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aporte, en entrega inédita, responde a una demanda creciente y a
la conveniencia de enriquecer las visiones y el perfil de este sitio, órgano
digital de la política exterior cubana.
Los trabajos que aparezcan en esta sección reflejan el parecer de
sus respectivos autores y no necesariamente la posición oficial de
la Cancillería cubana.
Por
Elsa Claro
14 de abril de 2005
Cuando en 1954 el gobierno norteamericano necesitó justificaciones para agredir al gobierno de Jacobo Árbens, en Guatemala, empleó a la OEA como resorte acusador contra un modelo de desarrollo más equitativo que todos los imperantes en el área durante la época.
Después hubo otras intervenciones (políticas, económicas o militares). La organización le dio siempre su apoyo a Washington o se mantuvo calladita, al margen, como Pangloss.
Entre muchas demostraciones de servilismo al imperio al ex presidente colombiano César Gaviria, se “le olvidó” que según la Carta Democrática que rige a la OEA, cuando Pedro Carmona usurpó el poder en Venezuela, la entidad debía haberlo desconocido, pronunciarse en contra de los golpistas, denunciar el hecho. Pero se sumó al complot estadounidense para derrocar al presidente Hugo Chávez.
A Jean Beltrand Aristide le atacó similar enfermedad. El mismo virus y sin antídoto. Luego no fue la expulsión de Cuba en 1962, con parecidas ambiciones, la que ha desacreditado a la OEA, aunque por entonces Omar Torrijos dijera que cada minuto de aislamiento de Cuba eran 60 segundos de vergüenza hemisférica.
No. El historial que comenzó a escribirse cuando fue fundada en 1948 y hasta la actualidad, es suficientemente sicalíptico y no requiere remitirlo a un solo hecho.
Pero la saga continúa, aliñada por los mismos gestores. Desde hace siete meses la OEA no tiene secretario general. El último, el ex mandatario costarricense, Miguel ángel Rodríguez, solo ocupó el cargo por una quincena y tuvo que abandonarlo acusado de corrupción en su país.
Cuando en abril se procede a elegir un nuevo titular, ya habían ocurrido cabriolas relacionados con el rechazo bastante generalizado al ex presidente de El Salvador, candidato favorito de EE.UU. A pesar de las fuertes presiones, la mayoría no quiso tragarse el gordo anzuelo y tuvieron que retirarlo de la lid. Después vendría otra maniobra.
Quedaron en la competencia y resultaron empatados en 5 votaciones, el ministro del Interior de Chile, Miguel Angel Insulza, y el canciller de México, Luis Ernesto Derbez. A falta del otro, los del norte optaron por este último, considerando que los compromisos establecidos a través del TLC y otros empeños menos honorables le hacían muy sumiso, todo lo pelele que necesitan en la Casa Blanca para mantener el clima hostil y las zancadillas, contra todos aquellos que no se sometan con mansedumbre vil a sus dictámenes.
Y si para conseguir un puestecito mancillado es necesaria la traición ¿qué importa a quien ya las ha infligido a su propia clase política o, peor aún, a su pueblo?
A
Insulza le apoyaron los países del MERCOSUR. Hay quien afirma que
solo por irle a la contraria a la gente de Bush, pero antes que ello hay
quienes o se dieron cuenta de la trastada made in USA o consideran que el
chileno pudiera ser una especie de factor de transición para comenzar
a lavarle la cara a la OEA.
Como se están moviendo tendencias menos pervertidas y algunas verdaderamente
respetables en la parte sur de la cintura del planeta, si se lograra que
sea lo que corresponde: una organización regional destinada a representar
y defender los intereses del hemisferio y no las malas artes de un solo
país, ello pudiera darle otro soporte a esos procesos que aliviarían
tanto a Nuestra América. Lamentable percatarse que el gobierno mexicano
optó y mantiene rumbo norte, apartándose por voluntad propia
y domada, a los mejores vientos que soplan en el continente.

