Cuba y el silencio de los cruzados
Eduardo
Montes de Oca
Tomado de Rebelión
21 de febrero de 2005
El colega Juan Marrero se dolía de que la gran prensa peca por omisión,
cuando menos, con respecto a las elecciones en Cuba. Mientras este redactor
leía el interesante artículo aparecido en el sitio Rebelión,
de Internet, pensaba en la hombría de bien, en la condición
humana de un periodista como el que se quejaba, conocido amigo de las mejores
causas de un mundo que se desmorona ética, política, ideológica,
económica, ambientalmente… a ojos vista. Un mundo que debía
ser reflejado tal cual por unos medios cuya tarea primordial, si hicieran
honor a lo que predican con retumbantes golpes en el pecho, sería hurgar
en esencias y mover a primer plano la verdad que exorcice a los jinetes apocalípticos,
y conjure el final de los tiempos, a que podríamos estar abocados.
Y perdonarán el tono sentencioso. Pero es que escuece tanta indiferencia
y tantas mentiras vertidas sobre una Isla que parece despertar la más
aguda paranoia en la derecha totalitaria, y a veces hasta en una izquierda
claudicante, tímida, ruborosa ella. ¿Por qué los grandes
medios de comunicación silencian los comicios en la denostada ínsula
del Caribe? Sí, ¿por qué la información se centra
en que “bajo la dictadura de Castro no hay democracia, ni libertad,
ni elecciones”?
Quizás tengamos que aclarar, o repetir más bien, que el de democracia
es un concepto clasista, desafortunadamente. Y subrayemos: “desafortunadamente”,
porque lo ideal sería un planeta sin clases, donde huelgue hasta el
mismo concepto de democracia, pues no tendría sentido alguno cuestionarse:
¿democracia para quien; para el dueño o el asalariado, para
el marginador o el marginado? En fin, un planeta en que reine la Utopía
soñada por Tomás Moro y por algún que otro demonizado,
como Carlos Marx. Un planeta donde cada quien recibiría de la sociedad
según sus necesidades.
Cualquier cubano medio sabe esto que planteamos, incluso mejor que el propio
escribano. Interrogue el turista, nomás, a cualquiera de aquellos que
consideran indigno correr hacia el extranjero venido del Norte con la intención
de “jinetear”, o “luchar”, con todas las técnicas
de un pícaro entresacado de la literatura española, un “salvador”
dólar, o un euro, o un franco suizo, o una libra esterlina, o un dólar
canadiense… Pregunte el recién llegado a la mayor parte de este
pueblo sobre democracia y elecciones.
Sin duda, el interrogado, con noveno grado aprobado o más, por cierto,
contestará en el mismo espíritu del presidente de la Asamblea
Nacional del Poder Popular (Parlamento), Ricardo Alarcón, un hombre
respetado por los propios enemigos de un proceso socialista que se construye
con mil y una trabas externas (internas las hay, por supuesto). “Si
en muchas partes del mundo hubiera un registro electoral como el cubano, ese
sería el primer paso de una revolución política en esos
países, donde incontables ciudadanos tienen que luchar para que sean
reconocidos sus derechos como electores”.
En una audiencia sobre los comicios, ese viejo luchador por la democracia
desde sus años mozos, cuando dirigía la Federación de
Estudiantes en la Universidad de La Habana, destacaba que, una vez más,
los registros primarios de electores estarán (ya están) expuestos
a la vista de todos. Y que las correcciones que se introduzcan “serán
resultado de la participación de los ciudadanos, que podrán
señalar errores de cualquier tipo. Si eso ocurriera en otras partes
del planeta, sería más difícil organizar el fraude, que
hoy es práctica generalizada en no pocos lugares”.
Perdone el lector si utilizamos las palabras de un político –en
Cuba les llamamos dirigentes-. El caso es que estos políticos o dirigentes
nuestros no están desprestigiados, como en buena porción del
orbe. “Estamos en vísperas de otro proceso de profunda y verdadera
naturaleza democrática: la postulación de los candidatos a delegados
municipales por parte del pueblo (…) ejercicio objeto de ocultamiento
por aquellos medios de comunicación representantes de los intereses
de quienes lo último que quisieran hacer es reconocer la existencia
de un pueblo que postula y elige a sus representantes, sin intervención
de maquinarias de los partidos políticos”.
El que dude de las palabras de Alarcón, que venga y pregunte a cualquiera,
insistimos. Seguramente, negro, blanco, mujer, hombre, niño, joven…
habrá de contestar que el plan del Gobierno estadounidense para destruir
a la nación cubana presta especial importancia precisamente a la eliminación
del registro automático y universal de los electores y del derecho
del pueblo a postular. Prerrogativas que volarán si los vecinos de
allende el estrecho de la Florida logran implantar un sistema electivo igual
que el de allá de Norteamérica. Algo que pretenden desembozadamente
y que está estipulado en un famoso documento pergeñado por la
Casa Blanca.
Democracia representativa, ¿no?, se cuestionaría, frente al
turista que indaga, un cubano de los que no “luchan” el dólar.
Bueno, chico, aquí el único problema en cuanto a elecciones
sería el que uno que otro entre los delegados del Poder Popular, concejales
para ustedes, no se comportara a la altura de la misión, que no todos
satisfacen las expectativas; por eso podemos revocarlos. ¿Otro problema?
Lograr más participación popular en las rendiciones de cuenta;
y no me refiero sólo a la asistencia, ya que hay quien asiste pero
se inhibe de sugerir, proponer soluciones a las insuficiencias comunitarias…
¿Otra cosa? Bueno, tal vez seguir luchando para que no regresen los
expertos en escamotear libertades, como el general interventor y gobernador
militar Leonardo Wood, acreedor a una felicitación del Secretario de
Guerra de los Estados Unidos, pues, al organizar las primeras votaciones municipales
de la república neocolonial, logró restringir el cuerpo electoral
a la mínima expresión, escamoteándoles el derecho a negros,
mestizos, mujeres, y a numerosa población blanca, pobre por más
señas.
Repasemos. Se trata ahora de un Registro Primario de Electores automático,
universal, despojado de trabas burocráticas, y, como lo explicaba el
colega Marrero, publicado en lugares de masiva afluencia de ciudadanos, mayores
de 16 años, en cada circunscripción (áreas en que al
efecto se dividen los barrios), desde el 15 de febrero hasta el 17 de marzo,
a fin de que los electores detecten posibles errores en sus nombres y apellidos,
en la numeración del carnet de identidad, o en la dirección
particular. Ello, como valladar al fraude presente en países donde
hay quien vota más de una vez, y donde hasta los muertos emiten sufragio.
Como en la Cuba anterior a 1959, aquella de la “democracia representativa”,
sin la posibilidad de revocar el mandato de un concejal apuntalado por “sargentos
políticos” que cambiaban cédulas por plazas en hospitales
u otros “privilegios”.
Pero “claro que la Cuba de Castro no es democrática, no”,
se ensañaría el lector inficionado por un gran medio de los
que ocultan, asimismo, otra verdad. Esa que enarbolaba Marrero. El que el
Partido Comunista no constituye una organización con propósitos
electorales. “Ni postula, ni elige ni revoca a ninguno de los miles
de hombres y mujeres que ocupan los cargos representativos del Estado cubano.
Entre sus fines nunca ha estado ni estará ganar bancas en la Asamblea
Nacional o en las Asambleas Provinciales o Municipales del Poder Popular.
En cada uno de los procesos celebrados hasta la fecha han sido propuestos
y elegidos numerosos militantes del Partido porque sus conciudadanos los consideraron
personas con méritos y aptitudes, pero no debido a su militancia”.
Sí, como lo lee.
Y no se asombre si el cubano topado en plena calle responde con la displicencia
de quien no “me desayuno con esto, chico; así ha sido desde que
se institucionalizó el Estado socialista, en 1976”. Y añadirá
que “nosotros postulamos a los candidatos, desprovistos de costosa y
ruidosa propaganda, sólo auxiliados de una foto, una síntesis
biográfica, sobre la base de sus méritos y capacidades, en asambleas
de residentes en barrios urbanos o áreas rurales, a mano alzada, sin
tapujos, en las más 41 mil reuniones de nominación en las más
de 15 mil circunscripciones constituidas en los 169 municipios del país.
La ley Electoral garantiza que al menos dos candidatos, y hasta 8, puedan
aparecer en las boletas para la elección de delegados el l7 de abril”.
¿Qué cómo está al tanto de esto cualquier cubano
de los de a pie –la mayoría, obviamente-? Simple: a una profusa
información, a una atinada orientación, se entrega una prensa
alejada de los cánones de la que mencionábamos al principio.
Esa que constituye un poder inmenso, por la concentración de las comunicaciones
(puro monopolio), con su consecuente limitación del derecho a la información,
la imposición por esa vía de un pensamiento único, gracias
al profundo papel ideológico que protagonizan las corporaciones mediáticas
para tal fin, como nos recuerda el célebre politólogo Ignacio
Ramonet, para quien existe un acondicionamiento intelectual: “La comunicación,
los medios de comunicación de masas se ligan para, cualquiera que sea
su opinión, defender un esquema según el cual la solución
neoliberal no sólo es única sino que es la mejor. La idea es
hacernos creer que estamos en el mejor de los mundos, y aunque vayamos mal,
probablemente en otros países se está peor”.
Ah, y Cuba es uno de esos tristes países sumidos en “infame dictadura”.
No importa que Marrero, este redactor o toda persona pundonorosa aseveren
que aquí el escrutinio es público; el voto, libre y secreto,
y que nadie debe temer si no desea inmiscuirse en el sufragio, porque éste
no es obligatorio. Quién lo diría ¿verdad? ¿Será
por ello que en los 11 procesos electorales efectuados desde 1976 hasta el
presente ha participado más del 95 por ciento de los ciudadanos con
derecho al voto, y que en el último el porcentaje ascendiera a 97,6?
Bueno, herejías hay que no se osará orear en los grandes medios.
¿Cómo privilegiar con la objetividad al “régimen
de Castro” cuando esos grandes medios están sumidos en su propia
guerra por la democracia… representativa? ¿No? Rememoremos, entonces,
las filigranas con que la oposición venezolana ha copado toda la prensa
bien de su país, con el objetivo de construir una opinión pública
anuente a cualquier acción violenta contra el presidente Hugo Chávez.
Prensa que no atinó siquiera a la técnica del avestruz cuando,
tras la intentona golpista, se pusieron de relieve las trapisondas mediáticas.
Y que se permitió regodearse en el engaño, ahora por omisión:
encorsetó la situación con el más espeso silencio, a
pesar de que el gobierno constitucional hizo galas de democratismo acendrado,
al abstenerse de clausurar publicaciones y emisoras mendaces, y de confinar
en cárceles a plumíferos opuestos a la Revolución Bolivariana.
¿Alguien consciente habrá olvidado la censura impuesta por los
personeros de la Oficina Oval a unos reporteros privados del acceso directo
a los centros neurálgicos del conflicto en Afganistán, el de
Iraq, y hasta de aludir al monto de las víctimas civiles de la asimétrica
arremetida? Como su nombre en árabe lo indica, Al Yazera es una isla,
y a las islas hay que silenciarlas.
Cuba también es una isla. Y su verdad representa un lunar oscuro en
los medios del Imperio, para expresarlo con el colega Marrero, o con cualquiera
de esos cubanos, la mayoría, que, sin atosigar al turista por un dólar,
están prestos a responder a éste la más incisiva de las
preguntas sobre elecciones transparentes y democracia verdadera.
Texto relacionado: Elecciones en Cuba y el silencio de los medios de comunicación
por Juan Marrero
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