Cultura>> Alfredo en los 80

Alfredo en los 80

Por Pedro de la Hoz
Tomado de Juventud Rebelde,
31 de diciembre de 2005

Quizá Alfredo Guevara sea el cineasta cubano y latinoamericano con más películas en su haber y, paradójicamente, el que menos créditos tenga en pantalla. Aparecerá en el equipo de realización de El Mégano, la película secuestrada por la dictadura batistiana por reflejar en el celuloide la angustiosa situación social y económica de los carboneros de la Ciénaga de Zapata, como asistente de dirección de Luis Buñuel en el clásico Nazarín, como colaborador del buen mexicano Manuel Barbachano Ponce, si acaso en los primeros materiales del ICAIC.

Pero quién puede atreverse a negar su huella indeleble en los trazos documentales de Santiago Álvarez, en los hitos fílmicos de Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, el mismo Julio García Espinosa y tantos otros —huellas-ideas desafiantes, polémicas, por momentos contradictorias pero estimulantes—, y más allá, en una vastísima variedad de logros e intentos que van desde los del chileno Miguel Littin hasta los del brasileño Glauber Rocha en la gestación del Nuevo Cine Latinoamericano. Quién va a desmentir su cuota de paternidad en el Festival de La Habana —lo más conocido— o en el desarrollo y consolidación de la Nueva Trova —hecho menos conocido tal vez por los trovadictos de hoy.

A menudo parecerá a algunos barroco por su decir encrespado, ríspido por su lengua filosa, inquietante por sus salidas intempestivas, sofisticado por el antiguo hábito de echarse el saco sobre los hombros. Pero basta asomarse tan siquiera un poco a su humanidad para descubrir en él los muchos más altos valores de la fidelidad sin límites a la causa comunista, de las convicciones justicieras más acendradas, de la noción de la amistad como compromiso revolucionario, de la tenacidad como voluntad de lucha. Dicho sea esto sin obviar sus dotes de conspirador, de activista político, de discreto y atento interlocutor.

Los que conocen bien a Alfredo Guevara sabrán que estas palabras no se erigen como lisonja en el vacío ni constituyen un ditirambo onomástico.

Llega hoy, el último día de este año, a los 80 años de edad y son palabras que pretenden apenas dejar un pálido boceto de una vida y una obra que se ha ganado un lugar en la obra que defendemos.

Delante del Comandante en Jefe, mirándole a los ojos en el Aula Magna del Instituto Superior de Arte, Alfredo dijo algo que debe ser pensado por los más jóvenes: “Un día te dije, y quiero en ocasión como esta repetirte, querido, respetado Fidel, que soy quien soy porque eres quien eres; sin ti, sin tu dimensión, sin tu presencia, sería otro”. Porque detrás y delante de esa frase se halla una clave para entender los intensos y orgánicos vasos comunicantes que enlazan ideología y acción, vocación individual y entrega colectiva en el proceso revolucionario que tiene a Fidel como guía y del cual Alfredo es militante.

Este mismo año, en una de las enjundiosas tertulias que promueve el flamante Centro Cultural Dulce María Loynaz, Alfredo insistió en una observación: “Somos un país, una cultura, una identidad cercados militarmente, cercados económicamente, pero cercados intelectualmente también, por una cultura: la norteamericana. No me refiero a la verdadera cultura norteamericana, nada despreciable, sino a la que nos envían para tratar de influirnos, penetrarnos... Con la cultura norteamericana auténtica no puede haber sino puentes. Pero lo que el Estado norteamericano exporta mayormente y trata de imponer en el mundo, es lo más superficial, lo más banal, lo más uniformador de la cultura de masas. El único modo de resistir de verdad, a fondo y para siempre, es la cultura, la defensa de la identidad”.

Ese es el sentido de un compromiso intelectual que no puede quedar circunscrito en la vanguardia generacional a la que pertenece Alfredo. Ese es el sentido que debemos proyectar ahora y siempre en lo adelante, para ser más integralmente cultos, para ser, como nos quiere Fidel, invulnerables.