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Jardín Botánico Nacional donde magia y realidad coquetean
Por: Elsa Claro


Hace 35 años un grupo de jóvenes entusiastas comenzaron a darle vida a una quimera sobre la cual hoy corren los niños y el adulto se oxigena y medita

Lo que ahora es el Jardín Botánico Nacional fue siempre uno de esos esfuerzos que solo con mucho amor, entrega y osadía adquieren su identidad. Por eso clasifica entre las ilusiones que lograron llegar a su meta.

Dentro del núcleo fundador había un alemán a quien, por su corpulencia o por razones que nadie entenderá bien nunca, le decían el ruso en algunos sitios de la Sierra Maestra adonde iba a colectar o hacer estudios de la flora autóctona. Ese hombre se llamó Johannes Bisse.

Llegó a Cuba a mediados de los 60, con solo 31 años y como colaborador científico. Doctorado en botánica y con la experiencia ganada en la Universidad de Jena, no tardó Bisse en enamorarse de la pequeña nación que hervía en fiebres revolucionarias y ofrecía a su nórdica mirada un mundo verde por identificar.

Su misión básica era la de impartir clases de fisiología vegetal para botánicos. Uno de sus alumnos fue el hace poco desaparecido doctor José Ramón Cuevas, también la hoy master en ciencias Lutgarda González y el doctor Jorge Enrique Gutiérrez, a través de quienes me entero de unas cuantas cosas de las que se quedan tantas veces solo en el recuerdo o en algunas gavetas.

En continuas expediciones a las provincias cubanas, sobre todo aquellas donde es más abrupto y poco manoseado el entorno, el científico y sus colaboradores llevaron a cabo un trabajo que únicamente la paciencia y el empeño, unidos a la vocación, permiten transmutar en hallazgo y nuevas rutas.

De Johannes Bisse supe a través de Edda Keding, una germano-oriental -como ella prefiere llamarse- que publicó una biografía sobre el académico, con quien coincidió cuando ella misma estaba trabajando en Prensa Latina y su esposo era corresponsal de la agencia ADN en La Habana. "Me interesaba sobre todo dejar constancia de su obra y de la intensa cooperación que hubo entre la RDA y Cuba"

En uno de los encuentros que tuvo con el Comandante en Jefe, Bisse le comentó lo útil y hermoso que sería crear un jardín botánico en la capital que cumpliera con propósitos recreativos y, al propio tiempo, fuera un centro de investigaciones y estudio de la flora nacional.

Existía uno, pero muy pequeño, en la Quinta de los Molinos, donde funcionaba la cátedra de Biología de la Universidad de La Habana, donde el propio amigo germano daba sus conferencias.

Al jefe de la Revolución Cubana, interesado siempre en todo avance y novedad, le gustó la idea y la calorizó de inmediato. Se eligieron unos terrenos al sureste de la ciudad, en la carretera de Calabazar, colindantes con los utilizados para sus prácticas de tiro por varios de los asaltantes al cuartel Moncada, en julio de 1953.

Con labor voluntaria de muchos se movió el terreno para darle relieves, eliminar o trasladar piedras y tierra según convenía al diseño y objetivos que se trazaron. Se crearon los viveros (aún existen) donde comenzaron a plantarse especies de sombra o de sol. Muchas de ellas raras, otras autóctonas y no pocas traídas desde Asia y diferentes regiones subtropicales. La tenaz labor tomaba vuelo y rumbo.

Conceptos y realidades

El criterio que se siguió para crear el Jardín partió de la concepción general siguiente: exponer la flora cubana y los cambios naturales que sufre la vegetación, tanto de Cuba como de otras zonas, que formarían parte de la colección.

Este es un rasgo distintivo. Por lo general, otros dispositivos de este tipo trabajan los árboles o plantas para que luzcan siempre bonitos. Es un criterio estético magnificado que en cierta medida pretende enmendar a la naturaleza misma.

El nuestro no concibe su exposición permanente así. Se prefirió que la reproducción de cada espécimen, hasta su caída, fuese la que tendría en su estado silvestre. Lo artificial se ha limitado a darle a cada área las condiciones originales (requisitos del suelo, orientación de luz o sombra). Después las propias plantas buscan su acomodo. Así nos explica Lutgarda, una mujer que anda entre esos troncos y hojas caídas como quien se mueve dentro de su sala. Es más, no tiene ni un tiesto en su hogar."¿Para qué? Si aquí tengo la mayor variedad y belleza que pueda desearse", afirma.

En el centro del Jardín se encuentra el Palmetum, una sugestiva exhibición que abarca 40 especies de plantas autóctonas y un total de 150 especies de palmas de África, Asia y Latinoamérica. La primera zona plantada en este pulmón de la capital, sin embargo, fue la arboleda de júcaros que en el momento de nuestra visita cubría el suelo de doradas hojuelas.

Los asiduos a este maravilloso sitio saben que existen espacios infantiles para juegos y docencia. Que los pabellones donde se concentran curiosos ejemplares de cactus y el fresco ambiente de las de sombra están entre los más visitados y son, en sí mismos, un parque a escala reducida. Un anticipo -si se prefiere- de lo que en un ámbito mayor, a cielo abierto, se puede disfrutar.

Conocen también ese jardín dentro de otro que es el japonés. Un paseo donde hasta las lejanas elevaciones se integran al seductor conjunto y el agua mansa de la laguna incita al reposo y la meditación.

El herbario

El que existía en la Quinta de los Molinos servía solo para la enseñanza, no para la investigación, como era necesario. Constaba de apenas dos mil especies. Lo trasladaron hacia el nuevo recinto donde apenas hubo condiciones mínimas (siguen teniendo casi ese mismo carácter de provisionalidad porque el Período Especial frenó el montaje de nuevas edificaciones y es una pena, porque les faltaba poco para concluirlas). Allí existen hoy cien mil muestras.

Esta especie de archivo botánico colecta, conserva y expone las plantas, pero además las estudia, les da orden dentro de un grupo o una familia. La línea general de trabajo establecida por Bisse se continúa porque es apropiada y eficiente -nos explica Jorge Enrique Gutiérrez-, y nos muestra algunas cartulinas con exponentes ya sistematizados.

Estos especialistas, además, anotan sus observaciones y el resultado de las búsquedas que han emprendido otros o ellos mismos, para publicarlas, una de las formas para que el resultado de ese trabajo trascienda.

Bisse hizo esfuerzos para que la colaboración entre científicos de la desaparecida RDA y Cuba en esta materia tuviera un carácter fluido y las relaciones entre los dos países facilitaron su empeño con creces. Desde luego, en estos últimos años solo existe una conexión de bajo perfil basada en el interés de algunos estudiosos germanos que insisten en mantener la colaboración porque les concita la rica flora isleña y las bases de indagación o examen trazadas desde Humboldt y sostenidas por Johannes Bisse, quien murió en un accidente automovilístico en las propias inmediaciones del Jardín en 1984, poco después de que fuera inaugurado.

Sus alumnos y colaboradores continúan bregando con aquella pasión original, que cuando es verdadera no perece.

(Tomado de Bohemia)