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¿Finaliza el período especial?
Tomado de Trabajadores
Por Renato Recio
30 de enero de 2006
Cuba ha entrado en un firme proceso de superación del Período Especial, expresión con la que hemos denominado una larga etapa de heroica lucha por la supervivencia no sólo de la revolución socialista, sino también de la soberanía del país y de la integridad misma de la nación.
Sin embargo, tengamos en cuenta que los períodos de crisis profunda y extensa en el tiempo no concluyen de manera abrupta. No se recupera la salud social de un día para otro, existe la convalecencia, la recuperación, junto a los cambios de estilo de vida y el tratamiento, para conjurar los peligros de cualquier involución.
Podemos inferir entonces que el Período Especial, etapa de indeseados reajustes, no habrá de concluir verdaderamente hasta que termine una suerte de “reajuste de los reajustes”, puesto que muchas de las soluciones tácticas que el país se vio obligado a adoptar, la mayoría nacidas de la imperiosa necesidad, pero otras también por errores e imprevisiones, influyeron negativamente en principios básicos del socialismo.
Sin esas transformaciones, que necesariamente apuntarán también hacia completar las experiencias rectificadoras que en los años 80 quedaron inconclusas, no podrían cicatrizar como es debido las heridas éticas, ideológicas, institucionales, que se abrieron en el cuerpo social cubano como consecuencia del Período Especial.
Entre las principales secuelas de aquella situación están el significativo crecimiento de los niveles de desigualdad, el relajamiento de la disciplina social, y la tendencia al despilfarro y al descontrol sobre los recursos del Estado.
Esas secuelas están íntimamente relacionadas –como causa y como efecto– con la falta de armonía entre el trabajo y el acceso a los bienes y servicios, lo cual, en un entorno de escasez y desorden mercantil, suele generalizar soluciones informales de todo tipo, tanto de
los que están impulsados por el impostergable reclamo de las necesidades de subsistencia como por los que lucran con ellas.
Así, algunos han estado “luchando” de una manera muy peculiar al robar recursos estatales, apropiándose de las riquezas que pertenecen al pueblo para después comerciar a precio de oro con el propio pueblo trabajador que, arrastrado por esa “filosofía de la lucha”, ha comprado y receptado lo que en buena ley le robaron a él mismo.
Entramos ahora en un trecho de historia muy diferente a los quince años anteriores, en que lo dominante fue la resistencia en condiciones de precariedad económica y en medio del trauma ideológico que produjo el insospechado derrumbe del socialismo soviético.
La realidad económica de hoy y su fortalecimiento previsible en los próximos años, que ha posibilitado comenzar un proceso de incremento salarial y aumento de las jubilaciones y las prestaciones de la seguridad social, indican claramente que, con relativa rapidez, pudiera mejorar significativamente el nivel de vida de los ciudadanos y, con ello, crear las condiciones objetivas mínimas que contribuyan a la eliminación de prácticas de indisciplina social que hoy es común observar.
Tenemos la certeza de que en el socialismo no puede haber una fórmula más justa y funcional para la eficiencia económica y la creación de una conciencia social positiva, que la planteada hace más de un siglo por Carlos Marx: que cada cual emplee al máximo sus capacidades y sea retribuido según su trabajo.
Cada paso adelante en el camino hacia la generalización consecuente de esa fórmula es un paso de reeducación ética y económica y un cimiento sólido para recuperar lo que entre tantos avatares se ha ido perdiendo o mal formando: la cultura del trabajo y la cultura del control económico.
Pero mientras transcurren esos complejos y paulatinos procesos transformadores de la realidad objetiva, mirémonos cada quien hacia dentro y luchemos contra “la lucha”, no admitamos más la actitud perniciosa del “sálvese quien pueda”, porque se acerca el día en que la pobreza sufrida habrá quedado atrás, y no podrá ser entonces humanamente feliz aquel que no comprendió a tiempo que ya no se puede justificar de ningún modo la falta de honradez.