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Tropicana
Un paraíso bajo las estrellas


Hoy cabaret insignia de la cultura cubana, rebasó los cánones de La Habana que lo vio nacer en 1940
Mina Pérez Chaumont no imaginó que la estancia que arrendaba en los suburbios de La Habana de finales de los años treinta, el tiempo le otorgaría la magia de la celebridad.
Al escuchar que allí se levantaría un night club, creyó que había cometido un sacrilegio: ¿qué imaginarían los padres jesuitas del colindante Colegio de Belén cuando se enteraran que tendrían por vecinos una sucursal del Diablo? Pero, de inmediato, buscó autoconsuelo para el alma y su menguado bolsillo al pensar que el Todo Poderoso comprendería sus estrecheces monetarias de viuda y la perdonaría por tal desliz.
Otro sobresalto la conturbó. Se puso las manos en la cabeza de sólo sospechar que el umbroso bosquecillo de la estancia desaparecería para dar paso a una modernidad de dudosa reputación.

Pero en esto se equivocaba, el arrendador de la quinta y sus socios anidaban el sueño de montar un cabaret diferente que aprovechara en simbiosis única la exuberancia de la vegetación del lugar y el encanto de las noches frescas y estrelladas del trópico. La espectacular combinación que sobrevino le dio la marca: "Un paraíso bajo las estrellas".

El nombre para el nuevo cabaret lo sugiere el coreógrafo y director de espectáculos Sergio Orta, inspirado en la melodía homónima del compositor y flautista Alfredo Brito, estrenada en el mismo lugar y con esta denominación es que se da a conocer a partir de las festividades de fin de año de 1940.

Para entonces, el sitio escogido en las afueras de La Habana, en el municipio de Marianao, hacia el oeste de la urbe, le prodigaba cierto toque de complicidad y refugio a quienes, a la entrada, se quitaban el traje de moralistas en una sociedad carcomida por la hipocresía que preconizaba "... haz lo que yo digo y no lo que yo hago".
Licor, música, mujeres ligeras de ropa, juegos de azar con mucho dinero por medio y aderezados con marihuana, se convertían en el gran festín de las noches y madrugadas para ricos y políticos criollos, como también turistas y luminarias norteamericanas del espectáculo, en especial de Hollywood.
Era el rostro "light" y exclusivo de una Habana concupiscente y trasnochadora, de ron y café con leche, convertida en garito y prostíbulo para la marinería yanqui, asiento caribeño de la mafia del vecino del norte, laboratorio de la pretendida prosperidad del American way of life, Trascender el mercado de placeres
Tropicana, por suerte, logró trascender aquel mercado de placeres e infamias. Desde su creación se fue perfilando como una entrega artística espectacular y única en su condición de varietté.

A partir de ahí, La Habana fue más La Habana, templo del bolero, hogar del cha, cha, chá, refugio de la trova, escenario del carnaval, casa del ballet, ruta obligada del circo. De todos ellos se nutrió con fruición la nueva entrega artística con creatividad desbordada, surgió una escuela y un referente obligado: "...el antes y después de Tropicana".

Desde entonces, el mítico Moulin Rouge de París, el de los vinos y el can-can , vio nacerle, más que un competidor en el orbe, un par con sabor a aguardiente de caña de azúcar, aroma de tabaco y ritmo de son.
Su entrega es el sello de Cuba en música y folclore con todo su colorido, musicalidad y ritmo expresado en el virtuosismo de sus artistas, la sensualidad que transpiran sus modelos en el baile, no como atletas de la belleza en una competición cotidiana y agotadora, sino como el regalo de uno de los prodigios de la cubanía.
La capital de la mayor de las Antillas creció y el cabaret, despojado de sus prejuicios, virtualmente vibra cada noche hacia el mismo centro de la urbe. Se ha paseado por el mundo proclamando "Soy Cuba". Hoy se le considera parte de nuestra cultura y le han nacido hijas en Santiago y Matanzas.

Tropicana bien pudiera ser la imagen de esa Habana "...de caderas sonoras" y "... moradas ojeras" que describió en sus versos el Poeta Nacional, Nicolás Guillén. Pero es más, es orgullo, emblema de la alegría genética de una nación que no renuncia a ser libre como su baile.

(Tomado de Bohemia Digital)