Nisia Agüero: una dama sin igual

Cubasi
Agosto, 2004

Llevar un proyecto a la oficina de Nisia Agüero, aunque parezca imposible, es comenzar a ver un sueño hacerse realidad. Emprender un trabajo junto a ella, es encontrar a una verdadera compañera de ilusiones y realidades. En estos días de celebraciones por los 45 años del Teatro Nacional de Cuba, pude conversar con esta dama sin igual.

Sus sueños aparecen desde muy jovencita: escogió ser trabajadora social, cuando esa carrera no tenía ningún futuro en Cuba. Gracias al triunfo de la Revolución pudo terminarla, e incluso realizar un doctorado en Ciencias Sociales. Se vinculó muy rápidamente al trabajo a favor de los grandes cambios sociales que florecían: su primera experiencia fue en cárceles de mujeres, con Melba Hernández al frente. Ahí emprendió un estudio sobre las causas que motivaban a esas reclusas a delinquir. Su trabajo concluyó consiguiendo que muchas de ellas una vez en libertad se vincularan a la nueva sociedad.

Los méritos en ese campo de esta Premio Nacional de Cultura Comunitaria, fueron reconocidos y se le promovió a jefa de Servicio Social de la otrora provincia de Oriente, hasta que en 1961 esta esfera pasó al Ministerio de Salud Pública, donde se mantuvo en cargos de dirección por otros diez años. Al crearse el Grupo de Desarrollo de Comunidades (GDC) en 1971, fue designada directora técnica y posteriormente directora general, por los estudios que de esa especialidad realizó en México.

P: Enfrascada en tantos proyectos relacionados estrechamente con la carrera que usted soñó, ¿cómo llega la labor cultural a su vida?

N.A: Primero hubo interés en que yo dirigiera Cultura Popular (lo que es hoy Casas de Cultura), pero fue imposible porque me encontraba haciendo otra labor. Cuando en 1980 desaparece el GDC, paso al Ministerio de Cultura como asesora de Armando Hart para tareas relacionadas con las artes plásticas. Mi experiencia anterior me posibilitó acercarme a la situación de estos artistas, que era bien crítica en ese momento, debido principalmente a la escasez de recursos y a la falta de atenciones. Allí se lograron buenos resultados de conjunto con otras instituciones como el Centro de Desarrollo, el Museo Nacional, el Centro Wifredo Lam y el Fondo Cubano de Bienes Culturales, donde por último laboré. Por ejemplo, se desarrollaron con Telarte nuevas líneas en el vestir que vinculaban a los plásticos; se abrieron nuevos espacios para exposiciones, entre muchas otras cosas.

P: Pero esa obra está todavía lejana a la que realiza hoy día y en la cual lleva más de una década. ¿Cómo pasa a dirigir instituciones teatrales?

N.A: Fue en 1990, a raíz de una decisión del Ministro de Cultura, que me ocupo de otras funciones más vinculadas con la cultura comunitaria. No estuve de acuerdo, porque sentía que lo que estaba haciendo en el Fondo Cubano de Bienes Culturales iba bien, pero bueno... A través de Raquel Revuelta, quien en ese entonces encabezaba las Artes Escénicas, comencé a dirigir primeramente el teatro Mella y, poco tiempo después, de manera simultánea, el Teatro Nacional.

P: Luego de las disímiles circunstancias por la que ha pasado su vida profesional, si a usted le hubiesen dado la oportunidad de escoger un trabajo para toda la vida, ¿cuál hubiera seleccionado?

N.A: El desarrollo de comunidades, porque tiene mucho que ver con lo que estudié. Claro, me gusta mucho el trabajo con los artistas, ya que me instruí en piano, canto, ballet... y como no serví para nada de eso... (risas).

P: Nisia, usted ha devenido una gran historiadora del Teatro Nacional. Cuéntenos cómo fue que sucedió que aún sin concluirse constructivamente, ya se hacían obras dentro de lo que luego sería la instalación teatral más grande de Cuba.

N.A: Eso se debe a la doctora Isabel Monal, su directora desde el año 1959, quien creó un equipo donde se encontraban Fermín Borges, Mirtha Aguirre, Argelier León, Ramiro Guerra y Carlos Fariñas, cada cual al frente de su especialidad. Este lugar se convierte en un campamento de muchas ideas y proyectos. Pero no solo eso, la obra Mulato, de Ramiro Guerra, se presentó en la Sala Covarrubias, con sillas de tijera. Y así se trabajó prácticamente hasta que quedó completamente concluido en septiembre de 1979 para la Cumbre de Países No Alineados.

P: ¿Cuáles considera que son los hechos más trascendentes en estos 45 años de historia del Teatro Nacional?

N.A: Primero, la puesta de La ramera respetuosa en mayo de 1960; trascendente porque va Fidel a verla en esas circunstancias, cuando el teatro estaba sin terminar; lo que se tradujo en su apoyo a esos proyectos.

“Sin embargo, que se impartan aquí los primeros seminarios de dramaturgia, con los cuales se formaron todos nuestros grandes dramaturgos de hoy, es un hecho culminante. Que surja en este espacio Danza Contemporánea de Cuba, y que sus integrantes den sus primeras clases en el noveno piso, es grandioso. Se fundan también en este teatro la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Nacional, el Folclórico. Todas esas agrupaciones, que prestigian los escenarios cubanos, nacieron en el Teatro Nacional de Cuba, y eso constituye la parte esencial de su historia”.