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La red social
Por Amaury E. del Valle
Tomado del periódico Juventud Rebelde
14 de junio de 2006
Circulan por el mundo disímiles escritos, muchos basados en cifras ofrecidas por organismos internacionales, que pretenden demostrar con estadísticas y números cómo es el acceso que tienen los nacionales a la Internet.
El enfoque se ha sustentado esencialmente en el número de puntos de acceso a Internet que registran las instituciones estatales.
Sin embargo, estos «análisis», muchas veces desconocen las características propias, no ya del proceso revolucionario cubano, sino incluso de nuestra idiosincrasia, dada a la solidaridad, a compartirlo todo, al punto de que nadie puede calcular cuántas personas se sirven de un mismo punto de acceso a Internet, e incluso de una misma cuenta de correo.
Cuba, con respecto a la tecnología, ha vuelto a la consigna decimonónica de los mosqueteros, al tratar de que la Internet sea una para todos y todos para una, facilitando el acceso a este recurso a los sectores priorizados de la sociedad, allí donde pueda ser más útil, dada la concreta realidad de que este acceso, como muchas otras cosas que Estados Unidos ha torpedeado por más de 40 años, también es escaso.
La Isla está entre los pocos países del mundo que todavía se conecta a Internet a través de estaciones satelitales, pues la fibra óptica, que daría una amplitud de banda muy necesaria a nuestras comunicaciones, se abre alrededor de nuestra geografía y circula a pocos kilómetros de las costas sin tocarlas, pues cualquier empresa que la opere sabe de antemano que si conecta un simple cable a suelo cubano, automáticamente quedaría sujeta a sanciones descomunales por parte del gobierno norteamericano.
La gran paradoja es que el país, mientras tanto, ha recuperado gradualmente sus comunicaciones internas, tendiendo una red de fibra óptica nacional que ha costado millones, a través de la cual hoy circulan voz y datos, pero también señales televisivas y radiales, lo cual ha conjurado en gran medida el silencio posterior al paso de un huracán, por ejemplo.
Silencio, también, pero de otro tipo, es el que hacen muchas veces las grandes agencias de prensa sobre la conectividad en Cuba, a veces con mala intención, otras por falta de conocimiento.
Se habla mucho y se nos enjuicia con mucha asiduidad, sin tener en cuenta que la casi totalidad de los estudiantes universitarios tienen su propio correo y acceso a Internet.
No obstante, a ellos, como a muchos médicos, artistas, científicos, investigadores, periodistas y otros profesionales, este recurso les es dado totalmente gratis, o subvencionado por el Estado, en aras de que con los conocimientos adquiridos y compartidos a través de la red de redes contribuyan al desarrollo social.
Algo similar sucede a quienes asisten a los 600 Joven Club diseminados por toda la geografía cubana, desde los cuales se accede a Internet y se enseña a colocar contenidos en esta, bajo la fórmula de que es tan importante en el mundo virtual dar como recibir.
El silencio y la distorsión del tema es tal, que muchos visitantes se asombran cuando ven con sus propios ojos una computadora alimentada por panel solar para un solo niño en una intrincada escuelita, o una facultad de montaña universitaria con Internet gratis, cosas que no tendrían sentido en la mente lucrativa de ningún proveedor de servicios, para quienes conexión y dinero son sinónimos.
la realidad ha impuesto las prioridades, el bloqueo ha obligado a las limitaciones, e incluso a comercializar el servicio en instalaciones hoteleras o cibercafés, algo que también miran ciertos visitantes con asombro.
Y es que a muchos, fuera de Cuba y también dentro, les cuesta entender que el acceso a Internet en la Isla no responde a los patrones de paga y lleva que se imponen en todo el mundo, porque como en tantas otras cosas, en las condiciones de un país subdesarrollado y bloqueado, se apuesta una vez más, por darle a quien más pueda aportar a los demás, por convertirla en una red de redes social.
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