La Habana, ciudad del cine


Por Mercedes Santos Moray
Trabajadores, 5 de diciembre de 2004


Muchas ciudades del mundo son protagonistas de importantes festivales de cine. Algunos, de gran notoriedad, cuentan con aval no sólo de su permanencia estética, sino de sus amplios recursos financieros. Y devienen, al margen de la polémica que siempre acompaña a todo evento competitivo, termómetros del séptimo arte, como los de Venecia y Cannes.

Sin embargo, pocos escenarios del mundo dan el protagonismo al público, como sucede en La Habana cuando se realiza, cada diciembre, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en el cual y en más de una ocasión, he conocido del estremecimiento de algún cineasta, como sucedió a Eliseo Subiela, en 1986, cuando presentó su ya antológica película Hombre mirando al sudeste, en medio de la ovación de los espectadores.

Por eso, además de las obras que concursan por los Corales, como expresión del cine de nuestra América y, también, del reflejo de este continente en las pupilas de creadores de otras regiones que asumen el tema latinoamericano, viene ofreciéndose paralelamente al público cubano una amplia gama de muestras de lo mejor de la cinematografía contemporánea, sin exclusiones estilísticas, temáticas o ideológicas.

Desde una concepción raigalmente artística, el Festival que se realiza en La Habana, sirve sobre todo para actualizar a un público ávido de cinéfilos que no son partícipes de una cofradía elitaria, sino que habla desde plurales emociones y sentimientos, y en miles y cientos de hombres y mujeres que, a lo largo del país, gustan del medio audiovisual.

En esta 26 edición del Festival Internacional del NCL vuelven a presentarse obras del cine alemán, del cinema francés, de la producción independiente norteamericana, y de otros países de gran reclamo entre los cubanos, como lo son Italia y España. Así como se produce la irrupción de la cinematografía suiza y la danesa, menos conocidas en el ámbito latinoamericano, pero igualmente atractivas por sus propuestas fílmicas.

Películas tan elogiadas como, por ejemplo, por sólo citar algunos títulos, Mar adentro, de Alejandro Amenábar; La mala educación, de Pedro Almodóvar y Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín encuentran su mejor escenario en las salas habaneras donde el espectador, emotivo y sincero, comenta, discute, aplaude y llora cuando reconoce los méritos de cualquier obra.

Como sucederá en este espacio de diálogo y enriquecimiento para el espíritu donde volveremos a encontrarnos, desde la retrospectiva que le tributa homenaje a los veinte años de su desaparición física, cuando en las pantallas aparezcan aquellas desgarradoras y alucinantes imágenes de Los 400 golpes de Francois Truffaut y nos topemos nuevamente con el imperecedor aliento de la “nueva ola francesa”, del que todos, público y cineastas nos sentimos deudores.