascina que el sábado o el domingo cientos de personas
se sienten en los jardines del Castillo de la Fuerza y coloquen hasta un mantel
para merendar de cara a la bahía tras una jornada de disfrute y contemplación
de la ciudad. Ese lugar les pertenece y si al terminar recogen los desperdicios
y los colocan en un basurerito, la emoción es mayor. De lo contrario
sería ese un lugar inhóspito, feo, desagradable y habría
sido vano el trabajo de quienes durante toda la semana, trabajamos puliendo,
limpiando, recogiendo y volvemos insistentemente a plantar.
¿Cuál debe ser el papel del Historiador en nuestras municipalidades?
Los municipios deben preocuparse por tener a alguien que conserve la memoria,
que vaya la secretaría del Consejo de la Administración y pida
las actas, no solamente como algo que esté sujeto a una auditoría,
sino también como algo que está sujeto a la memoria. Se necesita
a alguien que dé conferencias, que explique, que enseñe cuáles
son las casas importantes de Centro Habana, Regla, Guanabacoa… en Güira,
en Melena, en Alquízar, en Güines y en cualquier lugar donde alguien
reciba esa misión.
Por lo general hay historiadores natos. Hombres y mujeres que han sido durante
largos años defensores de ese valioso legado y que las personas reconocen
como tales. Es muy bonito cuando la autoridad pública consagra lo que
la autoridad del pueblo definió. No se trata de designar un funcionario,
sino de buscar a alguien que con amor, conserve y propugne, explique y auxilie.
Sin la cultura o prescindiendo de ella, toda acción de gobierno es
fatídica. Es el historiador el que tiene presente conmemorar la fecha
de nacimiento del pueblo o de las grandes figuras, o se preocupa activamente
por los familiares de los héroes, de las personalidades, de los grandes
maestros… no sólo por pagar una deuda de gratitud, sino para
dar un ejemplo público que sigan las generaciones futuras.
Es además, un educador; siempre preocupado por el valor de los objetos
y el sentido de las cosas, no porque crea como el Rey Midas que todo lo que
toca lo convierte en oro. Hoy el historiador tiene otras funciones. En el
caso nuestro ejercemos una función activa en la preservación
del patrimonio, en la restauración y no abandonamos las tareas de solidaridad,
tan humanas y las misiones administrativas, buscando que sea una responsabilidad
atractiva y nada cargosa, porque no hay cosa peor que un historiador aburrido.
¿En qué podríamos diferenciar al proyecto de restauración
que asume La Habana en su Centro Histórico, respecto a otros modelos
de rehabilitación del mundo?
Se llegó a la conclusión de que en países como los nuestros
no se puede obviar, ni soslayar que el desarrollo social y comunitario debe
marchar al unísono con un proyecto de restauración. Venimos
de una experiencia fallida, hasta en países de grandes recursos, donde
la restauración trajo consigo una desertización de la ciudad,
una sobre valoración de los predios, una transformación de la
urbe habitada en espacio comercial. Otro fenómeno se ha dado en Latinoamérica
donde las clases que una vez abandonaron a su suerte la ciudad histórica,
vuelven a ella cuando un grupo de personas la rehabilitan o la ponen en valor
y la transforman entonces en un coto privilegiado.
El proyecto de La Habana es una proposición de buen gobierno, un proyecto
social, una muestra de que es posible esa compatibilidad entre la vida de
lo que podíamos llamar la alta cultura, que es también la cultura
popular, la cultura del vivir y del cohabitar con el mundo, con la arquitectura
monumental, con la salvaguarda de la memoria y los grandes desafíos
de la vida contemporánea, enfrentándonos con soluciones a incógnitas
como las del transporte urbano, la peatonalización, tan discutida,
porque la ciudad moderna es la del automóvil. Como muchas veces he
escuchado decir: ¿qué sería del mundo si cada chino quisiese
tener un automóvil?
Hay que remeditar la ciudad contemporánea y en ese proceso de replanteamiento
son muchos los desafíos, en muy diversas materias. Por eso la restauración
es un ejercicio interdisciplinario. Nunca podrían llevarlo adelante
solos, el historiador y el arquitecto, porque es una cuestión jurídica,
donde interviene el tema de la propiedad y del usufructo, del espacio común,
del derecho de un tercero; están desafíos como el ecológico:
la ciudad y la naturaleza, el medioambiente, cómo recoger los desechos
urbanos sin contaminar, o el de la conservación sistemática
porque no puede dejarse todo para el final.
Cuidemos, arreglemos, actuemos continuamente en esta dirección para
que la ciudad se conserve. Es más barato conservar que construir, aunque
siempre es necesario construir. Es muy importante conservar porque llega un
momento en que pesa más sobre las espaldas públicas la ruina
que lo que se pueda hacer.
Y a los que frecuentan constantemente esa poética del deterioro de
la ciudad ¿qué les diría?
Ese discurso poético resulta agradable sólo por un instante. Yo mismo uso a veces una hipérbole y hablo del velo que cubre la ciudad y comienza a rasgarse por aquí o por allá con una obra restauradora, con una renovación… Pero no se puede abusar de esa imagen - desde lugares cómodos generalmente -, tratando de sacarle partido hasta político a todo eso, con sentido avieso.
Hay quienes ponen en duda que el bloqueo económico y financiero impuesto por sucesivos gobiernos norteamericanos a Cuba, constituye un elemento retardatario a la hora de enfrentar los procesos de rehabilitación. ¿Cuál es su postura?
El bloqueo es cosa objetiva y grave, que pesa sobre todos nosotros y pesa también sobre la ciudad. Cuando se evalúan los daños provocados por un ciclón como el Charley y se habla de pérdidas por concepto de mil millones, los cubanos sabemos muy bien que no disponemos de fondos inmediatos en carácter de préstamo de un organismo financiero internacional para subsanar los daños y que no poseemos esa alta liquidez, pues nuestra economía debe desarrollarse en condiciones muy difíciles. Pienso en pequeños pueblos como Artemisa, Guanajay, Bauta, Baracoa… que pueden ver dañada su identidad tras un huracán y no podemos volver la casita de madera, que era lo pintoresco, allí donde lo humilde se convierte en un signo de identidad.
El país tiene que buscar sus propios remedios y curar las heridas.
Considero al historiador y al que cuida del patrimonio, y ve cómo se
pierde irremediablemente, sin esperanzas de restituirlo. Entonces el bloqueo,
sí, porque los cubanos que tienen hoy como parte de su economía,
por ejemplo, las remesas que llegan de Estados Unidos - un fenómeno
del mundo contemporáneo, una realidad latinoamericana porque en México,
por ejemplo, las remesas familiares superan en monto a la producción
petrolera- que constituyen un derecho de los emigrantes hacia su familia,
están conculcadas por las leyes norteamericanas– anticubanas.
Cuba no puede aspirar, la Oficina del Historiador no puede recibir dinero
para la restauración de organismos internacionales que Estados Unidos
controla. El gobierno de ese país bloquea cualquier esfuerzo de Naciones
Unidas, de la UNESCO, desde su regreso a la institución, impide que
fondos de organismos y bancos internacionales que tienen capítulos
dedicados a la preservación del patrimonio se puedan convertir en préstamos
a favor de Cuba o estimulan medidas opresivas como cuando los países
de la Unión Europea sancionan a la Isla, y entonces entre las primeras
penalidades vienen aquellas que recaen sobre los procesos de restauración,
tratando de infringir una herida en algo que supone una contribución
a lo más preciado y a lo más profundo del país. Porque
no solamente de pan vive el hombre, vive también de dignidad y de su
memoria.
El bloqueo sí ejerce un papel real al no poder contar con la cooperación
de instituciones internacionales y mucho menos de los propios Estados Unidos
a pesar de que compartimos un legado histórico real, en el deporte,
la música, la cultura… Aquí han estado sus grandes escritores,
nuestros artistas han estado allá, nuestros revolucionarios. Allá
están los santos lugares a donde llegaron los independentistas cubanos
encabezados por José Martí, en Tampa y Cayo Hueso. Allá
está la historia del Partido Revolucionario Cubano y han luchado compatriotas
de muchas generaciones, incluso por conservar esos lugares que le pertenecen
a la memoria de Cuba.
Restaurar en Cuba supone un esfuerzo enorme donde quiera que se realice un
esfuerzo rehabilitador, en La Habana, Trinidad, Camagüey, Santiago…
y por lo tanto, es obra de un mérito mayor.
¿Se ha apropiado de los versos de algún poeta para cantarle
a La Habana o el Historiador ha desarrollado su propia ars poética
de la ciudad?
El poeta es Ángel Augier, a quien debo mucho por su amistad con Emilio
Roig y por su papel de cronista de este aspecto de la vida de La Habana. Él
publicó un maravilloso volumen consagrado a la poesía habanera
y ahí aparecen muchos de los versos con los cuales los poetas le han
cantado a La Habana, desde los orígenes hasta hoy. Es un poema que
no se detiene.
Me gusta esa bella composición de Silvio Rodríguez: “…tú
me recuerdas el Prado de los soñadores”… “amor a
La Habana”. Está la literatura martiana, que le reserva un espacio
hermoso a esta Villa en los Versos Sencillos y recuerda a los valientes habaneros
en aquella noche terrible de los acontecimientos revolucionarios del 68.
Existe una poesía de La Habana y la trova habanera paga un gran tributo
a la memoria de la vida real de sus pobladores, a su encarnación en
cada familia, en cada espacio, en todos nosotros y en su monumentalidad misma.
He escrito muy pocos versos y los considero deleznables, pero sí quise
titular a los dos volúmenes de retratos que hice de mis grandes compañeros
generacionales y de grandes momentos de la historia en que me tocó
decir: “Poesía y Palabra”, no porque allí estuviese
encarnado en versos lo que he sentido y pensado sino porque la poesía
aparecía como parte de la palabra misma. Sólo con sentido racional
y matemático las cosas no caminan. ¡Ay de nosotros si no estuviésemos
amparados por la poesía! ¡Pobre de este pueblo si no hubiese
estado alentado por un gran poema, un gran canto de gesta, una poesía
interior, para poder librar su gran desafío!
Si un día le perdemos el rastro ¿en qué sitio de la ciudad
encontraríamos a Eusebio Leal?
Probablemente estaría en el patio al que he regresado durante cuarenta
y cinco años, casi todos los días, el del otrora Palacio de
los Capitanes Generales, donde mi predecesor y maestro fundó el Museo
de la Ciudad y donde se guardaron durante siglos los papeles de La Habana.
Bajo esa construcción están las ruinas de otra edificación
y debajo de ella encontramos los vestigios de la comunidad primitiva, su alfarería
rota, sus caracoles tallados…
Cerca de allí está el árbol sagrado, que por supuesto,
ya no es el mismo. El primigenio también se fue una y otra vez. Los
habaneros volvieron siempre y sembraron otro en el mismo lugar. Asistí
a la plantación de la ceiba actual quizás sobrecogido por su
simbolismo, porque esta ciudad, hace cuatrocientos ochenta y cinco años
nació bajo un árbol, lo cual quiere decir que La Habana y sus
pobladores siguen creciendo al amparo de la naturaleza.