PRISIONES

Tomado de Juventud Rebelde,
Norges Martínez Montero
25 de septiembre de 2005

Ni solos ni abandonados 

Jóvenes reclusos encontraron en las manifestaciones artísticas un sentido para sus vidas y la oportunidad para demostrar cuánto se puede crecer humanamente con el apoyo de la sociedad y de quienes la dirigen



Cometí un error y me encuentro preso. Cuando estaba en libertad era instructor de arte; y al caer en prisión pensé que había terminado mi carrera. Qué equivocado estaba. Ahora me siento mucho más instructor. Aquí tengo un reto mucho mayor y voy a luchar por cumplirlo”, dice Julio Marín, un recluso que según confiesa hasta hace unos meses sentía que su vida ni siquiera tenía sentido.

“Me he hecho el propósito de enseñarles mis pocos conocimientos artísticos a los jóvenes de la prisión. En este momento están embulladísimos con el proyecto, porque han comprobado que es una forma más para alejarse de los problemas y enderezar el camino que un día trocaron”.

El proyecto de Julio y sus alumnos va en serio. Ya lograron crear un coro integrado por 50 personas y poco a poco perfeccionan cada actuación. Recientemente recibieron lo que muchos de ellos consideran el mejor premio a su esfuerzo: fueron aplaudidos y ovacionados varias veces por sus propios familiares y jefes, durante una presentación en el capitalino teatro Astral.

“Fue un día inolvidable para nosotros. Imagínate que algunas de las personas del público no podían creer que era su hijo, hermano o sobrino el que estaba actuando en aquel escenario tan grande. Muchos de ellos nunca habían tocado un micrófono, ni siquiera sabían tirar un pasillo de rumba, algo que la mayoría de los cubanos dominamos”.

—¿Cuentas con el apoyo de tus superiores para sacar adelante este proyecto?

—Lo primero que tengo que decirte es que fueron ellos quienes me pidieron que comenzara con esta práctica. Me explicaron que la dirección del país está poniendo en funcionamiento un grupo de iniciativas para transformar el sistema penitenciario, y que personas como yo hacían falta para lograr ese objetivo.

“Óigame, eso me elevó la autoestima al cien. No tuve que pensarlo dos veces. Ahí mismo le pregunté que si podía empezar ya a impartir las clases. Apoyo no ha faltado, por eso practicamos diariamente distintas manifestaciones artísticas”.

ESTABA REGA´O PERO AHORA...

“Desde que estoy en la onda cultural me siento mucho más tranquilo. Es algo que te engancha con una facilidad tremenda. Quién me iba a decir que iba a estar en un coro y aprendiendo a bailar ritmos folclóricos y todo. Hasta yo estoy asombrado”, comenta sonriendo Ricardo Alfonso, joven de 22 años también recluido en el Combinando del Este de la capital.

—Entonces, ¿crees que a lo mejor algún día te conviertes en un buen corista?

—Mira compadre, yo sé que tal vez nunca llegue a ser ni siquiera de los regulares. Empecé muy tarde en esto y los buenos de verdad comienzan desde niños. Sin embargo, hay algo que siempre tendré presente: esto me ha alejado bastante del mundo de la guapería y del mal ambiente donde me encontraba. Eso para mí es bastante.

—¿Qué opinión tienes acerca de las nuevas iniciativas que está poniendo en práctica el país para tratar de que ustedes se incorporen a la sociedad mejor preparados?

—Es otra oportunidad para nosotros. Lo veo muy bien. Estoy seguro de que en ningún otro país del mundo el gobierno se preocupa tanto por el destino de sus reclusos. Solo hay que ver la televisión y leer las noticias para darse cuenta.

CUANDO SALGA QUISIERA SEGUIR EN LA DANZA

Siempre le gustó el baile. Antes, cuando no estaba en la Prisión de Mujeres de Occidente, bailaba alguna que otra vez. Por eso le resultó fácil acoplarse bien esta vez.

Es inquieta, delgada y bajita. Se llama Yaima Pérez Rodríguez y fue la primera de las mujeres que se atrevió a ser entrevistada. Estaba en el camerino del teatro Astral y solo faltaban minutos para que saliera a escena. Aun así, estaba tranquila.

“No estoy asustada ni nerviosa porque tenga que actuar delante de tantas personas. Al contrario, es un orgullo para mí. Saber que todos ellos vinieron hasta aquí para vernos indica que no estamos solos ni olvidados, a pesar de estar en prisión. Lo triste fuera que la mayoría de las butacas estuvieran desocupadas”.

Desde que comenzamos la entrevista le prestó más atención al fotógrafo que a mí. Estaba muy preocupada por ver en cuál de las instantáneas había quedado mejor. “Es que no quiero que me vayan a sacar fea en el periódico.   

“Montamos una danza muy buena —agrega— con la canción Pare, cochero. En cada lugar que la presentamos gusta mucho. Gracias al baile y a otras manifestaciones culturales que ensayamos, cumplo mi sanción con menos sufrimiento”.

—¿Alguien de tu familia vino a verte hoy?

—Vinieron mi novio y mi tía. Espero bailar lo mejor posible para alegrarlos a ellos. Como me van a ver contenta espero que eso les alivie un poco lo que están sufriendo por mi culpa.    

—¿Qué tienes pensado hacer cuando salgas?

—Quiero hacer muchas cosas. Por ejemplo, me gustaría ser bailarina, pero no sé. De momento la única idea que tengo bien clara es la de portarme bien para no volver a la prisión. Aunque aquí nos tratan como a personas, la libertad es algo que no tiene precio. Ese mensaje me gustaría transmitírselo a todas las mujeres para que ninguna siga mi ejemplo”.

PARA ATRÁS NI LOCA

Yaneisi Romero Rodríguez es reclusa de la Prisión de Mujeres de Occidente, también baila en Pare, cochero y es de la capital, al igual que el resto de los entrevistados. Quiere aparentar que está contenta pero sus ojos dicen lo contrario.

“Echo de menos a mi hijo. Él tiene seis años y la verdad es que hay días en que no puedo aguantar las lágrimas. Solo espero salir en libertad para darle la atención que se merece. Hoy no podré verlo porque quien lo podía traer está de guardia”, dice Yaneisi, con una expresión rayando en el llanto.

—Tengo entendido que nunca habías bailado formalmente...

—Es cierto. Es mi primera experiencia como "bailarina" (ríe). Creo que no lo hago mal. A mi entender, lo más importante no es si bailamos bien, regular o mal, aunque si lo hacemos bien, mejor. Lo que más cuenta es la unión que logramos entre nosotras y el personal que nos atiende.

“Ellos están apoyándonos en cada ensayo, dándonos ánimo para que hagamos los movimientos lo mejor posible y eso es bueno porque así nosotras tenemos más confianza con las instructoras y los oficiales. Eso te hace sentir que no están aquí solo para dirigirnos, sino también para ayudarnos a ser mejores”, manifiesta Yaneisi Romero.

—Al escucharte imagino que el tiempo que llevas aquí te ha hecho ver las cosas de manera diferente…

—Así es. Cualquiera puede tener un error, y por supuesto una tiene que cumplir una sanción por eso. Te mentiría si te dijera que me siento contenta aquí, pero lo que sí te puedo asegurar es que los superiores tratan siempre de que nosotras recapacitemos y marchemos por el buen camino. Yo por lo menos no pienso volver ni loca.

NUNCA ME GUSTÓ CANTAR

Es mi último entrevistado. Se llama Maikel Argudín Marquetti. Es el más tímido. Cuesta un mundo sacarle dos palabras. Lo primero que reconoció fue que nunca le gustó cantar pero que los días que lleva ensayando lo han hecho cambiar de opinión.

“Nunca me imaginé cantando en un coro, pero esto tiene algo que te engancha rápido. Durante los ensayos diarios nos divertimos porque uno se va por encima de otro con la voz, y todos lo miramos como diciéndole: Compadre, por favor. Pero es el instructor de arte el único que nos corrige a todos. Nosotros sabemos que estamos aprendiendo y por tanto esas cosas son normales”.

—¿Entonces esta experiencia te ha servido de algo?

—De mucho. Me ha demostrado que mucha gente en este país solo quiere el bien para nosotros.