El
24 de mayo de 1888 envió el presidente de los Estados
Unidos a los pueblos de América, y al reino de Hawai
en el mar Pacífico, el convite donde el Senado y
la Cámara de Representantes los llamaban a una Conferencia
Internacional en Washington, para estudiar, entre otras
cosas, "la adopción por cada uno de los gobiernos
de una moneda común de plata, que sea de uso forzoso
en las transacciones comerciales recíprocas de los
ciudadanos de todos los Estados de América".
El
7 de abril de 1890, la Conferencia Internacional Americana,
en que eran parte los Estados Unidos, recomendó que
se estableciese una unión monetaria internacional;
que como base de esta unión se acuñasen una
o más monedas internacionales, uniformes en peso
y ley, que pudiesen usarse en todos los países representados
en esta Conferencia; que se reuniese en Washington una Comisión
que estudiase la cantidad, curso, valor y relación
de metales en que se habría de acuñar la moneda
internacional.
El
23 de marzo de 1891, después de un mes de prórroga
solicitado de la Comisión Monetaria Internacional
reunida en Washington, por la delegación de los Estados
Unidos, "para tener tiempo de conocer la opinión
pendiente de la Cámara de Representantes sobre la
acuñación libre de la plata", declaró
la delegación de los Estados Unidos, ante la Conferencia,
que la creación de una moneda común de plata
en curso forzoso en todos los Estados de América
era un sueño fascinador, que no podía intentarse
sin el avenimiento con las demás potencias del globo.
Recomendó la delegación el uso del oro y la
plata para la moneda, con relación fija. Deseó
que los pueblos de América, y el reino de Hawai que
se sentaba en la Conferencia, invitasen unidos, a las potencias
a un Congreso Monetario Universal.
¿Qué
lección se desprende para América, de la Comisión
Monetaria Internacional, que los Estados Unidos provocaron,
con el acuerdo del Congreso, en 1888, para tratar de la
adopción de una moneda común de plata, y a
la que los Estados Unidos dicen, en 1891, que la moneda
común de plata es un sueño fascinador?
A
lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino
a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente.
En la política, lo real es lo que no se ve. La política
es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior,
los factores diversos y opuestos de un país, y de
salvar al país de la enemistad abierta o la amistad
codiciosa de los demás pueblos. A todo convite entre
pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún
pueblo hace nada contra su interés; de lo que se
deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en
su interés. Si dos naciones no tienen intereses comunes,
no pueden juntarse. Si se juntan, chocan. Los pueblos menores,
que están aún en los vuelcos de la gestación,
no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio
al exceso de productos de una población compacta
y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en
la unión con los pueblos menores. Los actos políticos
de las repúblicas reales son el resultado compuesto
de los elementos del carácter nacional, de las necesidades
económicas, de las necesidades de los partidos, de
las necesidades de los políticos directores. Cuando
un pueblo es invitado a unión por otro, podrá
hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado,
podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada
de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced
el político venal o demente, y glorificarlo con palabras
serviles; pero el que siente en su corazón en la
angustia de la patria, en que vigila y prevé, ha
de inquirir y ha de decir qué elementos componen
el carácter del pueblo que convida y del convidado,
y si están predispuestos a la obra común por
antecedentes y hábitos comunes, y si es probable
o no que los elementos temibles del pueblo invitante se
desarrollen en la unión que pretende, con peligro
del invitado; ha de inquirir cuáles son las fuerzas
políticas del país que le convida, y los intereses
de sus partidos y los intereses de sus hombres, en el momento
de la invitación. Y el que resuelva sin investigar,
o desee la unión sin conocer, o la recomiende por
mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la poquedad
del alma aldeana, hará mal a América. ¿En
qué instante se provocó y se vino a reunir,
la Comisión Monetaria Internacional? ¿Resulta
de ella, o no, que la política internacional americana
es, o no es, una bandera de política local y un instrumento
de la ambición de los partidos? ¿Han dado,
o no, esta lección a Hispanoamérica los mismos
Estados Unidos? ¿Conviene a Hispanoamérica
desoírla, o aprovecharla?
Un
pueblo crece y obra sobre los demás pueblos en acuerdo
con los elementos de que se compone. La acción de
un país, en una unión de países, será
conforme a los elementos que predominen en él, y
no podrá ser distinta de ellos. Si a un caballo hambriento
se le abre la llanura, la llanura pastosa y fragante, el
caballo echará a correr sobre el pasto, y se hundirá
en el pasto hasta la cruz, y morderá furioso a quien
le estorbe.
Dos
cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto peligro
como un cóndor y un cordero. Los mismos cóndores
jóvenes, entretenidos en los juegos fogosos y peleas
fanfarronas de la primera edad, no defenderían bien,
o no acudirían a tiempo y juntos a defender, la presa
que les arrebatase el cóndor maduro. Prever es la
cualidad esencial en la constitución y gobierno de
los pueblos. Gobernar no es más que prever. Antes
de unirse a un pueblo, se ha de ver qué daños,
o qué beneficios, pueden venir naturalmente de los
elementos que lo componen.
Ni
es sólo necesario averiguar si los pueblos son tan
grandes como parecen y si la acumulación de poder
que deslumbra a los impacientes y a los incapaces no se
ha producido a costa de cualidades superiores, y en virtud
de las que amenazan a quienes lo admiran; sino que, aun
cuando la grandeza sea genuina y de raíz, sea durable,
sea justa, sea útil, sea cordial, cabe que de otra
índole y de otros métodos que la grandeza
a que puede aspirar por sí, y llegar por sí,
con métodos propios, -que son los únicos viables-
un pueblo que concibe la vida y vive en diverso ambiente,
de un modo diverso. En la vida común, las ideas y
los hábitos han de ser comunes. No basta que el objeto
de la vida sea igual en los que han de vivir juntos, sino
que lo ha de ser la manera de vivir; o pelean, y se despeñan,
y se odian, por las diferencias de manera, como se odiarían
por las de objeto. Los países que no tienen métodos
comunes, aun cuando tuvieses idénticos fines, no
pueden unirse para realizar su fin común con los
mismos métodos.
Ni
el que sabe y ve puede decir honradamente, -por que eso
sólo lo dice quien no sabe o no ve, o no quiere por
su provecho ver ni saber-, que en los Estados Unidos prepondere
hoy, siquiera, aquel elemento más humano y viril,
aunque siempre egoísta y conquistador, de los colonos
rebeldes, ya segundones de la nobleza, ya burguesía
puritana; sino que este factor, que consumió la raza
nativa, fomentó y vivió de la esclavitud de
otra raza y redujo o robó los países vecinos,
se ha acendrado en vez de suavizarse, con el injerto continuo
de la muchedumbre europea, cría tiránica del
despotismo político y religioso, cuya única
cualidad común es el apetito acumulado de ejercer
sobre los demás la autoridad que se ejerció
sobre ellos. Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro
como único derecho: "esto será nuestro,
porque lo necesitamos". Creen en la superioridad incontrastable
de la "raza anglosajona contra la raza latina".
Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer
y vejan hoy, y de la india, que exterminan. Creen que los
pueblos de Hispanoamérica están formados,
principalmente, de indios y de negros. Mientras no sepan
más de Hispanoamérica los Estados Unidos y
la respeten más, -como con la explicación
incesante, urgente, múltiple, sagaz, de nuestros
elementos y recursos, podrían llegar a respetarla-,
¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispanoamérica
a una unión sincera y útil para Hispanoamérica?
¿Conviene a Hispanoamérica la unión
política y económica con los Estados Unidos?
Quien
dice unión económica, dice unión política.
El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve.
Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad.
El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el
que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo
excesivo de un país en el comercio con otro, se convierte
en influjo político.
La
política es obra de los hombres, que rinden sus sentimientos
al interés, o sacrifican al interés una parte
de sus sentimientos. Cuando un pueblo fuerte da de comer
a otro, se hacer servir de él. Cuando un pueblo fuerte
quiere dar batalla a otro, compele a la alianza y al servicio
a los que necesitan de él. Lo primero que hace un
pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los
demás pueblos. El pueblo que quiera ser libre, sea
libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países
igualmente fuertes. Si ha de preferir a alguno, prefiera
al que lo necesite menos, al que lo desdeñe menos.
Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa
contra un pueblo de América. El caso geográfico
de vivir juntos en América no obliga, sino en la
mente de algún candidato o algún bachiller,
a unión política. El comercio va por las vertientes
de tierra y agua y detrás de quien tiene algo que
cambiar por él, sea monarquía o república.
La unión, con el mundo, y no con una parte de él;
no con una parte de él, contra otra. Si algún
oficio tiene la familia de repúblicas de América,
no es ir de arria de una de ellas contra las repúblicas
futuras.
Ni
en los arreglos de la moneda, que es el instrumento del
comercio, puede un pueblo sano prescindir -por acatamientos
a un país que no le ayudó nunca, o lo ayuda
por emulación y por miedo de otro-, de las naciones
que le anticipan el caudal necesario para sus empresas,
que le obligan el cariño con su fe, que lo espera
en las crisis y le dan modo para salir de ellas, que lo
tratan a la par, sin desdén arrogante, y le compran
sus frutos. Por el universo todo debiera ser una moneda.
Será una. Todo lo primitivo, como la diferencia de
monedas, desaparecerá cuando ya no haya pueblos primitivos.
Se ha de poblar la tierra, para que impere, en el comercio
como en la política, la paz igual y culta. Ha de
procurarse la moneda uniforme. Ha de hacerse cuanto prepare
a ella. Ha de reconocerse el uso legal de los metales imprescindibles.
Ha de establecerse una paridad fija entre el otro y la plata.
Ha de desearse, y de ayudar a realizar, cuanto acerque a
los hombres y les haga la vida más moral y llevadera.
Ha de realizarse cuanto acerque a los pueblos. Pero el modo
de acercarlos no es levantarlos unos contra otros; ni se
prepara la paz del mundo armando un continente contra las
naciones que han dado vida y mantienen con sus compras a
la mayor parte de los países de él; ni convidando
a los pueblos de América, adeudados a Europa, a combinar,
con la nación que nunca les fió, un sistema
de monedas cuyo fin es compeler a sus acreedores de Europa,
que les fía, a aceptar una moneda que sus acreedores
rechazan.
A
moneda del comercio ha de ser aceptable a los países
que comercian. Todo cambio en la moneda ha de hacerse, por
lo menos, en acuerdo con los países con que se comercia
más. El que vende no puede ofender a quien le compra
mucho y le da crédito, por complacer a quien le compra
poco, o se niega a comprarle, y no le da crédito.
Ni lastimar, ni alarmar siquiera, debe un deudor necesitado
a sus acreedores. No debe levantarse entre países
que comercial poco, o no dejan comerciar por razones de
moneda, una moneda que perturba a los países con
quienes se comercia mucho. Cuando el mayor obstáculo
al reconocimiento y fijeza de la moneda de plata es el temor
de su producción excesiva en los Estados nidos, y
del valor ficticio que los Estados Unidos le puedan dar
por su legislación, todo lo que aumente ese temor,
daña a la plata. El porvenir de la moneda de plata
está en la moderación de sus productores.
Forzarla, es despreciarla. La plata de Hispanoamérica
se levantará o caerá con la plata universal.
Si los países de Hispanoamérica vende, principalmente,
cuando no exclusivamente, sus frutos en Europa, y reciben
de Europa empréstitos y créditos, ¿qué
conveniencia puede haber en entrar, por un sistema que quiere
violentar al europeo, en un sistema de moneda que no se
recibiría, o se recibiría depreciada, en Europa?
Si el obstáculo mayor para la elevación de
la plata y su relación fija con el oro es el temor
de su producción excesiva y valor ficticio en los
Estados Unidos, ¿qué conveniencia pueda haber,
ni para los países de Hispanoamérica que producen
plata, ni para los Estados Unidos mismos, en una moneda
que asegure mayor imperio y circulación a la plata
de los estados Unidos?
Pero
el Congreso Panamericano, que pudo ver lo que no siempre
vio; que debió librar a las repúblicas de
América de compromisos futuros de que no las libró;
que debió estudiar las propuestas de la convocatoria
por sus antecedentes políticos y locales, la plétora
fabril traída por el proteccionismo desordenado-,
la necesidad del Partido Republicano de halagar a sus mantenedores
proteccionistas, - la ligereza con que un prestidigitador
político, poniéndole colorines de república
a una idea imperial, podía lisonjear a la vez, como
bandera de candidato, el interés de los productores
ansiosos de vender y la conquista latente y poco menos que
madura en la sangre colonial; -el Congreso Panamericano,
que demoró lo que no quiso resolver, por un espíritu
imprudente de concesión innecesaria, o no pudo resolver,
por empeños sinuosos o escasez de tiempo, -recomendó
la creación de una Unión Monetaria Internacional,
-la creación de una o más monedas internacionales-,
la reunión de una Comisión que acordase el
tipo y reglamentación de la moneda. Las repúblicas
de América atendieron, corteses, la recomendación.
Los delegados de la mayoría de ellas se reunieron
en Washington. México y Nicaragua, y el Brasil y
el Perú, y Chile y la Argentina delegaron en sus
ministros residentes. El ministro argentino renunció
el puesto, que ocupó más tarde otro delegado.
Las otras repúblicas enviaron delegados especiales.
El Paraguay no envió. Ni envió Centroamérica,
fuera de Nicaragua, y de Honduras, cuyo delegado, hijo de
un almirante norteamericano, no hablaba español.
Presidió la Comisión, por acuerdo unánime,
el ministro de México. Sesiones de uso, comisiones
previas, reglamento; lo uniforme no era allí la moneda,
sino la duda, cambiada a chispazos en los debates, -la seguridad-
de que no podía llegarse a un acuerdo. Uno hablaba
del "comercio real". Otro se declaraba, antes
de sazón, hostil "a esa idea imposible".
Pidió un delegado de los Estados Unidos una larga
demora. "para tener tiempo de conocer la opinión
pendiente de la Cámara de Representantes sobre la
acuñación libre de la plata"; y un delegado,
al obtener que se redujese a términos de cortesía
lícita la pretensión excesiva del delegado
de los estados Unidos, estableció que "se entendiese
cómo la demora era para que la delegación
del país invitante pudiera completar sus estudios
preparatorios, puesto que de ningún modo se habría
de suponer que la opinión de la Cámara de
Representantes hubiese por necesidad de alterar las opiniones
formadas de la Comisión".
Cumplida
la demora y desbandada la Cámara de Representantes
sin haber votado la ley de plata libre, las delegaciones
ocuparon de nuevo sus puestos en la mesa de la Comisión.
Acaso habían oído algunos lo que decía
sin reserva gente notable del país. Oyeron acaso
que la Comisión no parecía bien a los que
pasaban por amigos de la mayoría del gobierno. Que
al gobierno no le agradaba el interés de su minoría
en mantener, por lo que se tachan de artificios, la política
continental. Que este alarde peligroso de la política
continental, ni de una minoría era siquiera, sino
de un solo hombre. Que esta Comisión hueca debía
cesar, para que no sirviese de comodín político
a un candidato que no se para en medios y sabe sacar montes
de las hormigas. Que la simple discusión de una moneda
de plata común alarmaba y ofendía a los mantenedores
del oro, que imperan en los consejos actuales del Partido
Republicano. Que los países hispanoamericanos verían
por sí, sin duda, si les quedan ojos, el peligro
de abrirse, por concepto de cortesía o por impaciencia
de falso progreso, a una política que los atrae,
por el abalorio de la palabra y los hilos de la intriga,
a una unión fraguada por los que la proponen con
un concepto distinto del de los que aceptan. Se puso en
pie un delegado de los Estados Unidos, ante la Comisión
por los Estados Unidos convocada para adoptar una moneda
común de plata, y propuso, al pie de una robusta
exposición de verdades monetarias, donde llamaba
"sueño fascinador" a la moneda internacional,
que declarase la Comisión inoportuna la creación
de una o más monedas de plata comunes; que se opinase
que el establecimiento del patrón doble de plata
y oro, con relación universalmente acatada, facilitaría
la creación de aquellas monedas; que recomendase
que las repúblicas representadas en la Conferencia
conviden juntas, por el conducto de sus respectivos gobiernos,
a una Conferencia Monetaria Universal, para tratar del establecimiento
de un sistema uniforme y proporcionado de monedas de oro
y plata. "Hay otro mundo -decía el delegado-
y un mundo muy vasto del otro lado del mar, y la insistencia
de este mundo en no elevar la plata a la dignidad del oro
es el obstáculo grande e insuperable que se presenta
hoy para la adopción de la plata internacional".
¡Los Estados Unidos, pues, marcaban a la América
complaciente el peligro que hubiera corrido en acceder con
demasiada prisa a las sugestiones de los Estados Unidos!
A
cinco repúblicas -a Chile, Argentina, Brasil, Colombia
y Uruguay-, dio la omisión el encargo de estudiar
las proposiciones de los Estados Unidos, y la omisión,
unánime, acordó recomendar que se aceptase
lasa proposiciones norteamericanas. "No podía
extrañar la omisión que los delegados de los
Estados Unidos se hubiera visto obligada a reconocer por
sí misma." "La omisión acataba,
como que es de elemental justicia, el principio de someter
a todos los pueblos del universo a la proposición
de fijar las sustancias y proporciones de la moneda en que
han de comerciar los pueblos todos." "Sueño
sería, impropio dela generosidad y grandeza a que
están obligadas las repúblicas negarse directa
e indirectamente, con violación de los intereses
naturales y los deberes humanos, al trato libérrimo
con los demás pueblos del globo." Pero no propuso
la Comisión, como los Estados Unidos, que se convidase
"a las potencias del globo", "por no correr
el peligro con una invitación no bastante justificada,
de alarmar con temores, no por infundados menos ciertos,
a los poderes que pudiesen ver en la convocatoria el empeño,
por más que hábil y disimulado, de precipitarlos
a una solución a que de seguro llegarán antes
por sí propios, caso que quieran llegar, que si se
les excita la suspicacia, o se lastima su puntillo con una
insistencia que no tendría la razón de allegar
al problema monetario un solo factor nuevo de importancia.
Ni un solo dato desconocido." "La plata debe irse
acercando al oro." "La producción inmoderada
aleja la plata del oro." "A la moneda de plata
no se la puede, ni se la debe, hacer desaparecer."
"Se ha de tender a la moneda uniforme, pero por el
acuerdo confiado y sincero de todos los pueblos trabajadores
del globo, para que tenga base que dure, y no por los recursos
violentos del artificio llevado a la economía, que
fomentan rencores y provocan venganzas, y no pueden durar."
"pero el convite en conjunto no se recomienda"
Y cuando a su paso por los detalles monetarios tocaba a
la Comisión marcar el espíritu con que Hispanoamérica
los entendía, y entiende cuanto atañe a la
vida individual e independiente de su pueblo, lo marcó
así:
"Los
países representados en esta Conferencia no vinieron
aquí por el falso atractivo de novedades que no están
aún en sazón, ni porque desconociesen los
factores todos que precedieron y acompañaron el hecho
de su convocatoria sino para dar una muestra, fácil
a los que están seguros de su destino propio y su
capacidad para realizarlo, de aquella cortesía cordial
que es tan grata y útil entre los pueblos como entre
los hombres. -de su disposición a tratar con buena
fe lo que se cree propuesto con buena voluntad- y del afectuoso
deseo de ayudar, con los Estados Unidos como con los demás
pueblos del mundo, a cuanto contribuya al bienestar y la
paz de los hombres." "No ha de haber prisa censurable
en provocar, ni en contraer, entre los pueblos compromisos
innecesarios que estén fuera de la naturaleza y de
la realidad." "El oficio del continente americano
no es perturbar el mundo con factores nuevos de rivalidad
y de discordia, ni restablecer con otros métodos
y nombres el sistema imperial, por donde se corrompen y
mueren las repúblicas, sino tratar en paz y honradez
con los pueblos que en la hora dudosa de la emancipación
nos enviaron sus soldados, y en la época revuelta
de la constitución nos mantienen abiertas sus cajas."
"Los pueblos todos deben reunirse en amistad, y con
la mayor frecuencia dable, para ir reemplazando, con el
sistema de acrecentamiento universal, por sobre la lengua
de los istmos y la barrera de los mares, el sistema, muerto
para siempre, de dinastías y de grupos." "las
puertas de cada nación deben estar abiertas a la
libertad fecundante y legítima de todos los pueblos.
Las manos de cada nación deben estar libres para
desenvolver sin trabas el país, con arreglo a su
naturaleza distintiva y a sus elementos propios."
Cuando
se pone en pie el anfitrión, los huéspedes
no insisten en quedarse sentados a la mesa. Cuando los huéspedes
venidos de muy lejos, más por cortesía que
por apetito, hallan al anfitrión a la puerta, diciendo
que no hay qué comer, los huéspedes no lo
echan de lado, ni entran en su casa a la fuerza, ni dan
voces para que les abran el comedor. Los huéspedes
deben decir alto a la cortesía por que vinieron,
y cómo no vinieron por servidumbre ni necesidad,
para que el anfitrión no crea que están tallados
en una rodilla, o son títeres que van y que vienen,
por donde quiera que vayan o vengan el titiritero. Luego,
irse. Hay un modo de andar, de espalda vuelta, que aumenta
la estatura. Un delegado hispanoamericano -entendiendo que
la Comisión Monetaria no venía más
que "a cumplir lo que se había recomendado"-
apadrinó, sin ver que una recomendación lleva
aparejada la discusión y confirmación antes
del cumplimiento, la opinión sin cabeza visible que
andaba serpeando por entre los delegados: que la Comisión
Monetaria no había venido, como creían los
Estados Unidos que la promovieron, a ver si podía
y debía crearse una moneda internacional, sino a
crearla ahora, aunque los Estados Unidos reconociesen que
ahora no se podía crear; y el delegado propuso un
plan minucioso de moneda en América, que llamó
"Colombus", sobre los trazos de la moneda de la
Unión Latina, más un Consejo de Vigilancia,
"residente en Washington".
No
habían dicho los Estados Unidos que el obstáculo
para la creación de la moneda internacional fuese
la existencia de la Cámara de Representantes a votar
la acuñación libre de la plata, sino la resistencia
del mundo vasto del otro lado del mar aceptar la moneda
de plata en relación fija e igual con la moneda de
oro; pero un delegado hispanoamericano preguntó así:
"No sería más prudente, dada la probabilidad
de que la nueva Cámara de Representantes vote antes
de fin de año la acuñación libre de
la plata, suspender las sesiones de la Conferencia, por
ejemplo, hasta el día primero de enero de 1892, cuando
probablemente este asunto habrá sido decidido por
el gobierno de los Estados Unidos?" Y cuando otro delegado
urgía, por el decoro de los huéspedes, la
aceptación, lisa y prudente, de las proposiciones
de los estados Unidos, salva la del Congreso Universal,
habló un delegado hispanoamericano, que no habla
español, para pedir y obtener la suspensión
de la sesión. ¿Quién podía tener
interés, puesto que los hispanoamericanos no tenían,
en que la Comisión promovida por los Estados Unidos
continuase en funciones, contra la opinión terminante
de los Estados Unidos? ¿Quién azuzaba, en
una asamblea de mayoría hispanoamericana, la oposición
a las proposiciones de los Estados Unidos? ¿A quién,
sino a los que hacen bandera de la política continental,
propuesta por los Estados Unidos, perjudicaba que la idea
de una moneda continental se declarase imposible en la Comisión
reunida para un estudio por los mismos Estados Unidos? ¿Por
qué surgía, ni cómo podía surgir
de un modo natural en la Comisión Monetaria, de mayoría
hispanoamericana, el pensamiento de oponerse a la clausura
de una Comisión reunida para tratar de un proyecto
que expresamente declaraban irrealizable, casi unánimemente,
los delegados hispanoamericanos? Si a sí no se servían,
¿qué interés, en el seno de ellos,
se aprovechaba de su buena voluntad excesiva, y los ponía
a su servicio? ¿O era, como decían los que
saben del interior de la política, que el interés
de un grupo político, o de un político tenaz
y osado de los Estados Unidos, levantaba por resortes ocultos
e influencias privadas una asamblea de pueblos contra la
opinión solemne del gobierno de los Estados Unidos?
¿Era que la asamblea de pueblos hispanoamericanos
iba a servir los intereses de quien los compele a ligas
confusas, a ligas peligrosas, a ligas imposibles, desdeñando
el consejo que, por su interés local de partidarios
o por justicia internacional, les abren las puertas para
que se salven ellas?
Se
meditó; se temió, se urgió, se corrió
gran riesgo de hacer lo que no se debía: de dejar
en pie -al capricho de una política ajena, desesperada
y sin escrúpulos,- una asamblea que, por lo complejo
y delicado de las relaciones de muchos pueblos de Hispanoamérica
con los Estados Unidos, podía, en manos de un candidato
inclemente, ceder a los Estados Unidos más de lo
que conviniese al respeto y seguridad de los pueblos hispanoamericanos.
Mostrarse
acomodaticio hasta la debilidad no sería el mejor
modo de salvarse de los peligros a que expone en el comercio,
con un pueblo pujador y desbordante, la fama de la debilidad.
La cordura no está en confirmar la fama de débil,
sino en aprovechar la ocasión de mostrarse enérgico
sin peligro. Y en esto de peligro, lo menos peligroso, cuando
se elige la hora propicia y se la usa con mesura, es ser
enérgico. Sobre serpientes, ¿quién
levanta pueblos? Pero su hubo batalla; si el afán
de progreso en las repúblicas aún no cuajadas
lleva a sus hijos, por singular desvió de la razón,
o levadura enconada de servidumbre, a confiar más
en la virtud del progreso en los pueblos donde no nacieron,
que en el pueblo en que han nacido; si el ansia de ver crecer
el país nativo los lleva a la ceguedad de apetecer
modos y cosas que son afuera producto de factores extraños
u hostiles al país, que ha de crecer conforme a sus
factores y por métodos que resulten de ellos; si
la cautela natural de los pueblos clavados en las cercanías
de Norteamérica no creía aconsejable lo que,
más que a los demás, por esa misma cercanía,
les interesa; si la prudencia local y respetable, o el temor,
o la obligación privada, ponían más
cera en los caracteres que la que se ha de tener en los
asuntos de independencia y creación hispanoamericana,
en la Comisión Monetaria no se vio, porque acordó
levantar de lleno sus sesiones.
La
Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891.