Economía >>Acerca de la reconversión en la Industria Azucarera

Acerca de la reconversión de la industria azucarera
Sin títulos vitalicios
Por: José Alejandro Rodríguez


La anunciada reconversión de la industria azucarera lanza una señal de lógica en la economía cubana. La inexorable tendencia a la desvalorización del azúcar en el mercado mundial amenaza con la incosteabilidad a nuestra dulce producción, de seguir aferrándonos a tradiciones productivas que la privilegian como la primera de todas en la historia de la nación.

Centrales que en unos casos se dedicarán a derivados de la caña más valorizados, y en otros silenciarán sus pitazos. Bateyes que verán extinguirse el vivaz olor de las melazas. Azucareros que reemprenderán otros caminos en el escenario económico del país... Emociones y conmociones aparte, la medida tiene un alto componente de racionalidad.

Años atrás, cuando el azúcar sostenía a la nación y pedía de ella lo posible y lo imposible, al punto de supeditarlo todo; esta decisión era inimaginable, simplemente demencial. Años atrás también, cuando lo teníamos casi todo a mano, "asignado", el país se daba el lujo de perdonavidas, y taponeaba las ineficiencias empresariales con subsidios del nunca bien ponderado Presupuesto. Y estas clemencias subsidiarias también han ido desapareciendo.

Como la economía no puede ir a espaldas de las evidencias de la vida, el "sacarocentrismo" ha sido puesto en solfa por los raseros de la eficiencia, los únicos que van a despertar nuestras reservas de progreso en condiciones tan peliagudas. Lo esencial es ver, tras ese cambio del azúcar, una filosofía que debe ir extendiéndose por el universo productivo del país, a la que no podrá estar ajeno ningún sector, por volumen o preponderancia que tenga. Recuerdo el cierre hace unos años de la mina de Matahambre, la que hizo nacer ese poblado, ya por incosteabilidad.

Así, tendremos que llegar a ese bendito día en que la permanencia de una actividad esté sustentada en la eficiencia, en la generación de utilidades netas al país y a la propia empresa al mismo tiempo. Y en tal sentido, ello requerirá mucho más ágiles respuestas estatales para adecuarse a la dinámica de la economía internacional.

En la sociedad de mercado salvaje, todo opera bajo una especie de darwinismo económico: los fuertes se tragan a los débiles. La quiebra es la salida a la ineficiencia, con la consiguiente negación del más importante recurso: el trabajador. Entre nosotros, el Estado tendrá siempre que tomar el cetro decisorio, y en esas reconversiones y cierres, garantizar la continuidad de trabajo y desarrollo de la fuerza laboral afectada.

Me atrevo a barruntar que ni el flamante sector emergente, que ha ido tomando espacio en estos años, deberá sentirse ajeno a este principio saneador. En el turismo, la llamada locomotora de la economía hoy, habrá que hurgar en los engranajes problémicos, que retrasan la marcha sobre rieles. No pueden descartarse restructuraciones, y hasta desapariciones de entidades o centros ineficientes en esa industria sin chimeneas, y también en empresas mixtas y otras entidades que operan en divisas.

Y en general en los servicios, tanto los que operan en divisas como en moneda nacional, a ojos vista uno concluye que hay centros "fantasmas", que mantienen gastos diarios de salario, energía eléctrica, agua, inventarios elevados y lentos y otros recursos, sin que apenas tengan ingresos por una escasa concurrencia de clientes.

La política de apertura de unidades no siempre tiene una lógica, basada en estudios de mercado, de acuerdo con las características del cliente y el escenario. Hace muy poco, una sagaz lectora se quejaba de que en un barrio de familias comunes, habían inaugurado una boutique de productos de marca muy selectos, que no tenían salida allí, y que sin embargo, podría agenciárselas en una zona turística. Y otro me preguntaba que hasta cuándo un antiguo restaurante emblemático de La Habana iba a permanecer en esa inercia con un enjambre de empleados soñolientos y platos caros y nada profusos en calidad ni cantidad.

No es abogar en materia de producción y servicios por el cierre indiscriminado; sino defender el criterio de que opere lo que funciona verdaderamente, para evitar derroches, malgastos y autoengaños. Es ver la reestructuración, el redimensionamiento y la reconversión como adecuaciones imprescindibles a las dinámicas de la economía. El ejemplo que hoy da nuestra primera industria debe tener lecturas ajenas en el resto de la economía. Los recursos deben estar allí donde generen mayores recursos, no donde promueven las pérdidas. No deben considerarse títulos vitalicios sobre la base de la ineficiencia.


(Tomado de Juventud Rebelde 28/07/2002)