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Patrimonio

Huellas de Fernando Ortiz, actividades consulares e investigación cultural.

 “He aquí un hombre que no puede achacar al destino que le haya sido tacaño en premios de gloria, puesto que su nombre es admirado, reverenciado, en Europa y América, y tiene ganado, desde hace muchos años, la lucha que todo gran espíritu libra contra la muerte y el olvido:”[1]
Alejo Carpentier
“Mañana, cuando triunfen  los buenos (los buenos son los que ganan a la larga); cuando se aclare el horizonte lóbrego y se aviente el polvo de los ídolos falsos; cuando rueden al olvido piadoso los hombres que usaron máscara intelectual o patriótica y eran por dentro lodo y serrín, la figura de Fernando Ortiz con toda la solidez de su talento y su carácter, quedará en pie sobre los viejos escombros y será escogida por la juventud reconstructora para servir como uno de los pilares sobre los que se asienta la Nueva República.”[2]
  Rubén Martínez Villena
A Fernando Ortiz (1881-1969) se le conoce también como el tercer descubridor de Cuba, calificativo que le otorgara Juan Marinello, por la trascendencia de sus hallazgos y la profundidad y amplitud de sus investigaciones en diversos ámbitos de la cultura cubana, enraizada en lo africano. Desde muy joven manifestó su vocación sempiterna de  aprendizaje, a partir de la cual descolló por su sorprendente erudición, pero no de sabiduría aposentada sino como caudal vivo de conocimientos.
Precursor de los estudios interdisciplinarios en la Isla, pionero de un método para las ciencias sociales cimentado en una pluralidad de saberes no exclusivamente científicos, en la que confluían la literatura, la música y otras artes, aportando a la densidad conceptual de sus propuestas; sus textos, a la par que contentivos de avanzadas ideas científicas, poseen una notable hechura estética, por la cual figuran en la tradición literaria nacional.
Además de su conocida y prestigiosa labor cultural, Ortiz también desempeñó funciones consulares en el continente europeo, marco que fue propicio a sus pesquisas en la cultura ecuménica, la cual contribuyó a un abordaje múltiple de lo insular. Es necesario subrayar que su labor estuvo siempre ajena a los subterfugios de la política republicana, supeditada a las necesidades de la investigación científica.
Aunque no han perdurado documentos que permitan ahondar cualitativamente en su gestión consular, sí obra en el Archivo Central del Minrex su expediente de jubilación, conformado por fuentes que reflejan su tránsito por la Secretaría de Estado en cumplimiento de estas funciones en el exterior, que se inician con su nombramiento como Canciller del Consulado de Cuba en  La Coruña, ciudad de la Comunidad Autónoma de Galicia, España, en 1903.
En 1904 se trasladó a la ciudad italiana de Génova, donde prestó servicios hasta 1906, con el interludio de algunos meses en que estuvo al frente del Consulado de Cuba en Marsella. Estos años le permitieron adentrarse aún más en el entramado cultural del viejo mundo, cuyas prístinas impresiones había recibido de su padre, el español Rosendo Ortiz y Zorrilla y había consolidado con su estancia en las Islas Baleares, los estudios de bachillerato y licenciatura en Barcelona y más tarde el doctorado en Madrid.
A medida que avanzaba el tiempo republicano, Ortiz se percataba de la imposibilidad de resolver la situación de Cuba por medio de meras reformas educacionales y la necesidad de una transformación sistémica de la estructura político – social de la nación, que finiquitara en primera instancia la hegemonía norteamericana. Estas cuestiones son vertidas en muchos de sus trabajos, entre los cuales cabe citar su folleto de 1919 “La crisis política cubana, sus causas y remedios” y  “La situación de Cuba”, de 1931.
La actitud antiimperialista de Don Ortiz lo llevaría a formar parte del Grupo Minorista, junto a Alejo Carpentier y otros intelectuales de avanzada. Muchas de sus concepciones al respecto quedaron plasmadas en sus obras “Las relaciones económicas entre los Estados Unidos y Cuba”, de 1927 y” Las responsabilidades de los Estados Unidos en los males de Cuba”, publicada en 1931.
Desde los primeros augurios de la alborada revolucionaria de 1959, Fernando Ortiz manifestó sus simpatías por el proceso que estaba teniendo lugar, aunque murió a solo una década de su instauración en el poder. A raíz del triunfo revolucionario, afirmaría en “Historia de una pelea cubana contra los demonios”, publicada simbólicamente en 1959:
“De las más altas cumbres de Cuba bajó el cubano dios Huracán, con bufidos y vértigo de revolución, y una hueste nueva, intensa, con estampa de profeta (…) La estrella de Cuba centellea en otra alborada con sus fulgores de sangre. Parece que el sol en el oriente de su escudo está saliendo del todo y brillará entero”.

 

Pie de ilustración: Portada del expediente relativo a la jubilación de Fernando Ortiz y Fernández, Secretaría de Estado, 1939

 

(Cubaminrex- Dirección de Gestión Documental)

 

[1] Carpentier, Alejo.  Ese gran don Fernando, “El Nacional”, Caracas, 3 de octubre de 1951.

[2] Martínez Villena, Rubén. Prólogo de: Ortiz, Fernando. En la tribuna. La Habana: Imprenta El Siglo XX, 1923

 

 

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