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Necrópolis Cristóbal Colón

Esa otra ciudad

Anett Ríos Jáuregui

Cuentan que siempre hay flores para Edith Piaf, Oscar Wilde y Jim Morrison en el cementerio Pére Lachaise, en París. Los visitantes caminan por la enorme necrópolis como si fuese otra ciudad, una ciudad dormida; siguen las rutas más populares llevando florecillas, recados, macetas con plantas, que luego colocan ante las tumbas de esos personajes que no conocen más que por su arte, sus historias o leyendas.

Por todo el mundo, desde La Chacarita, en Buenos Aires, donde descansa Carlos Gardel, hasta la tumba de Karl Marx en Londres, se repiten estos rituales de admiración y respeto. En el cementerio Cristóbal Colón, de La Habana, muchas personas visitan con devoción la tumba de quien popularmente se conoce como "La Milagrosa". Allí hacen sus votos y se marchan sin dar la espalda a la bóveda, para que se concedan sus pedidos.

A la entrada del cementerio, el Panteón de los emigrados revolucionarios, guarda los restos de los padres de José Martí.

La museóloga Teresita Aloy afirma que este es el mayor ritual popular en el camposanto habanero. Pero hay otras tumbas donde también se hallan rastros de visitas constantes. Por ejemplo, cuenta Aloy, encontramos flores en el monumento dedicado a Catalina Laza y Juan Pedro Baró, quizás como muestra de respeto ante un verdadero amor; también en los lugares donde yacen América Arias, Yarini, o Jeanette Ryder (destacada protectora de los animales en Cuba, cuya bóveda se conoce como la de la fidelidad, o "del perrito"). Señales que, según indica la especialista, descubren la identificación de los visitantes con historias y personajes.

Teresita Aloy y la licenciada Idania Rodríguez, responsable del Archivo en esta necrópolis, coinciden en definir el cementerio como un fragmento culturalmente vivo de la ciudad: cada año abre las puertas a grandes peregrinaciones en fechas históricas, y asimismo es escenario de ceremonias religiosas que demuestran la diversidad y riqueza cultural de nuestras tradiciones.

El de Colón es un cementerio activo que asume el 75% de los enterramientos y exhumaciones de la capital, de ahí su gran importancia social. Pero aunque fuese tan solo un museo (con bóvedas y panteones de ex presidentes, patriotas, artistas, científicos, mártires, y deportistas famosos), sus valores históricos, arquitectónicos y artísticos, seguirían siendo cultura viva, y asegurarían su significación en la vida habanera y nacional.

El Panteón de los Bomberos, uno de los monumentos más impresionantes en Colón.

En el año 2000 las licenciadas Aloy y Rodríguez decidieron llevar el cementerio a las escuelas. Suena un poco chocante, ¿verdad?, comentan ahora. Pretendían romper prejuicios en parte de la población, mostrar una noción de "visita" a la necrópolis que trascendiera su objeto mismo de existencia: inhumar y exhumar cuerpos. Podía ser vista como parte, y extensión, de la ciudad. Comenzaron con las escuelas más cercanas, a donde llevaron temas históricos, fotografías y pequeñas piezas de arte.

Nos interesaban los estudiantes, señalan, porque es más fácil educar a niños y adolescentes en una nueva visión del cementerio, y por qué no, de la muerte. Muchos adultos, explica Rodríguez, entran con rechazo y grandes supersticiones aquí, y los jóvenes pueden ayudar a romper esos esquemas. La experiencia comunitaria después pasó a algunas aulas de enseñanza tecnológica, universitaria e, incluso, han llegado a trabajar con el mismo personal de Colón para elevar su nivel cultural.

Idania Rodríguez piensa que uno de los mayores logros ha sido el número de visitas dirigidas solicitadas por estudiantes de diversos niveles de enseñanza. "Se acercan y nos piden recorridos con diferentes temáticas, buscan información para sus trabajos prácticos, o participan de manera entusiasta en nuestras convocatorias, por ejemplo en concursos". Los profesores de Historia, afirma, ya incluyen al cementerio en sus clases sobre la localidad.

Reconocida como una de las más importantes de América y del mundo, la necrópolis Cristóbal Colón, Monumento Nacional desde el año 1987, abarca un área de 56 hectáreas, donde se calculan aproximadamente dos millones de inhumados. Sobresalen en su arquitectura estilos como el Art Decó, neogótico, neoclásico, racionalismo, entre otros. Su patrimonio artístico incluye, además, de las edificaciones, un impresionante conjunto de esculturas y objetos mortuorios.

La estrategia para acercar estos valores a la población llevó a inaugurar en noviembre del 2003 una Sala de Arte Funerario en su entrada, con una exposición permanente de crucifijos, candelabros, esculturas, entre otras piezas. También se exhibe una muestra de los Libros de Enterramiento, parte del valioso fondo del Archivo (721 ejemplares en total), el cual resulta una enciclopedia histórica, sociológica y etnológica para los investigadores.

Como en cualquier urbe, a la entrada del cementerio se confunden los caminos de sus visitantes. Unos llegan como turistas, otros para cumplir dolorosas deudas, o para llevar rosas a la bóveda de un poeta. Todavía algunos asisten para escribir cartas de amor, o estudiar bajo un árbol, porque hay sombra y silencio. Es otra ciudad, diversa, y también digna de ser conocida.