De
donde crece la palma
Primogénito
de modestos inmigrantes, José Martí, sin renegar
nunca de su raíz hispánica, se sintió
fruto de Cuba, la tierra que lo vio nacer. Siendo todavía
un niño, los espectáculos cruentos de la esclavitud
lo hicieron pronunciar un juramento: "lavar con su vida
el crimen". Al despuntar su adolescencia, era ya un luchador
contra el colonialismo, que lo condenó a trabajo
forzado, con cadena y grillete al pie, en un presidio político
cuyos horrores denunciaría y en el que forjó
paradójicamente, su libertad espiritual, su ética
militante, con la que llegó a predicar una guerra
de liberación "necesaria", pero "sin odio".
Su
destierro en Madrid y Zaragoza, donde hizo estudios, le
confirmó, por un lado, su vinculación con
el espíritu rebelde del pueblo de España y
por otro, que nada podía esperar Cuba de sus gobiernos,
monárquicos o republicanos. Su peregrinación
por México, Guatemala y Venezuela le hizo experimentar
los problemas de las nuevas repúblicas todavía
lastradas por vicios coloniales. Su estancia de cerca de
quince años en Estados Unidos le permitió
conocer a fondo los grandes creadores de la cultura, los
méritos y peligros de su sistema social, las características
de su pueblo y la tendencia imperialista creciente de su
gobierno.
Este
periplo vital quedó expresado en una obra literaria
y periodística de primera magnitud, que adquirió
su definitivo impulso a partir del viaje de Martí
a Venezuela en 1881. El orador del discurso en el Club de
Comercio de Caracas, el editorialista de la Revista Venezolana,
el poeta de Ismaelillo, el autor del Prólogo al Poema
del Niágara de Juan Antonio Pérez Bonalde,
es ya el iniciador de una nueva literatura hispanoamericana
que va a tener un Rubén Darío –quien al caer
Martí en Dos Ríos lo llamó "Maestro"–
su cabeza más visible.
No
se dedicó Martí, sin embargo –y esa es otra
lección de la parábola de su vida– a labrarse
un renombre literario, sino que puso podo su genio verbal,
como orador y como periodista, al servicio de la causa de
Cuba y de la que llamara, en páginas memorables,
"Nuestra América", a cuya concientización
dedicó el testimonio de sus Escenas Norteamericanas.
Vida
toda ella dominada por la eticidad, por el sentido del deber
y el sacrificio, cuando José Martí proclama
el Partido Revolucionario Cubano, el 10 de abril de 1892
en Nueva York, los humildes emigrados en la Florida ya empezaban
a llamarlo con un apelativo –el Apóstol– que significativamente
rebasaba los marcos políticos habituales.
A
partir de aquella proclamación precedida por un discurso
fundador del nuevo proyecto República –"Con todos,
y para el bien de todos", pronunciado en el Liceo de Tampa
el 26 de noviembre de 1891–, la actividad revolucionaria
de Martí alcanza una intensidad sobrecogedora, reflejada
en sus discursos, en sus artículos en el periódico
Patria, en su epistolario y en sus viajes incesantes, incluyendo
los que tuvo que hacer para asegurar la incorporación
de los dos generales más prestigiosos de la Guerra
de los Diez Años: Máximo Gómez, elegido
General en Jefe del Ejército Libertador, y Antonio
Maceo.
En
el citado discurso Martí había dicho: "O la
República tiene por base el carácter entero
de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con
sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro
de sí y el respeto, como de honor de familia, al
ejercicio íntegro de los demás: la pasión,
en fin, por el decoro del hombre, o la República
no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola
gota de sangre de nuestros bravos".
Principios
de esta fecundidad aparecen en los documentos que debieron
inspirar, al término de la guerra, la república
martiana, tales como el artículo Nuestras ideas,
Manifiesto de Montecristi y las últimas cartas a
Federico Henríquez y Carvajal y a Manuel Mercado.
Según éstos y muchos otros textos, la República
sería una democracia integral, sin privilegios de
raza ni de clase, fundada en el disfrute equitativo de la
riqueza y la cultura, y en reivindicación de las
masas productoras.
Por
otra parte, en la citada carta a su confidente mexicano,
pocas horas antes de caer en combate, le escribió:
"...ya estoy todos los días en peligro de dar mi
vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo
y tengo ánimos con qué realizarlo". Ese deber
consistía para Martí en impedir a tiempo,
al independizarse Cuba de España, que un nuevo imperialismo
se extendiera por las Antillas y cayera con mayor fuerza
aún sobre las tierras de América.
Para
eso, pues, y no sólo para liberar a Cuba de la colonia
española, organizó José Martí
la nueva guerra, en la que cayó, el 19 de mayo de
1895.
En
lo hondo del pueblo la parábola martiana siguió
manando lecciones y reclamos, pues como le dijo también
a Mercado: "Sé desaparecer, pero no desaparecerá
mi pensamiento".
Su
mayor gloria está en que supo hablar a los pobres
y a los niños, en que supo vivir y morir por ellos.
Seguirá, por consiguiente, iluminándolos con
su ejemplo, ya que su obra en la tierra que lo vio nacer,
en la tierra toda, no tiene fin.
Cintio
Vitier