Señoras
y señores:
Apenas
acierta el pensamiento, a la vez trémulo y desbordado,
a poner, en la brevedad que le manda la discreción
el júbilo que nos rebosa de las almas en ésta
noche memorable. ¿Qué puede decir el hijo
preso, que vuelve a ver a su madre por entre las rejas de
su prisión? Hablar es poco, y es casi imposible,
más por el íntimo y desordenado contento,
por la muchedumbre de recuerdos, de esperanzas y de temores,
que por la corteza de no poder darles expresión digna.
Indócil y mal enfrenada ha de brotar la palabra de
quien, al ver en torno suyo, en la persona de sus delegados
ilustres, los pueblos que amamos con pasión religiosa;
al ver cómo, por mandato de secreta voz, puesto como
más altos para recibirlos, y las mujeres como más
bellas; al ver el aire tétrico y plomizo animado
como de sombras, sombras de águilas que echan a volar,
de cabezas que pasan moviendo el penacho consejero, de tierras
que imploran, pálidas y acuchilladas, sin fuerzas
para sacarse el puñal el corazón, del guerrero
magnánimo del Norte, que da su mano de admirador,
desde el pórtico de Mount Vernon, al héroe
volcánico del Sur, intenta en vano recoger, como
quien se envuelve en una bandera, el tumulto de sentimientos
que se le agolpa al pecho, y sólo halla estrofas
inacordes y odas indómitas para celebrar, en la casa
de nuestra América, la visita de la madre ausente,
-para decirle, en nombre de hombres y de mujeres, que el
corazón no puede tener mejor empleo que darse, todo,
a los mensajeros de los pueblos americanos. ¿Cómo
podremos pagar a nuestros huéspedes ilustres esta
hora de consuelo? ¿A qué hemos de esconder,
con la falsía de la ceremonia, lo que se nos está
viendo en los rostros? Pongan otros florones y cascabeles
y franjas de oro a sus retóricas; nosotros tenemos
esta noche la elocuencia de la Biblia, que es la que mana,
inquieta y regocijada como el arroyo natural, de la abundancia
del corazón. ¿Quién de nosotros ha
de negar, en esta noche en que no se miente, que por muchas
raíces que tengan en esta tierra de libre hospedaje
nuestra fe, o nuestros afectos, o nuestros hábitos,
o nuestros negocios, por tibia que nos haya puesto el alma
la magia infiel del hielo, hemos sentido, desde que supimos
que estos huéspedes nobles nos venían a ver,
como que en nuestras casas había más claridad,
como que andábamos a paso más vivo, como que
éramos más jóvenes y generosos, como
que nuestras ganancias eran mayores y seguras, como que
en el vaso seco volvía a nacer flor? Y si nuestras
mujeres quieren decirnos la verdad, ¿no nos dicen,
no nos están diciendo con sus ojos leales, que nunca
pisaron más contentos la nieve ciertos pies de hadas
que algo que dormía en el corazón, en la ceguera
de la tierra extraña, se ha despertado de repente;
que un canario alegre ha andado estos días entrando
y saliendo por las ventanas, sin temor al frío, con
cintas y lazos en el pico, yendo y viniendo sen cesar, porque
para esta fiesta de nuestra América ninguna flor
parecía bastante fina y primorosa? Esta es la verdad.
A unos nos ha echado aquí la tormenta; a otros, la
leyenda; a otros, el comercio; a otros, la determinación
de escribir, en una tierra que no es libre todavía,
la última estrofa del poema de 1810; a otros les
mandan vivir aquí, como su grato imperio, dos ojos
azules. Pero por grande que esta tierra sea, por ungida
que esté para los hombres libres la América
en que nació Lincoln, para nosotros, en el secreto
de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni
nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es
la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América
en que nació Juárez.
De
lo más vehemente de la libertad nació en días
apostólicos la América del Norte. No querían
los hombres nuevos, coronados de luz, inclinar ante ninguna
otra su corona. De todas partes, al ímpetu de la
frente, soltaba hecho pedazos, en las naciones nacidas de
la agrupación de pueblos pequeños, el yugo
de la razón humana, envilecida en los imperios creados
a punta de lanza, o de diplomacia, por la gran república
que se alocó con el poder; nacieron los derechos
modernos de las comarcas pequeñas y autóctonas;
que habían elaborado en el combate continuo su carácter
libre, y preferían las cuevas independientes a la
prosperidad servil. A fundar la república le dijo
al rey que venia, uno que no se le quitaba el sombrero y
le decía de tú. Con mujeres y con hijos se
fían al mar, y sobre la mesa de roble del camarín
fundan su comunidad, los cuarenta y uno de la Flor de Mayo.
Cargan mosquetes, para defender las siembras; el trigo que
comen, lo aran; suelo sin tiranos es lo que buscan, para
el alma sin tiranos. Viene, de fieltro y blusón,
el puritano intolerante e integérrimo, que odia el
lujo, porque por él prevarican los hombres; viene
el cuáquero, de calzas y chupa, y con los árboles
que derriba, levanta la escuela; viene el católico,
perseguido por su fe, y funda un Estado donde no se puede
perseguir por su fe a nadie; viene el caballero, de fusta
y sombrero de plumas, y su mismo hábito de mandar
esclavos le da altivez de rey para defender su liberta.
Alguno trae en su barca una negrada que vender, o un fanático
que quema a las brujas, o un gobernador que no quiere oír
hablar de escuelas; lo que los barcos traen es gente de
universidad y de letras, suecos místicos, alemanes
fervientes, hugonotes francos, escoceses altivos, bátavos
económicos; traen arados, semillas, telares, arpas,
salmos, libros. En la casa hecha por sus manos vivían,
señores y siervos de sí propios; y de la fatiga
de bregar con la naturaleza se consolaba el colono valeroso
al ver venir, de delantal y cofia, a la anciana del hogar,
con la bendición en los ojos, y en la mano la bandeja
de los dulces caseros, mientras una hija abría el
libro de los himnos, y preludiaba otra vez en el salterio
o en el clavicordio. La escuela era de memoria y azotes;
pero el ir a ella por la nieve era la escuela mejor. Y cuando,
de cara al viento, iban de dos en dos por los caminos, ellos
de cuero y escopeta, ellas de bayeta y devocionario, a oír
iban al reverendo nuevo, que le negaba al gobernador el
poder en las cosas privadas de la religión; iban
a elegir sus jueces, o a residenciarlos. De fuera no venía
la casta inmunda. La autoridad era de todos, y la daban
a quien se la querían dar. Sus ediles elegían,
y sus gobernadores. Si le pesaba al gobernador convocar
al consejo, por sobre él lo convocaban los "hombres
libres". Allá, por los bosques, el aventurero
taciturno caza hombres y lobos, y no duerme bien sino cuando
tiene de almohada un tronco recién caído o
un indio muerto. Y en las mansiones solariegas del Sur todo
es minué y bujías, y coro de negros cuando
viene el coche del señor, y copa de plata para el
buen Madera. Pero no había acto de la vida que no
fuera pábulo de la libertad en la colonias republicanas
que, más que cartas reales, recibieron del rey certificados
de independencia. Y cuando el inglés, por darla de
amo, les impone un tributo que ellas no se quieren imponer,
el guante que le echaron al rostro las colonias fue el que
el inglés mismo había puesto en sus manos.
A su héroe, le traen el caballo a la puerta. Él
pueblo que luego había de negarse a ayudar, acepta
ayuda. La libertad que triunfa es como él, señorial
y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo,
más de la localidad que de la humanidad, una libertad
que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros
de una raza esclava, que antes de un siglo echa en tierra
las andas de una sacudida; ¡y surge, con un hacha
en la mano, el leñador de ojos piadosos, entre el
estruendo y el polvo que levantan al caer las cadenas de
un millón de hombres emancipados! Por entre los cimientos
desencajados en la estupenda convulsión se pasea,
codiciosa y soberbia, la victoria; reaparecen acentuados
por la guerra, los factores que constituyeron la nación;
y junto al cadáver del caballero, muerto sobre sus
esclavos, luchan por el predominio en la república,
y en el universo, el peregrino que no consentía señor
sobre él, ni criado bajo él, ni más
conquistas que la que hace el grano en la tierra y el amor
en los corazones, -y el aventurero sagaz y rampante, hecho
a adquirir y adelantar en la selva, sin más ley que
su deseo, ni más límite que el de su brazo,
compañero solitario y temible del leopardo y el águila.
Y
¿cómo no recordar, para gloria de los que
han sabido vencer a pesar de ellos, los orígenes
confusos, y manchados de sangre, de nuestra América,
aunque al recuerdo leal, y hoy más que nunca necesario,
le pueda poner la tacha de vejez inoportuna aquel a quien
la luz de nuestra gloria, de la gloria de nuestra independencia,
estorbase para el oficio de comprometerla o rebajarla? Del
arado nació la América del Norte, y la Española,
del perro de presa. Una guerra fanática sacó
de la poesía de sus palacios aéreos al moro
debilitado en la riqueza, y la soldadesca sobrante, criado
con el vino crudo y el odio a los herejes, se echó,
de coraza y arcabuz, sobre el indio de peto de algodón.
Llenos venían los barcos de caballeros de media loriga,
de segundones desheredados, de alféreces rebeldes,
de licenciados y clérigos hambrones. Traen culebrinas,
rodelas, picas, quijotes, capacetes, espaldares, yelmos,
perros. Ponen la espada a los cuatro vientos, declaran la
tierra del rey, y entran a saco en los templos de oro. Cortés
atrae a Moctezuma al palacio que debe a su generosidad o
a su prudencia, y en su propio palacio lo pone preso. La
simple Anacaona convida a su fiesta a Ovando, a que viera
el jardín de su país, y sus danzas alegres,
y sus doncellas; y los soldados de Ovando se sacan de debajo
del disfraz las espadas, y se quedan con la tierra de Anacaona.
Por entre las divisiones y celos de la gente india adelanta
en América el conquistador; por entre aztecas y tlaxcaltecas
llega Cortés a la canoa de Cuauhtémoc; por
entre quichés y zutujiles vence Alvarado en Guatemala;
por entre tunjas y bocrotaes adelanta Quesada por Colombia;
por entre los de Atahualpa y los de Huáscar pasa
Pizarro en el Perú; en el pecho del último
indio valeroso clavan, a la luz de los templos incendiados,
el estandarte rojo del Santo Oficio. La mujeres, las roban.
De cantos tenía sus caminos el indio libre, y después
del español no había más caminos que
el que abría la vaca husmeando el pasto, o el indio
que iba llorando en su treno la angustia de que se hubiesen
vuelto hombres los lobos. Lo que come el encomendero, el
indio lo trabaja; como flores que se quedan sin aroma, caen
muertos los indios; con los indios que mueren se ciegan
las minas. De los recortes de las casullas se hace rico
un sacristán. De paseo van los señores; o
a quemar en el brasero el estandarte del rey; o a cercenarse
las cabezas por peleas y virreyes y oidores, o celos de
capitanes; y al pie del estribo lleva el amo dos indios
de pajes, y dos mozos de espuela. De España nombran
al virrey, el regente, el cabildo. Los cabildos que hacían,
los firmaban con el hierro con que herraban las vacas. El
alcalde manda que no entre el gobernador en la villa, por
los males que le tiene hechos a la república, y que
los regidores se persiguen al entrar en el cabildo, y que
al indio que eche el caballo a galopar se le den veinticinco
azotes. Los hijos que nacen, aprenden a leer en carteles
de toros y en décimas de salteadores. "Quimeras
despreciables" les enseñan en los colegios de
entes y categorías. Y cuando la muchedumbre se junta
en las calles, es para ir de cola de las tarascas que llevan
el pregón; o para hablar, muy quedo, de las picanterías
de la tapada y el oidor; o para ir a la quema del portugués;
cien picas y mosquetes van delante, y detrás los
dominicos con la cruz blanca, y los grandes de vara y espadín,
con la capilla bordada de hilo de oro; y en hombros los
baúles de huesos, con llamas a los lados; y los culpables
con la cuerda al cuello, y las culpas escritas en la coroza
de la cabeza; y los contumaces con el sambenito pintado
de imágenes del enemigo; y la prohombría,
y el señor obispo, y el clero mayor; y en la iglesia,
entre dos tronos, a la luz vívida de los cirios,
el altar negro; afuera la hoguera. Por la noche, baile.
El glorioso criollo cae bañado en sangre, cada vez
que busca remedio a su vergüenza, sin más guía
ni modelo que su honor, hoy en Caracas, mañana en
Quito, luego con los comuneros del Socorro o compra cuerpo
a cuerpo, en Cochabamba el derecho de tener regidores del
país; o muere, como el admirable Antequera profesando
su fe en el cadalso del Paraguay iluminado el rostro por
la dicha o al desfallecer al pie del Chimborazo "exhorta
a las razas a que afiancen su dignidad". El primer
criollo que le nace al español, el hijo de la Malinche,
fue un rebelde. La hija de Juan de Mena que lleva el luto
de su padre, se viste de fiesta con todas sus joyas, porque
es día de honor para la humanidad, el día
en que Arteaga muere! ¿Qué sucede de pronto,
que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar?
¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado
y acero en mano, el continente redimido! Libres se declaran
los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar,
con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos
con estruendo, lo aclaman y publican. A caballo, la América
entera. Y resuenan en la noche, con todas las estrellas
encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores.
Hablándoles a sus indios va el clérigo de
México. Con la lanza en la boca pasan la corriente
desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan
juntos, brazo en brazo, con los choles del Perú.
Con el gorro frigio del liberto van los negros cantando,
detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro,
ondeando las bolas, van, a escaparse de triunfo, los escuadrones
de gauchos. Cabalgan, suelto el cabello, los pehuenches,
resucitados, voleando sobre la cabeza la chuza emplumada.
Pintados de guerrear vienen tendidos sobre el cuellos los
araucos, con la lanza de tacuarilla coronada de pluma de
colores; y al alba, cuando la luz virgen se derrama por
los despeñaderos, se ve a San Martín, allá
sobre la nieve, cresta del monte y corona de la revolución,
que va, envuelto en su capa de batalla, cruzando los Andes.
¿Adónde va la América, y quién
la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo, se
levanta. Sola pelea. Vencerá, sola.
¡Y
todo ese veneno lo hemos trocado en savia! Nunca, de tanta
oposición y desdicha, nació un pueblo más
precoz, mas generoso, más firme. Sentina fuimos,
y crisol comenzamos a ser. Sobre las hidras, fundamos. Las
picas de Alvarado, las hemos echado abajo con nuestros ferrocarriles.
En las plazas donde se quemaban los herejes, hemos levantado
bibliotecas. Tantas escuelas tenemos como familiares del
Santo Oficio tuvimos antes. Lo que no hemos hecho, es porque
no hemos tenido tiempo para hacerlo, por andar ocupados
en arrancarnos de la sangre las impurezas que nos legaron
nuestros padres. De las misiones religiosas e inmorales,
no quedan ya más que paredes descascaradas, por donde
asoma el búho el ojo, y pasea melancólico
el lagarto. Por entre las razas heladas y las ruinas de
los conventos y los caballos de los bárbaros se ha
abierto paso el americano nuevo y convida a la juventud
del mundo a que levante en sus campos la tienda. Ha triunfado
el puñado de apóstoles. ¿Qué
importa que, por levar el libro delante de los ojos, no
viéramos, al nacer como pueblos libres, que el gobierno
de una tierra híbrida y original, amasada con españoles
retaceros y aborígenes torvos y aterrados, más
sus salpicaduras de africanos y menceyes, debía comprender,
para ser natural y fecundo, los elementos todos que, en
maravilloso tropel y por la política superior escrita
en la Naturaleza, se levantaron a fundarla? ¿Qué
importa el desdén repleto de guerras, del marqués
lacayo al menestral mestizo?
¿Qué
importa el duelo, sombrío y tenaz, de Antonio de
Nariño y San Ignacio de Loyola? Todo lo vence, y
clava cada día su pabellón más alto,
nuestra América capaz e infatigable. Todo lo conquista,
de sol en sol, por el poder del alma de la tierra armoniosa
y artística, creada de la música y beldad
de nuestra naturaleza, que da su abundancia a nuestro corazón
y a nuestra mente la serenidad y altura de sus cumbres por
el influjo secular con que este orden y grandeza ambientes
ha compensado el desorden y mezcla alevosa de nuestro orígenes
y por la libertad humanitaria y expansiva, no local, ni
de raza, ni de secta, que fue a nuestras repúblicas
en su hora de flor, y ha ido después, depurada y
cernida, de las cabezas del orbe, --libertad que no tendrá,
acaso, asiento más amplio en pueblo alguno--¡pusiera
en mis labios el porvenir el fuego que marca!-porque el
que se les prepara en nuestras tierras sin límites
para el esfuerzo honrado, la solicitud leal y la amistad
sincera de los hombres.
De
aquella América enconada y turbia, que brotó
con las espinas en el frente y las palabras como lava, saliendo,
junto con la sangre del pecho, por la mordaza mal rota,
hemos venido, a pujo de brazo, a nuestra América
de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante,
con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer de otro;
una América sin suspicacias pueriles ni con fianzas
cándidas, que convida sin miedo a la fortuna de su
hogar a las razas todas, porque sabe que es la América
de la defensa de Buenos Aires y de la resistencia del Callao,
la América del Cerro de las Campanas y de la Nueva
Troya ¿Y preferiría a su porvenir, que es
el de nivelar en la paz libre sin codicias de lobo ni prevenciones
de sacristán, los apetitos y los odios del mundo;
preferiría a este oficio grandioso el de desmigajarse
en las manos de sus propios hijos, o desintegrarse en ves
de unirse más, o por celos de vecindad mentir a lo
que está escrito por la fauna y los astros y la Historia,
o andar de zaga de quien se le ofreciese de zagal, o salir
por el mundo de limosnera, a que le dejen caer en el plato
la riqueza temible? Solo perdura, y es para bien, la riqueza
que se crea y la libertad que se conquista con las propias
manos. No conoce a nuestra América quien eso ose
temer. Rivadavia, el de la corbata siempre blanca, dijo
que estos países se salvarían y estos países
se han salvado. Se ha arado en la mar. También nuestra
América levanta palacios y congrega el sobrante útil
del universo oprimido, también doma la selva, y le
lleva el libro y el periódico, el municipio y el
ferrocarril; también nuestra América, con
el Sol en la frente, surge sobre los desiertos coronada
de ciudades. Y al reaparecer en esta crisis de elaboración
de nuestros pueblos los elementos que lo constituyeron,
el criollo independiente es el que domina y se asegura,
no el indio de espuela, marcado de la fusta, que sujeta
el estribo y le pone adentro el pie, para que se vea de
más alto a su señor.
Por
esp vivimos aquí, orgullosos de nuestra América
para servirla y honrarla. No vivimos, no, como siervos futuros
ni como aldeanos deslumbrados, sino con la determinación
y la capacidad de contribuir a que se la estime por sus
méritos, y se la respete por sus sacrificios; porque
las mismas guerras que de pura ignorancia le echan en cara
los que no la conocer, son el timbre de honor de nuestros
pueblos, que no han vacilado en acelerar con el abono de
su sangre el camino del progreso y pueden ostentar en la
frente sus guerras como una corona. En vano -faltos del
roce y estímulo diario de nuestras luchas y de nuestras
pasiones, que nos llegan ¡a mucha distancia! Del suelo
donde no crecen nuestros hijos,-- nos convida este país
con su magnificencia, y la vida con sus tentaciones, y con
sus cobardías el corazón, a la tibieza y al
olvido. Donde no se olvida, y donde no hay muerte, llevamos
a nuestra América, como luz y como hostia; y ni el
interés corruptor, ni ciertas modas nuevas de fanatismo,
podrán arrancárnosla de allí. Enseñemos
el alma como es a estos mensajeros ilustres que han venido
de nuestros pueblos, para que vean que la tenemos honrada
y leal, y que la admiración justa y el estudio útil
y sincero de lo ajeno, el estudio sin cristales de présbita
ni de miope, no nos debilita el amor ardiente, salvador
y santo de lo propio; ni por el bien de nuestra persona,
si en la conciencia sin paz hay bien, hemos de ser traidores
a lo que nos mandan hacer la naturaleza y la humanidad.
Y así, cuando cada uno de ellos vuelva a las playas
que acaso nunca volvamos a ver, podrá decir, contento
de nuestro decoro, a la que es nuestra dueña, nuestra
esperanza y nuestra guía: "¡Madre América,
allí encontramos hermanos! ¡Madre América,
allí tienes hijos!".
(Discurso
pronunciado en la Sociedad Literaria Hispanoamericana el
19 de diciembre de 1889, en una velada artístico-literaria
ante delegados a la Conferencia Internacional Americana.)
Obras
Completas de José Martí, tomo VI, pags. 133-140